Cuenta Gabriel Naudé, en sus Consideraciones políticas sobre los golpes de Estado, que los gramáticos latinos hacían derivar la palabra arcanum (secreto, misterio) de arx (fortificación) o de archa (cofre). Y cita la opinión de Festo Pompeyo, que dejó escrito que los augures, cuando querían ofrecer un sacrificio a los dioses que pasase desapercibido al pueblo, se reunían en ciudadelas. Las ciudadelas sirven, como los cofres, para esconder. Pero también, aunque se olvide de mencionarlo Naudé, para dominar e incluso para proteger la población en que se hallan.
No es casual que Naudé hable de arcanos en el libro que escribió para el cardenal Bagni. Para él, los secretos del imperio o de las repúblicas coinciden con los golpes de Estado a que dedica su obra, se confunden con aquellas "acciones audaces y excepcionales que los príncipes se ven obligados a ejecutar en el acometimiento de las empresas difíciles y rayanas en la desesperación, contra el derecho común y sin guardar ningún orden ni forma de justicia, arriesgando el interés de los particulares por el bien general". Son precisamente estas acciones las que deben mantenerse ocultas. De ahí la paradoja en que incurre Naudé al publicar (aunque con una tirada de sólo doce ejemplares) lo que, según él, debía permanecer velado. Apenas medio siglo antes, Jean Bodin aún había podido constatar que, aunque eran muchos los autores que hasta entonces habían escrito sobre las costumbres de los pueblos, la institución de los príncipes y el afianzamiento de las leyes, eran escasos quienes no habían pasado de puntillas sobre las cuestiones del Estado y todos habían callado "sobre lo que Aristóteles denomina sofismas de los príncipes y Tácito secretos del imperio (arcana imperii)". Parece que fue el propio Bodin el primero que recuperó esta antigua expresión usada por Tácito. Entre esta recuperación (1583) y el libro de Naudé (1639), Arnold Clapmar, un brillante jurista y profesor de Derecho, escribió De arcanis rerum publicarum, que su hermano publicó póstumamente en 1605, rompiendo el silencio constatado por Bodin.
La obra de Clapmar se encontraba en la biblioteca de Spinoza y no tardó en ser acogida por la Iglesia en el Índice de libros prohibidos, donde aún se hallaba hace medio siglo. Esto no impidió que Carl Schmitt la leyera y la reseñara con entusiasmo en La dictadura, donde constata, con aprobación, lo que otros sostenían como crítica: "En el Estado siempre son necesarias ciertas apariencias que susciten la apariencia de libertad (…), esto es simulacra, instituciones decorativas. Los arcana republicae, por oposición a los móviles que aparentemente actúan en la superficie, son las fuerzas propulsoras internas del Estado". Creo que el De arcanis rerum publicarum no ha sido nunca traducida a ninguna lengua moderna. Pero, desde hace poco, puede leerse en latín y digitalizada en la biblioteca on line Camena de la Universidad de Mannheim.
Cuando Bodin, Clapmar y Naudé escribían sobre los arcana no existían las leyes sobre los secretos oficiales que regulan la clasificación y desclasificación de documentos sobre materias reservadas. Y tampoco ese peculiar tipo de periodismo de investigación que, dejando de lado la siempre espinosa cuestión de la identificación del príncipe, parece la más genuina de las encarnaciones contemporáneas de aquellas acciones audaces de que hablaba cínicamente Naudé.

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