Asturias se encamina, por fin, hacia la normalidad democrática casi treinta años después de que Adolfo Suárez con mano izquierda y habilidad infinita acabara con el régimen dictatorial, no con le franquismo sociológico que sigue dando la lata por ahí. En el viejo reino del norte empieza a dar la impresión de que cada uno empieza a estar en su sitio después de que durante todo ese tiempo el poder político fuera, cuando menos, tripartito y, durante largos períodos, hubiera equívocos más que evidentes e intencionados sobre las relaciones personales, las ideologías, los gobiernos, las oposiciones y los líderes de opinión.
Los escasos observadores neutrales de la región llevan una temporada sorprendidos de la regularidad con la que los acontecimientos van dando lugar a esa normalización. Los últimos y más significativos pasos, después de la retirada de Francisco Alvarez-Cascos, imputable tan solo a razones personales intransferibles, han sido los introducidos por los socialistas en su lista electoral para las autonómicas de mayo próximo. Y no tanto la eliminación de la misma del diputado que tenía asiento reservado desde la primera legislatura en 1981 hasta hoy, José Angel Fernández Villa, como la presencia en la lista de Javier Fernández, que prevé un cambio ordenado de futuros carteles electorales autonómicos en ese partido.
Ese es el colofón a la agria y vieja disputa de las familias socialistas que culminó en el congreso del año 2000. Allí Javier Fernández, entonces consejero de Industria, fue el cabeza de lista que otorgó por lo pelos el triunfo al sector aglutinado por Fernández Villa, antiguos guerristas y otros sobre el grupo que representaba Alvarez Areces, también conocidos como renovadores. Era el remate final a una disputa de años entre varias maneras de entender la política socialista en Asturias que había dado lugar a no pocos quebraderos de cabeza a todos los gobiernos y a muchos ciudadanos que no entendían esas disputas partidarias tan a la brava.
TODO LO QUE ocurrió después está más en sintonía con la teoría de la normalización democrática que con el apego milenario que los asturianos tienen a la desavenencia, la discordia, la discrepancia, la división de los poderes para que nadie mande de verdad. Desde entonces Fernández ha ido distanciándose sin agredir a nadie, con un trabajo sordo en la trastienda, mientras los actores principales seguían interpretando sus papeles, cada vez con menos contenido. El resultado final no podía ser otro que este giro que pone a cada uno en su sitio, sin apelación posible a las familias, las facciones, los grupos, los apadrinamientos, en un partido que con Zapatero ha logrado una estabilidad muy notable, a pesar de Maragall, Bono y Rodríguez Ibarra, consecuencia en parte de la agresividad con la que el PP ha venido arremetiendo desde el principio de la legislatura contra el secretario general y presidente del Gobierno.
Los viejos contendientes ya saben que está a punto de acabarse esa peculiar forma de gobernar Asturias -que hubiera sido buena si tanta división no se utilizase más que para restar en vez de sumar- muy difícil de explicar para quien no conociese los entresijos del problema. Un método tripartito cuando menos que tenía sus epicentros en el gobierno, el partido y en las cuencas mineras.
Una circunstancia inaudita para quienes están acostumbrados a que las formaciones que gobiernan suelen reunir en la misma persona al secretario general o similar y al presidente. Una forma que también había florecido en la oposición como se vio con toda crudeza cuando Sergio Marqués ocupó la presidencia del gobierno y acabó fuera de su organización. Y que incluso se está manifestando de manera desgarradora en los últimos meses en el Partido Comunista.
Asturias desde ese punto de vista parecía no tener arreglo. Y veremos si este Fernández de paciencia cartesiana, que con estilo discreto y firme ha impuesto sus criterios lo consigue. Sería bueno acabar con tantos años de enfrentamientos estériles, de disputas injustificadas, de luchas interminables y agotadoras. Pero antes ha de pasar por la reválida electoral de mayo, cuando la suma de sufragios permitirá saber si hay castigo al candidato, como hace doce años cuando el entonces candidato Antonio Trevín pagó las consecuencias de las divergencias internas con pérdidas de votos significativas en las áreas feudales. Por eso el PP lanza guiños de complicidad constantes a Fernández Villa --tan disciplinado en el homenaje a Llaneza--, que guarda una de las llaves de acceso al gobierno de Ovidio Sánchez, quien en todo caso y si se diera ese hecho que no parece remoto, no tendrá un camino de rosas en su partido, igualmente dividido entre poderosos grupos fácilmente visibles por no decir ostentosos.
LA POLITICA en Asturias no es una suma sencillita de dos más dos. No lo ha sido nunca. Hay quien entiende que el problema fundamental no es estar en el gobierno o en la oposición sino en disponer de una plataforma sólida desde la que intervenir a diestro y siniestro. Y así han ido sumando poder y años sin que nada se alterase, cada uno en su espacio, todos insatisfechos porque ese juego de equilibrios es inestable, aunque muy prometedor para los líderes de opinión que azuzando a unos, elogiando a los otros, han ido sacando tajada de todos. Pero nadie puede garantizar que el futuro será igual que el pasado. Veremos si es verdad que Javier Fernández se ha impuesto y que a la luz de los focos su proyecto resiste. Si no volverán las tribus y seguiremos igual.
Mario Bango. Periodista.

Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados