Cogida de mi brazo, Carmen insinuó su zapatilla derecha en el primero de los peldaños de una escalera de dos, luego rehusó, no se fiaba de mis fuerzas para contener su cuerpo agotado. Manolín, que me la pego. Me mosqueé, le enseñé en plan boy mi bíceps derecho. Conseguimos a duras penas bajar los dos peldaños. Soplaba del Suroeste, aire calenturiento y molesto, patrimonio de la apatía y enfermizo, hijoputa viento, en una palabra. Este viento se lleva hasta las ilusiones, me dijo. Y rápido, no quería entrar en su discurso, le respondí que nos quedaba la esperanza que pisábamos, muy verde estaba la hierba. Dimos tres pasos sobre la esperanza, muy lentos, su fuelle protestó, mientras se reponía me miró a los ojos. Renacía después de cuarenta años en las niñas de sus ojos la sospecha de estar siendo engañada lo mismo que cuando yo movía fichas en el tablero del parchís. Me la estás metiendo doblada, querido hermano, tú dirás misa, pero aquí dentro un bicho me come las entrañas. Delante de nosotros, a la sombra de una higuera, dos raitanes se daban el pico. Son muy simpáticos, le dije. Y confiados, me respondió. Estamos buenos tú y yo, Carmina, para asustar a alguien. Dimos dos pasos más que duraron una eternidad. La sombra de la higuera se extendió al resto del planeta, unas nubes gordas se apelmazaron delante del sol. El viento se tomó un respiro, el que a ella le faltaba. A que termina lloviendo, predije. Los raitanes y nosotros levantamos la vista al cielo. Cuando sopla el Sur las nubes parecen tener el baile de San Vito. Oye, se está levantando un birujillo queÉ La fatiga la obligó al silencio. Aún nos quedaba un buen trecho, quince pasos por lo menos, para llegar a la puerta. Un tordo se acercaba peligrosamente a los guisantes recién plantados. ¿Lo ves?, dijo jadeando, trabajamos para el inglés. El huerto y el curro son la misma cosa, dejas en él media vida para que los cabrones se lleven la mejor tajada, y exclamé que más que nunca era necesaria otra revolución. Me miró con esa cara que sólo ella era capaz de poner, de coña infinita, y me sugirió que antes la acompañase hasta la puerta. Aún hicimos dos paradiñas. En la segunda, de nuevo lució el sol. Se encendió el prau y las margaritas salieron a flote. Mira, chata, con esto del cambio climático se adelantan las margaritas. Y la muerte, añadió con voz menguada.

Hoy las margaritas invadieron el terreno de juego. La muerte obró en consecuencia. Y tu hermano vive en paz con la sombra de tus pasos, guapa.