Los martires y la guerra civil, de Lorenzo Cordero en La Voz de Asturias
La curia asturiana, salvo excepciones, considera que su proyecto de beatificación es transparente
Opina el obispo auxiliar de la Archidiócesis de Oviedo que la propuesta hecha por la Iglesia católica en Asturias para que sean beatificados diecinueve asturianos víctimas -lamentablemente - de la Guerra Civil, "no pretende ser un acto politizado, ni una bandera de separación, rencor y división" , sino una decisión que sirve "para recordar errores que la historia no puede volver a cometer". (LA VOZ DE ASTURIAS, 21-febrero-2007.Pág.2). Como retórica eclesial es inobjetable; pero como razonamiento para justificar una iniciativa que provoca serios agravios sociales es muy discutible. En un clima social y político tan contaminado por las diferencias ideológicas o simplemente por los intereses gremiales o personales, disfrazados de ideologías, con el añadido de los antiguos y complejos -pero aún presentes- antagonismos que propiciaron aquella ignominiosa guerra, esa decisión de la curia asturiana es, precisamente, una rara "contribución" a la reconciliación nacional.
La historia es inocente de esas muertes -y de muchas otras- en la medida en que no es la historia quien comete los errores, sino los hombres que la protagonizan. La Guerra Civil es una trágica historia de culpables e inocentes . Pero una historia maniquea; condicionada por los criterios subjetivos de quienes la sobrevivieron y, ahora sobre todo, de quienes la heredaron como un acontecimiento que traumatizó a la sociedad española; me temo que para siempre.
Cualquier decisión que se tome teniendo como trasfondo aquella tragedia cainita siempre será polémica. La Iglesia católica, que tampoco es inocente en esta complicada historia de buenos y malos , carece de argumentos razonables para justificar la transparencia de su decisión y despejar las dudas que plantea a un amplio sector de la sociedad asturiana; el cual, piensa que eso equivale a echarle más leña al fuego en donde crepita la peligrosa crispación social y política que tanto perturba actualmente a las conciencias. Dirán que no es verdad, pero lo parece: un motivo más que suficiente para reavivar la hoguera de las pasiones que, casi setenta años después de haber concluido aquella guerra, sigue alterando la convivencia social.
La Iglesia, que si por algo suele distinguirse es precisamente por su prudencia y su sensibilidad social a la hora de tomar decisiones, en este caso ha hecho todo lo contrario en tan delicada cuestión, delicada porque afecta hondamente a los diversos sentimientos íntimos de cada uno: quién no tiene a algún familiar muerto a consecuencia de la Guerra Civil en su árbol genealógico? Entiendo que la Iglesia ejercite el derecho a honrar a quienes murieron por su fidelidad a la fe católica. Pero el martirologio de la Guerra Civil no lo componen únicamente éstos.
TAMBIEN FUERON mártires -tomo al pie de la letra la etimología de esta palabra- aquellos otros que perdieron también sus vidas por defender el derecho a pensar y a vivir de acuerdo con sus ideales laicos. Este es el meollo del problema: mientras a unos les rindieron honores y homenajes durante cuarenta años; a los deudos de quienes en la misma época también perdieron sus vidas por su fidelidad a unas ideas, se les niega el mismo derecho, y les ponen toda clase de trabas para impedírselo porque -dicen- esas honras son el pretexto para reabrir las heridas del pasado. Esto es maniqueísmo refinado.
Para complicar un poco más tan polémico asunto, la curia asturiana -salvo raras excepciones- considera que su proyecto de beatificación es transparente y de ninguna manera se puede comparar con la llamada Ley de la Memoria Histórica; una ley que ha sido redactada -para no enojar a la derecha, aunque, a pesar de todo se cabrea- con una ambigüedad que espanta, y que además irrita justamente a quienes reivindican la reparación moral de los vencidos y ejecutados por los vencedores. Incluso el concepto de memoria histórica es un eufemismo que enmascara lo que realmente debiera llamarse memoria de los vencidos . Como ocurre en otros países; Francia, por ejemplo. Hasta en eso -en llamar a las cosas por su nombre- la izquierda (renovada durante la reforma de la dictadura franquista) procura no molestar a la derecha.
Esta controvertida iniciativa de la Iglesia católica en Asturias sirve para sacar una penosa conclusión: con la democratización de la sociedad no se ha conseguido normalizar las relaciones sociales y políticas entre los españoles, tan marcados por el síndrome de Caín. Se demuestra, una vez más, que no es cierto que hayamos "madurado políticamente", tal como repiten, una y otra vez, los sagrados talmudistas de la Constitución de 1978. Pero lo más desolador es comprobar como la Transición ha sido sólo una pirueta política para distraernos del auténtico problema que nos destruye: el insuperable desequilibrio social y político provocado por la mendaz y mezquina intelligentza nacional.
*Periodista.
