EL RUNRÚN
La señora Ángela Bustillo tuvo en cierto momento de su existencia el convencimiento de que lo que más le convenía a ella y a sus intereses no era otra cosa que presentarse a la elección de miss Cantabria, con tal éxito que la referida señora fue la elegida y resultó vencedora. Hay que suponer que la señora Ángela Bustillo se había leído las bases del concurso o que al menos se había enterado de ellas. No hay constancia alguna de que la señora Bustillo presentase protesta o denuncia alguna porque en ellas se especificase bien claramente que semejante competición exigía de las misses que no tuvieran descendencia ni estuvieran camino de tenerla. Por lo visto, sólo cayó en ello una vez que se alzó con el anhelado título.
De todo este sarao que ha montado hábilmente la señora Bustillo, y en el cual ha entrado al trapo la opinión pública de la mano de los llamados medios de comunicación, hay una cosa que me repatea profundamente los higadillos y es que se acepta, como la cosa más normal del mundo, que la señora Bustillo hiciera trampas. Si a la señora Bustillo le parecía tan mal, ¿por qué no lo denunció antes?, o incluso mejor, ¿por qué se presentó? La señora Bustillo no estaba dispuesta a perderse sus cinco minutos de gloria ni esa popularidad efímera de la prensa en general y la rosa en particular. Ahora resulta que una miss es el paradigma de las feministas, cuando a cualquier feminista y a cualquier ser humano con dos dedos de frente semejantes concursos de los llamados de belleza les deberían parecer una forma humillante de tratar a la mujer, tan humillante como el dichoso anuncio de Dolce & Gabanna que por lo visto invita a la violencia sexista.
Pero, quiá, el problema no es ése, el problema es que a la señora Bustillo la hayan discriminado por ser madre. La presidenta de la Asociación de Mujeres Progresistas, Enriqueta Chicano, ha denunciado la existencia de determinados "reductos de una determinada mentalidad" que piensa que "una mujer no puede ser madre y guapa", y la directora de la Fundación Mujeres, María Sotelo, denunció que "qué modelo de belleza están promoviendo estos tipos de concursos que lo hacen incompatible con ser madre". Pero quien realmente puso la guinda fue nada menos que la secretaria general de Políticas de Igualdad del Ministerio de Trabajo, Soledad Murillo, quien, amén de anunciar la intención del Gobierno de dirigirse a los organizadores de semejante acto para protestar por tal decisión, anunció tajante que "no se puede justificar que la maternidad discrimine como si fuera un déficit para el funcionamiento profesional de la mujer". De tal forma que el hecho de ser guapa a criterio de un jurado que elige a una miss ha quedado elevado, según ni más ni menos que la secretaria general de Políticas de Igualdad del Ministerio de Trabajo, a la categoría de profesión, y así como antes había señoras que quedaban reducidas al estadio de sus labores en cuanto se refería a su ocupación, ahora, gracias a los esfuerzos de la lucha feminista y al Gobierno de izquierdas, podrá haberlas que consignen en el mentado casillero referente a sus ocupaciones el hecho incuestionable de ser guapas o haber sido elegidas misses. Una profesión, bien mirado, como otra cualquiera.

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