TRIBUNA LIBRE

Hollywood y el mundo del celuloide son desinhibidos, pero dentro de un orden. Este año, la reciente ceremonia de los Oscar ha tenido como anfitriona a Ellen DeGeneres, una popular presentadora de televisión, que declaró abiertamente hace muchos años su condición de lesbiana. En los años 30, coincidiendo con el arranque del sonoro, el cine empezó a tratar -incluso de forma patente en algunas ocasiones- el tema de la homosexualidad.

Uno de los primeros ejemplos fue el personaje del gangster Rico, interpretado por Edward G.Robinson en Little Caesar (Hampa dorada), de 1930. Sin embargo, la tónica general del cine durante las siguientes décadas fue mostrar las inclinaciones homosexuales con extraordinaria discreción. Cómo no acordarse de las secuencias del patricio romano interpretado por Lawrence Olivier echándole los tejos al bello esclavo Tony Curtis en Espartaco, o las alusiones veladas de pasiones homosexuales en El halcón maltés o Gilda.

Era la larga época en que imperaba la autocensura y el famoso Código Hays, y en la que el borrador de un código moral de los estudios establecía que «el amor impuro no debe parecer ni bonito ni atractivo, tampoco debe ser presentado de tal forma que despierte pasiones o una curiosidad mórbida en la audiencia. En general no debe ser detallado ni en el método ni en el modo».

Afortunadamente, mucho han cambiado desde entonces las cosas. El año pasado, el público de medio mundo acudió masivamente a las salas de cine a ver la premiada Brokeback Mountain, y la Academia de Hollywood la colocó entre las cinco finalistas de los Oscar, siendo una película en la que el amor abierto -sin tapujos entre dos cowboys- aparecía como atractivo y era presentado en detalle. Y este año, la magnífica actriz británica Judi Dench ha sido candidata a la estatuilla como mejor actriz por una cinta, Notas de un escándalo, en la que representa de forma soberbia a una lesbiana.

Es éste de Hollywood otro mundo, pero incluso éste se sigue manteniendo dentro de un orden. La Academia no vacila en confiarle el papel de presentadora a DeGeneres -una de las protagonistas de Sexo en la ciudad, que anuncia que abandona a marido e hijos porque ha encontrado la felicidad junto a una mujer maravillosa-, pero los casos de admisión abierta de homosexualidad en el mundo del espectáculo siguen siendo absolutamente minoritarios.

Greta Garbo o Marlene Dietrich fueron en su momento consideradas lesbianas o bisexuales. Hattie McDaniel, la primera negra en conseguir un Oscar, interpretando a la sirvienta en Lo que el viento se llevó, tuvo un conocido affair con la devoradora de mujeres y hombres, la descocada Tallula Bankhead. Bastantes actores masculinos eran, dentro de su círculo íntimo, reconocidos homosexuales (Montgomery Clifft...), pero es un hecho que ninguno lo confesó en el cenit de su carrera.

El caso más conocido es de Rock Hudson. Fue una estrella absolutamente idolatrada por mujeres de diversas edades desde que hiciera un par de melodramas con Jane Wyman, seguidos del inmortal Escrito en el viento. El guapo Hudson fue el actor más taquillero en el año 1959, el segundo en 1960 y 61, y se mantuvo en uno de los tres primeros puestos hasta 1965. Algo sin precedentes en EEUU. Había que impedir que tal filón de oro, cebado sobre todo por el público femenino, es decir, los productores no querían que el éxito se esfumase con la revelación de su homosexualidad. Ante la posibilidad de que el hecho trascendiera, con efectos devastadores para el actor y la economía de las productoras, los estudios decidieron que debía casarse.

La lista de los actores que simularon ser heterosexuales por temor a las repercusiones de que se hiciera pública su condición homosexual es bastante nutrida (Tab Hunter, Sandy Denis). En realidad, y a pesar del progresismo de Hollywood, prácticamente ningún astro en la cima de su carrera ha admitido serlo. Ello a pesar de que ya en 1973 la Asociación Americana de Psiquiatría, de la mano de Judd Marmor, había votado borrar la homosexualidad de la lista de enfermedades mentales.

Es claro que la opinión pública y la taquilla dictan su ley, por ello Hollywood progresa, pero, insisto, dentro de un orden.

Los prejuicios son enormemente más acentuados en el campo del deporte. Ningún jugador en activo se ha atrevido en EEUU a salir del armario. Lo explica bastante bien el baloncestista retirado, John Amaechi, en el libro recientemente publicado, Man in the middle. Ahora que ya no es un deportista en activo, ha reconocido que es gay, y ha aprovechado su incursión editorial para narrar los problemas que encuentra una persona como él en la Liga profesional. El libro ha causado un gran revuelo en el país. Shaquille O'Neal, preguntado por la cuestión, ha dicho que si tuviera en la cancha un compañero gay trataría de protegerlo. Pero otro deportista muy conocido, Tim Hardaway, fue claro y rotundo: «No me gustan los gays ni quiero tenerlos cerca».

Este comentario lo excluyó de la fiesta de All Star. Sin embargo, la reacción de jugadores en general, y de la NBA en particular, ante el libro de Amaechi, ha sido de notoria frialdad. Le Bron James, cara conocida de la Liga, explica que «los jugadores viajan juntos, se duchan, tienen una relación de camaradería, se tienen confianza. Si eres gay y no lo admites, rompes la confianza; es el código del vestuario».

Ese código del vestuario fue, asimismo, lamentablemente utilizado para apartar a los negros de los deportes profesionales. En el fondo, lo que hay que preguntarse es si el ocultamiento de la condición de gay viene de un temor al vestuario o de un temor al público, si el comentario hiriente de Hardaway refleja sólo su pensamiento o un sentimiento extendido en el conjunto de la sociedad.

Además de Amaechi, sólo cinco jugadores estadounidenses han hecho pública su orientación sexual: los beisbolistas Burke -al que los Dodgers también quisieron casar- y Bean, y los futbolistas Tuaolo, Kopay y Simmons. Todos ellos lo han hecho después de retirarse. Como en el cine, nadie lo admitió estando en el candelero.

Pensemos por un momento en nuestro fútbol. Una plantilla tiene 22 jugadores. Presumiendo que la población gay masculina de España sea de un 4% -¿exagero o me quedo corto?-, nos daría que, de promedio, en cada vestuario hay, al menos, un homosexual. No descarto que, salido del armario, sus compañeros lo aceptasen, pero, ¿lo harían los hinchas? ¿Qué pasaría -y no bromeo- si uno de ellos, delantero de sustancial ficha, fallara un penalti importante? ¿O si a un defensa, asimismo gay, le hicieran un caño humillante precediendo a un gol? ¿Qué oiríamos? ¿Dónde llegaría la mofa si en un mismo equipo se alineasen dos o tres homosexuales?

Amaechi ha manifestado que no escribió el libro para purificar la NBA, sino para que «el defensa adolescente de un colegio no piense en que tiene que colgarse porque la sociedad no le deja asumir ser gay». El comentario tiene su miga: un estudio oficial estadounidense afirma que de los chavales y chavalas suicidados en Estados Unidos, el 30% es homosexual.

Demasiadas cuestiones para reflexionar hasta dónde se ha avanzado y lo que aún nos queda por avanzar.

Inocencio F. Arias es diplomático y en la actualidad, cónsul general en Los Angeles (EEUU).

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