Desde la invasión americano-británica de Irak en 2003 nunca la situación internacional había sido tan incierta y peligrosa. Todas las consecuencias previsibles de esta invasión, tanto a nivel regional como internacional, se han manifestado en un plazo de tiempo bastante corto y sin que nadie haya podido hacer nada para evitarlo. La invasión destruyó la unidad nacional iraquí, aunque ésta había sido mantenida por la fuerza. Es el mismo caso de los países que heredaron las fronteras de la colonización, y todos saben que una intervención de este tipo provocaría un estallido en la mayoría de las naciones de África o incluso en los países del este europeo. La nación iraquí ha sido destruida en beneficio de la estrategia americana de dominación sobre los países que disponen de riquezas energéticas o que son considerados como una amenaza para los Estados Unidos o sus aliados. Hoy en día, el país está siendo devastado por la guerra civil, que enfrenta etnias, confesiones e identidades político-culturales. No hay perspectivas de paz a corto plazo -y observando la dinámica de la guerra en curso, todo lleva a pensar que los Estados Unidos, contrariamente a los deseos del Informe Baker, no quieren una solución inmediata-. Su apoyo a un régimen ultraminoritario, sin ninguna legitimidad e incapaz de resistir ni siquiera veinticuatro horas frente a la resistencia armada, testimonia la decisión norteamericana -por lo menos la de Bush- de quedarse en el país por mucho tiempo.

Además, la extensión desde 2003 de la subversión a Irán y, como efecto boomerang, el apoyo de los iraníes a las fuerzas chiitas en Irak atestiguan la ineludible regionalización de este conflicto. Los iraníes deben enfrentarse a varios retos: por una parte, controlar las incursiones profundas en su territorio, que los EE UU llevan a cabo desde 2003. Por otra, deben fortalecer a sus aliados chiitas iraquíes frente a las otras confesiones y evitar una contaminación de los kurdos iraníes por los kurdos iraquíes. Por último, deben contestar a la amenaza militar global de los EE UU, en particular porque, con la ocupación de Irak, los norteamericanos se han convertido en los vecinos más próximos de Irán. No se puede entender a la vez el auge de un régimen duro y fanático con la voluntad iraní de conseguir una autonomía en materia nuclear, así como la amenaza de atacar Israel, si se olvida esta situación geopolítica.
Pero las cosas no se detienen ahí. Los EE UU, paralizados en Irak y ahora abandonados incluso por sus amigos británicos, han ofrecido desde 2003 apoyo a las tendencias más radicales en Israel, sosteniendo, incluso en contra de la opinión pública mundial, la intervención militar judía en el Líbano sur. El auge del islamismo en Palestina es, desde este punto de vista, una catástrofe histórica para el movimiento nacional laico palestino -aunque tampoco se puede disociar de esta estrategia estadounidense, tanto en Irak como en contra de los palestinos, a los libaneses y los sirios-. Este islamismo palestino es más el producto de la reacción frente a esta situación caótica que el resultado de una evolución identitaria del pueblo palestino.

Además, la situación iraquí ha endurecido la resistencia de los talibanes en Afganistán, provocando al mismo tiempo la debilidad del régimen del Señor Karzaï y su probable desaparición, en caso de que las tropas de la OTAN abandonen el país. También allí, el caos es total.

Más allá, Rusia, que observa todas estas tendencias centrípetas, empieza a reaccionar duramente frente a lo que considera una amenaza para su seguridad estratégica. El presidente Putin acaba de declarar que los EE UU «exportan la inestabilidad en el mundo» -expresión que no había sido utilizada desde el final de la guerra de Vietnam-. El proyecto norteamericano de escudo antimisiles previsto en Polonia y en Chequia aparece claramente como una muestra de la voluntad americana de paralizar las capacidades militares de Rusia y cambiar luego el equilibrio estratégico con este país. Si se añaden a eso las amenazas americanas en las fronteras de Irán, con la probable intervención norteamericana en este país, todo se antoja perfectamente claro: las condiciones para una guerra regional contra Irán han sido puestas en marcha, incluyendo amenazas en contra de la capacidad ofensiva de Rusia. Algunos observadores en EE UU defienden que Bush no tiene nada que perder. No puede ser otra vez candidato a las presidenciales, su política ha sido radicalizada por los ideólogos neoconservadores, quienes sueñan con imponer por la fuerza el imperio norteamericano en Oriente Medio, y ni siquiera ha restado peso político al poder del vicepresidente Dick Cheney, principal responsable de la exportación del caos a nivel mundial. En estas condiciones, una guerra es muy posible. Pese a ello, cualquiera puede ver que dañaría mucho a los EE UU y, sobre todo, a Israel. De hecho, estamos ya en pleno modelo de conflicto de las civilizaciones tal y como lo sueñan los ideólogos neoconservadores norteamericanos y sus aliados en el mundo. Va a fracasar. Pero ésta es la base cultural de la estrategia del caos, vigente hoy en día en las relaciones internacionales.