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27 Febrero 2007

Aquella pulcritud (Más sobre el rector Alas), de Luis Arias Argüelles-Meres en La Nueva España

No puede ser casualidad que, coincidiendo con los actos de homenaje a la figura del rector Alas, haya puesto fin a la lectura del libro de Jordi Gracia que tiene por título «Estado y Cultura (El despertar de una conciencia crítica bajo el franquismo)». ¡Qué abismos, Dios mío, entre lo que representaba el rector fusilado y aquella España de la inmediata posguerra, cuyas primeras «conciencias críticas» sugerían abrirse paso, como los jabalíes, entre la maleza! ¡Cuánta caspa y cuánta estridencia entre los segundos! ¡Qué pulcritud tan alejada de la costra y de los gritos la de los primeros! No es de extrañar, por tanto, que un poeta como Gil de Biedma se refiriese en su momento a «la nostalgia de la "Revista de Occidente"», según se recoge en el libro del ensayista catalán. Le tocaba esta vez también a un poeta pulsar ambientes, detectar atmósferas y añorar no sólo letras, sino también músicas.

Aquella pulcritud, digo, en cuyo horizonte se avistaban claridades. Se abrían paso el rigor, la ciencia, el estudio y la belleza. Aquella pulcritud, sí, de la «Revista de Occidente» que iba dirigida a quienes apostasen por todo aquello que acabamos de nombrar. Aquella pulcritud, en el caso del rector Alas, que velaba, como acaba de recordar su nieto, por sus gentes, por su tierra, por la Universidad y por la República.

Aquella pulcritud, empapada de cuanto emergía de la figura paterna, de cuanto procedía, de forma inseparable de lo primero, de aquella Universidad en la que se formó, y de la que en su momento se convertiría en su cabeza más visible.

Y es curioso, al constatarse ahora que la reivindicación del legado de la II República es asumida, generacionalmente hablando, por los nietos de quienes la defendieron, pensar que aquel Estado que se proclamó en 1931 heredaba también el legado, especialmente en el mundo universitario, de lo que había habido de excelencia en la I República. Reparemos en estas palabras del profesor Jover Zamora, recientemente fallecido: «La República del setenta y tres establece un paréntesis en el "régimen de los generales", paréntesis que cabría caracterizar como un "régimen de los intelectuales", presidido por las figuras cimeras de un Pi i Margall, un Salmerón, un Castelar». La II República fue también un «régimen de los intelectuales». Y el rector Alas, de más está decirlo, pertenecía de lleno a él.

Al emplazarse en la figura del rector Alas y en su tiempo, se vive con toda intensidad aquello que Ortega plasmó con asombrosa lucidez e infinita belleza cuando hablaba de «vidas espectrales»: «Cada ser humano lleva en torno al núcleo de su existencia efectiva un elenco de otras posibles vidas, suyas y sólo suyas. Y solamente destacándolo sobre el fondo de esas biografías espectrales aparece claro y riguroso el perfil fatal, estricto, de nuestro destino».

Así es. Recorre uno el entorno del llamado edificio histórico de nuestra Universidad y, con respecto a la figura del rector Alas, siente que mucho de lo que vino después es hollín, costra, estridencia, lo vocinglero, lo casposo. Y se intenta reconstruir lo que hubiera sido la Universidad ovetense de no haber sucedido lo que todos sabemos. Se siente una irrenunciable propensión a rescatar la biografía espectral de nuestra alma máter con su rector al frente.

Aquella pulcritud, digo. Aquellos horizontes de claridades que salían de las páginas escritas por los prohombres de la época del rector Alas. De las páginas escritas y de las lecciones magistrales que impartían, en el aula y fuera de ella.

Aquella pulcritud de la prosa clariniana escrita entre tantas lluvias y entre tantas nieblas. Aquella pulcritud de su hijo que proyectaba sobre sí mismo su profunda vocación universitaria.

Añorar esa pulcritud es, creo, la única forma que tenemos de recuperarla, de incorporarla a nuestros afanes y a nuestros horizontes.

Aquella pulcritud de un hombre al que vemos también en la soledad de sus últimas horas vividas, en las que es seguro que evocó el edificio universitario donde ubicaba su vocación, sus trabajos, sus días, sus afanes y desvelos.

Aquella pulcritud añorada que nos dejó un hombre del que podemos estar seguros que asumía para sí aquella sentencia socrática de la que Platón se hizo eco: la de preferir ser víctima de una injusticia antes que perpetrarla uno mismo.

Aquella pulcritud que buscamos y que arañamos, rasgando en el transcurrir de nuestra historia vestiduras y armaduras que, por mucho que se diga en contra de ello, nos toca recuperar. E incorporar.

Aquella pulcritud, la misma que añoró Gil de Biedma.

Tags: alas

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