El alcalde de Barcelona, Jordi Hereu, merece ser estudiado como prototipo de los nuevos liderazgos que está impulsando el PSC en algunas ciudades con el fin de conseguir tres cosas, a saber: frenar la aluminosis galopante que sufre la organización después de tantos años de acumular poder en varias administraciones; evitar el ascenso de ICV y la entrada de Ciutadans en varios municipios; y acabar de barrer a la vieja guardia del partido para consolidar, también fuera del área metropolitana, el modelo fraguado por Montilla, Corbacho, De Madre y demás dirigentes que, en su día, crecieron a la sombra de Josep Maria Sala. Lejos del perfil gris y plano de un Bustos en Sabadell, Hereu es el nuevo aparatchik que venden con un título de escuela de negocios bajo el brazo. El obediente funcionario de partido entrenado en los sillones de la administración es presentado como gestor homologado y equivalente a un alto ejecutivo de empresa privada, aunque no haya bajado del coche oficial desde la adolescencia. En su haber, la experiencia en la cocina pública. En su debe, un acendrado conservadurismo estructural que le convierte en máximo representante de las políticas defensivas y resignadas del ir tirando. La conservación en Catalunya se llama hoy PSC. Vean, como ejemplo, el triste papel que los alcaldes socialistas implicados están teniendo a la hora de defender a los ciudadanos frente a la infame impunidad salvaje de Renfe.

Tras el ascenso de los capitanes, que hoy son generales, la generación moldeada por éstos emerge como la solución única al desgaste de la marca PSC, que tocó fondo en las últimas elecciones al Parlament de Catalunya y que no movilizó a los que, supuestamente, esperaban a un catalán de apellido andaluz para ir a votar. Que la marca PSC está muy gastada es algo que han dicho incluso acreditados observadores socialistas. Este mal afecta a los dos grandes partidos catalanes, pero CiU, al estar en la oposición, no puede maquillar sus dificultades y ello le obliga a abordar el problema a cielo abierto, con el reto añadido que supone la tensión habitual entre los dos socios de la federación nacionalista. Los socialistas, por su parte, cubren con propaganda de colores sus puntos oscuros y han puesto en marcha ya, desde hace meses, todas las baterías para vendernos por tierra, mar y aire a Hereu y a sus equivalentes en otras ciudades.

Colocados a dedo por la dirección (a menudo con formas nada elegantes), los candidatos de la generación Hereu practican guiños populistas más sofisticados que los de la escuela Corbacho, pero no se confundan. Han aprendido de sus mayores la idea de control y les anima un intervencionismo genético que transforma su cara amable en faz antipática a la mínima discrepancia. No quieren perder, claro. En su intervención ante el consejo nacional del PSC del pasado 17 de febrero, José Montilla destacó que un 36% de los 393 alcaldables socialistas en las próximas municipales son nuevos. Entre ellos hay de todo, incluso algún antiguo obiolista reciclado e indultado. Su pragmatismo les hace versátiles, pero muchos desconocen la distancia enorme entre los despachos y la calle. ¿Tienen algún proyecto en la cabeza? El mismo que el de sus padrinos. Lo describen por exclusión. Fíjense en lo que ha dicho Hereu: "Soy de Sant Gervasi, un barrio de al lado. Y no reniego de ello, pero represento una cultura política diferente, de un PSC nuevo. No soy pijo". Los think tanks socialistas trabajan mucho. Proclamarse "no pijo" se ha convertido en la original bandera de la nueva esperanza blanca socialista. Antes, éste era el gran lema de Carod-Rovira.