Francisco J. Alcaraz es la china en el zapato del PP y Arnaldo Otegi es la del PSOE. Algo más: Alcaraz y Otegi son como los precursores de la credibilidad de los dos grandes partidos en materia de política antiterrorista. Alcaraz se la quita al PP y Otegi se la quita al Gobierno. Ni aquel representa a todas las víctimas ni éste a todos los verdugos, pero se han convertido en referentes de dos banderías en colisión y como tales ejercieron este fin de semana.
Vamos con el presidente de la AVT. Los lectores de El Confidencial ya estaban al tanto de que Rajoy le ha dicho basta a Alcaraz. La agenda del PP saltó por los aires -incluida la presentación del programa electoral de las municipales-, cuando al presidente de la AVT se le ocurrió convocar una nueva manifestación contra la "política de rendición del Gobierno". La séptima o la octava, ya hemos perdido la cuenta. Pero esta vez la convocatoria, como consta en la comunicación enviada a la Delegación del Gobierno, tenía por objeto protestar nada menos que contra una sentencia del Tribunal Supremo. Así consta en el escrito enviado a la Delegación del Gobierno.
Aunque las presiones de Génova le hicieran recular en explicaciones posteriores, el mal estaba hecho. No ha arreglado las cosas el hecho de que Alcaraz aceptase la cruel penitencia de cerrar la boca al término de la concentración del sábado en Madrid porque una vez más, amén de crear división interna en el PP (Acebes y Aguirre, por un lado, Rajoy, Gallardón y Piqué por otro), este inefable personaje ha vuelto a poner en evidencia al principal partido de la oposición.
Eso más o menos le ha ocurrido al presidente del Gobierno con las declaraciones de Arnaldo Otegi a La Vanguardia. Huelga recordar que Moncloa siempre consideró a Otegi hombre de paz e interlocutor necesario, a pesar de sus antecedentes penales y del rastro de sangre que el líder de Batasuna ha ido pisando mientras hacía política o algo parecido a la política. Pero ahora mimetiza el lenguaje de Zapatero (No hay alternativa al proceso, Hay que ver las cosas con perspectiva, etc). Y eso es lo malo para Zapatero, cuando ya tantos y tan maléficos razonamientos tienden a presentarlos como personajes que se retroalimentan en la inextricable marcha del "proceso".
Juzguen ustedes mismos: "El Estado español no tiene que pagar ningún precio político a ETA. Ni tampoco a nosotros. Si asumimos la ecuación de que el fin de la violencia comporta que hay que pagarle precio político a ETA, no habría solución. Eso equivale a plantear la rendición del Estado".
El colofón de la parrafada no solo iguala el nivel verbal de Zapatero, sino que lo desborda para formular una sentencia que firmaría hasta Francisco J. Alcaraz, pues Otegi sostiene que pagar precio político equivale a la rendición del Estado. Por muy descolgado que ETA dejase a Otegi con el atentado a la T-4, tan inesperada declaración de principios en su boca huele a trampa.
¿Se lo cree de verdad o está haciendo los ‘deberes’ impuestos por Moncloa para reconducir el ‘proceso’? Tiene toda la pinta. Sin embargo, Zapatero hace oídos sordos. Advierte una cierta mejoría en la banda sonora pero insiste en que no habrá nada que hacer si la izquierda abertzale no condena la violencia de una forma "creíble", "fehaciente" y "convincente". Arnaldo Otegi como precursor de la credibilidad de Zapatero. Sus sorprendentes declaraciones de ayer pueden desatascar el ‘proceso’ o dejar al Gobierno a los pies de los caballos, una vez más, claro.

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