El primer ministro Harold Macmillan es recordado por una célebre frase que pronunció inesperadamente hace medio siglo: "Most of our people have never had it so good". Una traducción política de aquel discurso podría ser "nunca nos había ido tan bien".

Macmillan sucedió a Eden después de la crisis de Suez. Era en 1957 y los conservadores no se habían repuesto del fiasco francobritánico para castigar a Nasser que nacionalizó el canal de Suez.

Inglaterra necesitaba una dosis de optimismo después de que las relaciones con Washington se quedaran deterioradas por la negativa de Eisenhower a apoyar la expedición naval de británicos y franceses.

Optó por el optimismo. Y puestos a exagerar no se cortó un pelo y dijo: "Veréis un estado de prosperidad como nunca se ha conocido en nuestra historia". Las cosas no iban bien. Inglaterra había ganado la guerra pero habían perdido el imperio.

Aquel mismo año se pactaba la independencia de la India y empezaba la descolonización acelerada de un gran imperio extendido en las orillas de todos los mares y océanos.

El optimismo es aconsejable en tiempos difíciles. Macmillan es recordado como el primer ministro del optimismo por esa sola frase aunque el país tuviera muchas dificultades y unos años después se viera forzado a dimitir por el escándalo del ministro de Defensa Profumo y una amante espía de los soviéticos.

Vuelvo a leer en la prensa europea que España es uno de los países con una economía más sólida y robusta del continente. El superávit del sector público está entre los cuatro mejores de Europa, junto con Finlandia, Irlanda y Holanda. El año pasado se crearon setecientos mil puestos de trabajo, la mitad de todos los que se han creado en la Unión Europea.

Estos prodigiosos datos no generan optimismo en la sociedad española. Mas bien lo contrario. Circula la impresión que el país no funciona, los trenes no llegan (en Barcelona, ciertamente, no llegan), las carreteras son insuficientes, los políticos se pelean por cualquier absurdo tema.

No me imagino a Zapatero o a Montilla diciendo que nunca nos había ido tan bien. La mitad del país se lanzaría a la calle pidiendo dimisiones. La huelga impresentable de este verano en el aeropuerto del Prat era una consecuencia de la opulencia, no de las deficiencias estructurales de la sociedad.

Una de las crisis de este invierno es que no ha nevado. No se ha podido esquiar. Las quejas del sector hotelero se dispararon. Se ha fabricado nieve artificial y el golpe se ha amortiguado.

La economía va bien pero la insatisfacción aumenta. Lo más fácil es culpar a la política y a los políticos. Pienso que es exagerado. Pero no se puede muy optimista si el presidente del gobierno viene a Barcelona para hablar del aeropuerto y de infraestructuras y no se refiere al calvario diario que viven tantos barceloneses para ir y regresar del trabajo.

La política es necesaria, imprescindible. Pero el político debe ser profesional, preparado, dispuesto a resolver problemas inesperados e inmediatos. La política es discurso y pedagogía. Pero también gestión.

El slogan de Montilla, "hechos y no palabras", parecía adecuado después de tanta siniestralidad política y mediática. Pero sería una tomadura de pelo que el mensaje electoral se invirtiera y los señores Zapatero y Montilla se pasaran el día hablando mientras las gentes ocupan vías de estación de trenes.

No se puede estar haciendo discursos sobre discursos porque al final nos quedamos sólo con los discursos.