EL CORREO CATALAN
Querido J:
Esta semana se ha producido una de esas escenas antológicas de Barcelona. Recordarás que hace unos tres años, el 6 de abril de 2004, su Ayuntamiento decidió declararla ciudad antitaurina. Uno más de los brindis al sol en que, a falta de luz propia, parece empeñada. En las últimas semanas se ha declarado también ciudad intercontinental, es decir, ciudad de la que parten y a la que arriban vuelos intercontinentales. Sólo que las empresas que tienen que costear los vuelos le han negado la mayor: no hay masa crítica en Barcelona, han dicho las empresas, aludiendo sin saberlo a una característica patria que va mucho más allá de la navegación aérea.
La declaración antitaurina fue un flagrante e inútil abuso de autoridad. Por cierto, también un asombroso ejercicio de creacionismo (¡sí, como Bush!), más incomprensible aún cuando se piensa que el científico Clos era entonces el alcalde. Dice la declaración, y ahí constará siempre para flagelo de munícipes dualistas, «...considerar los animales como organismos dotados de sensibilidad psíquica además de física». Los políticos barceloneses (alma, corazón y vida) creen que hay una sensibilidad ajena a los procesos físicos. Ergo: por eso son todos nacionalistas. Me pierdo, sin remedio. Cataluña es un meandro irresistible. ¡Pero vengan esas bridas!
No es conveniente que el poder invoque a Dios en cada toro, gaste saliva en vano ni mucho menos que invada la privacidad de los individuos. La declaración municipal tenía una nula eficacia normativa, porque el Ayuntamiento no dispone de competencias en la materia. Así pues, era lógico que la retórica intentara salvar el vacío comprometiendo por medio de una intolerable sinécdoque a todos los ciudadanos de Barcelona con el parecer de unos cuantos, sean pocos o muchos.
El poder puede prohibir las corridas de toros y los mercadillos de sellos (por la saliva, que infecta), ya que el ciudadano ha delegado la capacidad de acción. Pero no ha delegado las opiniones: se pueden prohibir las corridas, pero no se puede decretar un general sentimiento antitaurino. Tú lo comprenderás bien, porque eres listo, pero a los munícipes quizá conviniera darles el ejemplo de que las dictaduras, respecto a las democracias, sólo pueden prohibir el ejercicio. Pasa hasta con la pederastia.
Este abuso, amparado siempre bajo la corrección política y la altiva presunción de estar colocado en el lado bueno de la vida, aunque también bajo la gratuidad de los costes, aspecto básico, porque bien improbable sería que Barcelona se declarase ciudad antiprostibularia (ella, probablemente, la ciudad con mayor y mejor oferta de Europa, oferta sólo, desde luego, nadie ofenda al buen burgués), te digo, amigo, que el abuso ha recibido esta semana el serio correctivo que merece cualquier pretensión totalizadora.
Ha bastado que José Tomás haya anunciado que el 17 de junio volverá a los toros, y que será en la plaza Monumental, para que Barcelona se convierta en el centro de atención de los taurófilos españoles y extranjeros, y para que todos los medios de comunicación hayan tratado la noticia (y el contraste que lleva dentro) con una atención notable. Ni es la primera vez ni será la última que nuestro establishment, aunque dotado de sensibilidad psíquica, se comporta con la realidad como el toro con el burladero.
Pero vuelvo a perderme, y lo peor, me enveneno. Hay detalles estupendos en este regreso. El primero, la beligerancia del torero, su valor para elegir la ciudad antitaurina. Nunca había sido tan exacto el apotegma de que Tomás pone el cuerpo donde otros ponen la muleta. Luego este Salvador Boix, de 48 años, su nuevo apoderado, un ejemplar perro verde como el propio torero. Músico excelente y catalán de Banyoles, participó en el libro colectivo Reflexiones sobre José Tomás, donde había textos de Nuria Amat, Albert Boadella, Víctor Gómez Pin, Joaquín Sabina y Vicente Amigo, y antes había escrito con su hermano Jaume (del que te acordarás) un reportaje extraño y febril, Por los adentros, sobre el mundo moderno de los toros. Respecto a los toros, Boix tiene una sabiduría que no incurre en la regurgitación senequista, pero que es profunda y aplomada. Mucho de lo que sabe empezó a aprenderlo con Mariano de la Cruz, psiquiatra y crítico taurino, autor del que, para mi gusto, es el mejor título que puede llevar un libro de memorias: Mens sana in corpore insepulto. En fin, recuerdos. El otro día, cuando le preguntaron a Boix por qué había tardado tanto Tomás en decidirse, creyó que le preguntaban por el tiempo. Y contestó como un señor: «José Tomás torea despacio, piensa despacio, habla despacio, y así, intentaremos hacer las cosas despacio».
Este asunto está en el mismo centro de su admiración por el torero. Él cree que Tomás vence al tiempo como nadie. No es una ocurrencia metafísica. Ni siquiera metafórica. El toreo consigue hacer creer que sus movimientos y los del toro duran menos de lo que realmente duran. En el libro que escribió con su hermano Jaume hay una leve controversia entre dos personajes, «uno que es tomasista y el otro más», que van camino de Madrid, como quien dice. Cerca ya de Torrejón, el que más sentencia sobre el diestro: «...Y esta acojonante naturalidad, este abandono del cuerpo y el desprecio de la muerte y de todo lo que hay alrededor. No le importan ni la sangre ni las broncas. Esto es arte, hombre. De verdad. ¡No nos ha llegado a emocionar este tío, si cuando lo vemos se nos pone la carne de gallina y en vez de un tendido aquello parece un gallinero! Mudo, eso sí. Aquel silencio, ¿te acuerdas...?, impresionante. Y es que un artista se debe a su conciencia y no ha de claudicar ante nada ni nadie. Y si es además torero, hasta a la misma muerte desprecia».
Llamé al apoderado para que me explicara con detalle cómo, cuándo y dónde Tomás le dijo que volvía. Se perfiló.
-Cuándo, no lo sé exactamente, aunque sería una mañana de los primeros días de enero. Dónde, en México, en el campo, yendo de un rancho a otro. Cómo, descargando bultos de un coche. Había sido un proceso largo. Y aquel día fue una simple decantación. Sí, vuelvo.
- ¿Por qué vuelve?
- Porque es torero.
- ¿Toreará toros fieros?
- ¿Cómo dice?
-Ya sabe lo que cuchillean por Madrid.
-Ni comento.
O sea que, amigo, ve haciendo las maletas. Bueno, te bastará un hatillo. Ir y venir. El 17 de junio estaremos en la Monumental de Barcelona, todos, con el viejo aficionado y ahora presidente don José Montilla, al frente y por derecho.
Sigue con salud
A.
© Mundinteractivos, S.A.

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