HISTORIAS DEL MUNDO

El valle de la Kadicha es el valle santo de los cristianos libaneses. En su paisaje atormentado se aferró la vida mística de un centenar de conventos, ermitas con espadañas, cuevas y grutas, suspendidas sobre su precipicio, entre brumas, y excavadas en su ladera. Es un paisaje abrupto, austero, de accesos muy difíciles, cubiertos por las tempestades de nieve en invierno. Es el núcleo de los símbolos maronitas de Líbano con los restos de sus veinte patriarcas enterrados, con los vecinos cedros, cantados en la Biblia, de cuyo bosque de antaño sólo quedan algunos raros ejemplares, del convento de Quzaya, que guarda la primera imprenta de Oriente Medio, donde se compusieron los salmos en siríaco, y la tumba del poeta libanés más leído y popular del mundo, Jalil Yubran, autor de El profeta.

El pueblo de Becharre con los altivos campanarios de sus tres parroquias, sus antiguas casas de piedra cubiertas de tejados rojos a cuatro vertientes, sus familias ancestrales y belicosas, rústico y ensimismado, señorea sobre este valle o profundo cañón del norte de Líbano. Becharre ha sido cuna y sepultura del poeta, fallecido hace poco más de setenta y cinco años, y a cuyo recuerdo se ha dedicado un museo excavado también en la arriscada ladera cerca de unas ruinas fenicias y de una gruta dedicada a la Virgen de Lourdes.

Traspuesta su angosta puerta se oye, desde el vestíbulo, el rumor del agua. No brota de ningún surtidor, sino que fluye por los estrechos canalillos de piedra adosados a los enjalbegados muros de sus habitaciones abovedadas de pulquérrimos suelos de losas rústicas. Por detrás de las cortinas de arpillera de las ventanas del piso recién habilitado, colgado de óleos, de grandes cuadros de Yubran, penetra tamizada la luz del valle con sus altos picos nevados, sus fuentes de agua y sus verdes prados.

Este paisaje, recoleto y bronco, yace en el trasfondo de muchas telas del poeta con sus sensuales y ambiguos desnudos, su amontonamiento de cuerpos asexuados, confundidos sobre rocas y laderas. Yubran emigró con su familia a Estados Unidos cuando en 1859 su padre fue encarcelado y sus bienes incautados por las autoridades de la época de la dominación otomana.

En la gruta de su tumba, en lo hondo de esta casa del museo, a la que se desciende por unas escaleras labradas en la roca, hay una inscripción en árabe que dice: "Estoy vivo como tú. Ahora estoy de pie erguido a tu lado. Cierra los ojos y mira ante ti".

También en la gruta está su cama, la mesita de noche, el caballete para pintar y, entre dos candelabros, su retrato hecho por Yusef Huwayek. En el piso superior hay el gran tapiz de la Cruz que había en su gabinete. En las estanterías dispuestas en las pequeñas piezas abovedadas, con sus ventanas abiertas a la luz del valle, se exhiben primeras ediciones de sus obras poéticas, de los libros de su biblioteca en inglés, en francés, raramente en árabe.

Yubran participó, desde la emigración, con otros hombres de letras, artistas y políticos, en el renacimiento de la literatura y el nacionalismo árabe de la nahda,al alborear del siglo XX. Fue en los Estados Unidos donde publicó gran parte de su creación. Poeta puro, su mito ha sido quebrado por Robin Waterfield, que lo muestra como un alcohólico, un narcisista, rompiendo así su imagen de asceta. Pocos años antes de su muerte, Yubran dio a la imprenta El profeta,escrito en inglés, que le convirtió entonces no sólo en un poeta, en un sabio, sino en un maestro de espiritualidad, entroncado con el espiritualismo oriental. El

Profeta, inspirado en Así habló Zaratustra, del filósofo alemán Friedrich Wilhelm Nietzsche, apareció en 1923.

Pero su apego y nostalgia a la tierra natural, al valle de la Kadicha, a Becharre, donde fue enterrado, empapa su obra. Yubran, que aspiraba a vivir como anacoreta en los últimos años de su vida en una de las cuevas del valle, legó los derechos de su obra literaria a Becharre. "Si Líbano no hubiese sido mi país -escribió en una de sus obras-, yo lo hubiese elegido".