En la universidad trabaja gente muy rara, me imagino que como en todos los sitios. Pero como yo trabajo cerca de ellos, y los veo todos los días, pues acabo sabiendo mucho de ellos, y al tiempo procuro que ellos sepan muy poco de mi.

Los que ya tenemos una edad próxima a la jubilación y no tenemos el menor complejo en que alguien nos considere inútiles para el servicio (que era como se decía en la mili), esperamos llenos de júbilo y regocijo el momento cumbre de tirar la gorra al aire (que era como se hacía en la mili) y largarnos a casa después de haber escrito el último artículo para el homenaje a un amigo igualmente jubilado, que después escribirá otro artículo para celebrar la jubilación mía o de otra persona de su agrado.

Pues como iba diciendo, los que estamos próximos a la jubilación (todos los compañeros de carrera de mi edad están gozosamente jubilados, como profesores de enseñanza media, desde hace unos dos o tres años. Cuando los veo felices mirando cómo se cava una zanja en la calle Fruela, me muero de envidia), los que estamos próximos a la jubilación, repito, para que no se me vaya la cabeza a otra parte, tenemos manías, agitaciones o tendencias desordenadas hacia las costumbres extravagantes, que sólo desarrollamos cuando estamos convencidos de no ser vistos por nadie. Conozco a un colega que habla a voces en el despacho con nadie. El otro día estuve esperando a la puerta de ese despacho, y no me atreví a entrar porque pensé que estaba enfurecido con algún alumno al que había pillado copiando o con algún colega que le había parasitado un artículo. Esperé en vano, oyendo como el tono de voz aumentaba, hasta que, pasados diez minutos, creí oportuno interrumpir la predicación para calmar su agitación creciente. Quede estupefacto cuando ví que en el despacho no había persona alguna, excepto él mismo. Me saludó como tal cosa y empezó a hablar conmigo con su cordialidad habitual.

Otro lleva las zapatillas de casa y se las pone en el despacho, y no suele ser infrecuente verlo camino del aula para impartir ciencia en zapatillas, extravagancia que los alumnos acogen con una carencia de emoción que, a estas alturas de la vida académica, no me sorprende lo más mínimo. Hay otro que me tiene mirando a cuadros desde que ví su manía la primera vez. Entre en el baño de hombres y me lo encontré en trance de orinar, con los pantalones y el calzoncillo bajados a la altura de los muslos. Pensé que iba a hacer algún movimiento de rectificación vestuaria, pero cuando me sintió a sus espaldas giró levemente la cabeza y me saludo como podría haber saludado a un ciego. Impertérrito. Y aclaro que no es homosexual, que yo sepa. Es, sencillamente, un maniático que enseña su esponjoso culo por puro acto reflejo. Me han dicho que en las clases su comportamiento es exquisito con los alumnos y tiene ganada fama de ser un hombre fino y educado entre los compañeros.

Pero hay otro colega cuya manía se está convirtiendo en fobia destructora. Ve uno de esos carteles que los estudiantes cuelgan de los paneles de anuncios en el vestíbulo ("Te esperamos en la discoteca Camilo´s. No seas muermo. 500 pelas entrada y consumición", o "Ven al agujero de Heidi. Antes del cierre llegará Miky Maus con los regalos") y lo arranca con una furia cronificada, implacable, vieja como las venganzas de la vida. Este colega, inobjetable en sus obras científicas, reconocido académicamente en toda España, no sufre la mala redacción de los pasquines. Yo intento decirle que la urgencia del mensaje limita la densidad y competencia del contenido, pero no hay manera.

Lo malo de este tipo de manías, propias de un profesorado excesivamente purista en ocasiones, es que no acaban bien, porque van minando la salud mental del maniático. Otro colega me ha dicho que la semana pasada vio a nuestro celoso Caronte de la lengua, poseído del furor que ya conocen, romper carteles anunciadores de congresos, conferencias, cursos de verano y de invierno, actas de exámenes parciales, becas de viaje y ofertas de trabajo. Este prócer de las humanidades se ha convertido en un peligro para el campus, pero sin embargo esa febril actividad destructora no afecta para nada su comportamiento en la calle, por la que pasea saludando delicadamente a personas de su conocimiento.

Pero yo entiendo y admiro a los maniáticos. Me parecen necesarios, porque siendo seres rutinarios rompen con la rutina de la vida ajena y nos hacen reflexionar sobre la incomprensibilidad del ser humano. Qué sería de esta facultad, donde trabajo, sin profesores deslumbrando a los estudiantes en zapatillas, o enseñando el culo en los servicios? Un jodido aburrimiento, la verdad.

Y a fin de cuentas, estas manías son manías de andar por casa, que es el lugar donde las manías anidan, se desarrollan y acaban mineralizándose, para desesperación de los que viven contigo. Pero yo prefiero las manías a las obsesiones, y en este desdichado país las obsesiones son las que nos amargan la vida a todos. A fin de cuentas siempre será mejor enseñar el culo que el colmillo retorcido. Ya ustedes me entienden.

Álvaro Ruiz de la Peña. Profesor de la Universidad de Oviedo