Desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta la última década del siglo XX, California, ahora el estado más populoso de la Unión y el quinto o sexto PIB del mundo si fuera independiente, era un estado políticamente competitivo. En las elecciones presidenciales tendía a votar republicano, pero no hay que olvidar que dos políticos formados en el Golden State, Richard Nixon y Ronald Reagan, optaron a la presidencia o vicepresidencia en siete convocatorias presidenciales de 1952 a 1984.

Gobernadores, en cambio, los hubo de todas las orientaciones políticas, desde liberales clásicos como Earl Warren o Pat Brown hasta conservadores como Reagan o Pete Wilson, pasando por inclasificables como el galáctico Jerry Brown, hijo del anteriormente citado.

Sin embargo, en los últimos 15 años, California se ha convertido en un estado unipartito, de manera que los demócratas se imponen rutinariamente en todos los comicios a escala estatal, así como en los presidenciales. Los republicanos sólo pueden ufanarse del gobernador, Arnold Schwarzenegger, casado con una Kennedy y que abomina de casi todas las actitudes que en materia social y cultural defiende su partido a escala federal.

Se ha achacado esta tendencia a las medidas antiinmigración de la época del gobernador Wilson, pero es un tema cultural: cualquier candidato intolerante en relación con la interrupción voluntaria del embarazo o los derechos de los homosexuales o tolerante respecto a las emisiones de CO está muerto en California, una lección que Terminator aprendió rápidamente.

Otra guerra perdida, al menos en Europa Occidental y crecientemente en Estados Unidos, es la de los que niegan la acción del hombre en el calentamiento climático del planeta. Seguro que la famosa película de Al Gore contiene exageraciones e inexactitudes, pero es posible que cuando aparezcan estas líneas haya ganado un Oscar, al margen de la nominación que ha recibido su autor para el premio Nobel de la paz.

La especie de que todo se debe a una conspiración comunista contra los gobiernos conservadores y los sectores del petróleo y la automoción es una patraña tan ridícula que no resiste el menor análisis. El presidente Bush sopesa la posibilidad de una reducción coercitiva de la emisión de gases de efecto invernadero en Estados Unidos pactada con los sectores citados antes de que su sucesor, sea del partido que sea, imponga una normativa mucho más dura. La principal objeción norteamericana al protocolo de Kioto es la falta de garantías para que los tres países más importantes en vías de desarrollo que contaminan a gran escala -China, India y Rusia- respeten un acuerdo global, pero todo se andará.

Y lo mismo cabe decir de la intervención armada en Iraq, un desastre tan colosal que, tras el anuncio de la retirada a plazo fijo de las tropas británicas por parte de Tony Blair, sólo defienden dos auténticos cadáveres políticos: el vicepresidente norteamericano Dick Cheney, quien no debe de querer perder la pensión que regularmente le abona Halliburton, y el ex presidente Aznar, cuyas últimas intervenciones públicas y acaobada melena suscitan, al menos en el firmante, una cierta inquietud. Claro que de un tipo que impostó un extraño acento mexicano en un viaje oficial puede esperarse cualquier cosa... En definitiva, nada hay más patético que emperrarse en dar batallas perdidas de antemano.