A CONTRAPELO
La ministra Salgado ha querido penalizar el vino, sin duda -se diga lo que se diga- como un detalle más del feroz anticatolicismo y consiguiente laicismo del Gobierno socialista, ya que el mismo Jesucristo eligió el vino como ingrediente básico -como en la misa- de su Ultima Cena.
Pero hoy no quiero hablar del vino, sino del agua, que viene a ser, en parte, lo contrario. Y digo que en parte, porque el agua -contradicciones que tienen la vida y la religión- también es un ingrediente básico del catolicismo, ya que, mediante el agua bautismal, se nos borra de cuajo el pecado original que, nada más nacer, tenemos encima por defecto -que se dice en informática- y sin saber muy bien el porqué.
Pero esta agua bautismal, tan milagrosa en sus propiedades curativas, indica muy bien, y quizá de forma intuitiva, el enorme valor del agua en general, tan eficaz en toda clase de reparaciones y de creaciones. Si para tanto vale, lo lógico es que cueste. Y más, si escasea o comienza a escasear.
El casi excelente suplemento M2 de este periódico publicó días atrás -tenía el tema pendiente en mi libreta de notas- un no menos excelente reportaje sobre el agua como artículo de lujo. El rico y, a la vez, absurdo caviar es artículo de lujo en razón, digo yo, de la escasez de huevas de esturión. Como el agua lleva trazas de escasear, empieza a ser, tentativamente y como advertencia, un artículo de lujo, de modo que, en forma -y nunca mejor dicho- redundante se empieza a embotellar como si se tratara de un sensual perfume suntuario y codiciable.
Yo mismo compré, hace unas fechas, una botella de agua Elsenham, del Reino Unido -citada en el reportaje-, pero no lo hice por sus presuntas cualidades exclusivas, sino porque el frasco -muy bonito- me pareció que podría servirme, con una hermosa flor de plástico insertada en su cuello, como agradable decoración de mi baño. Y así está siendo. El agua me la bebí sin apreciarla, como si tal cosa. Y resulta que contenía bicarbonato HCO3 a tutiplén.
Que el agua fuera objeto y sujeto de bendición -agua bendita- era un aviso importante, pero que sea materia de las gracias del diseño y que empiece a codificarse -envasarse con arte- como objeto de lujo es el aviso definitivo. Cuando la religión tradicional coincide con la religión de la posmodernidad -cuestión de símbolos-, la cosa es como para ser tomada en serio.
El aire embotellado era el paradigma del timo. El oxígeno embotellado ya es una insustituible terapia en los casos en los que procede. O sea, que cuidado con las cosas. El agua embotellada -base, con el vino, del negocio de los restaurantes- empieza a ser un lujo, un lujo que anuncia una inminente necesidad. Y es que la satisfacción de la necesidad es el lujo del pobre, y está visto que empezamos a notar que, pobres de una inédita pobreza, el agua a secas -aunque nunca seca-, obra de Dios, va a ser más lujo que el agua de colonia, obra de Dior.
© Mundinteractivos, S.A.

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