Son conocidos los versos de Maragall, el poeta que hizo aprender catalán a J. Mª. Valverde: "Si el món ja es tan formós, Senyor, si es mira, amb la pau vostra a dintre de l´ull nostre, ¿què més ens podeu dar en una altra vida?...". Quizá en el siglo XIX podía cantarse así. En el XXI, mi cántico espiritual suena más bien de este otro modo: "Si el mundo ya es tan cruel, Señor, cuando lo vemos -con tu mirada limpia en nuestros ojos-, ¿qué más nos puedes dar en otro infierno?...".

¿Qué infierno más cruel que una tierra con 850 millones de desnutridos; más de 2.000 millones de mal nutridos, 200 millones de niños esclavos, 50 millones de refugiados y desplazados? ¿Qué infierno más cruel que un mundo que practica cada vez más la tortura enmascarándola bajo eufemismos? ¿Con toda una Alemania que alberga ya un 8% de pordioseros, y donde el agua es un bien cada vez más escaso y las armas un mal cada vez más sobrante? Habitado por una humanidad que se divide entre los que nunca tienen bastante y los que nunca tienen nada; y poblado por esa invencible esclavitud nuestra ante lo superfluo, que escondemos bajo la absoluta necesidad de lo preciso. Millones de enfermos de sida y cáncer no pueden medicarse porque las multinacionales no aceptan ganar menos; y los medios de comunicación evitan denunciar a las empresas farmacéuticas y prefieren echar la culpa del sida a la moral vaticana sobre el condón. Yo creo que el Vaticano yerra ahí. Pero, dado el caso que se le hace en estas cuestiones, dudo que haya más de dos que se infecten por obedecer al Vaticano: porque, además (según enseña la misma Iglesia), contra lo que dice el Vaticano queda la defensa de la propia conciencia, mientras que la propia conciencia no sirve para protegerse de la crueldad de las farmacéuticas.

Un mundo con mayorías analfabetas y adormecidas que volvieron a votar a Bush y a Blair. Que engendra imbéciles con una fortuna de 16 mil millones de euros que usan... para comprarse un equipo de fútbol. Y donde gentes más despiertas temen intuitivamente que, si votan al que les prometa cambio, será peor: pues habrán de soportar el boicot de multinacionales y bancos, o los capitales desaparecerán de su país y los gobernantes no resistirán a la corrupción. Se le ocurre a uno que sólo se diferencia del infierno en que no es eterno.

Conozco todas las bellezas que justifican preguntas como la de Maragall: la paz del sendero por el bosque con esa infinidad de acordes verdigrises, la caricia expresiva de la música de Mozart, los coros de Nabucco y de los repatriados de Gigantes y cabezudos,o de la Novena de Beethoven que nos invita a cantar alegría porque somos chispas divinas.Esos niñitos que cada mañana se acercan al colegio de al lado de mi casa con la po-licromía de sus ojos y sus cabellos, el afán en sus piernas infantiles, y sus bolsitas a la espalda; pero cuyo encanto evoca los 35.000 niños que morirán de hambre aquel mismo día, y los millones de niños que aquel día irán a trabajar como esclavos o serán víctimas de la prostitución a manos de corazones de piedra. Mientras los medios dedicaban noticiarios casi enteros a oír tontadas de los agraciados con la lotería (como si ésa fuese la gran noticia) y pasan de largo ante los que dormirán las navidades en la calle.

La belleza está manchada de sangre: porque, en vez de estimularnos con su promesa, la convertimos en escape para no ver lo que más debemos mirar. O la desfiguramos en motivo de presunción, cuando la experiencia más fuerte de la belleza es la de la gratuidad. Muchos buscan hablar de la belleza como camino hacia Dios; pero esa apelación sólo vale si la convertimos en llamada para reclamar que sea limpiada y purificada; no para desentendernos de nuestra responsabilidad.

En lugar de eso ¿no seguimos narcotizados?: por el maldito fútbol, por la telebasura, por nuestros oídos recubiertos con auriculares que impiden que nos llegue el clamor de las víctimas, o por el lema posmoderno: "Como no hay nada que hacer, seamos igual que ellos sin avergonzarnos". Y exaltamos solidaridades de plástico (cinco euros para un juguete), que para los receptores quizá signifiquen algo, pero para nosotros los dadores no significan nada, cuando en navidades gastamos cien veces más. E incubamos sin saberlo otro virus de inmunodeficiencia humana,pero esta vez en el sentido más pleno del adjetivo.

Estas reflexiones van dirigidas sobre todo a creyentes. Si todo lo que existe es, total y exclusivamente, producto de un azar ciego o resultado de combinaciones desnortadas y sin meta, entonces todo tiene cabida en el mundo, y nada será extraño ni malo, ya que todo queda justificado por su falta de raíz y de justificación Última. Todo vale igual, donde en realidad no hay valores. Es decir: nada vale.

Pero creo que puedo dirigirme también a todos, porque todos somos humanos. Para eso convendrá meditar otra vez unas frases de A. Camus que me gusta citar: "En el hombre hay más cosas dignas de admiración que de desprecio". Todos suscribiríamos eso. Pero Camus se preguntaba después por qué esos tesoros admirables sólo afloran en nosotros cuando estalla la peste.

Quizá haya estallado ya esa peste si miramos el mundo con ojos limpios. Entonces, la única aspiración de la lucha no será todavía cambiar el mundo (cosa sólo posible si una gran mayoría lo quisiera), sino recuperar la propia dignidad ante el espectáculo de los que han pactado con la situación... Y de esa recuperación de la dignidad sacar la fuerza para superar el miedo, e ir hasta donde haga falta.

Hace unas semanas decíamos: "Año nuevo, vida nueva". Ojalá ese lema no tenga que ser reconvertido en otro más real: "Año nuevo, mundo más viejo".

J. I. GONZÁLEZ FAUS, responsable de teología de Cristianisme i Justícia.