Allá por 1982, un científico muy conocido en América, Paul Colinvaux, publicaba un manual de ecología cuya versión española se titulaba en la forma que encabezo este artículo; aunque el original inglés era más preciso, al referirse a las «grandes fieras». Por supuesto, ni él lo hacía ni yo utilizaré esta palabra con sentido peyorativo, sino todo lo contrario. En ecología de la alimentación, es decir, en la parte de esta ciencia que se ocupa de estudiar el camino que materia y energía recorren a través de los ecosistemas -aquello de productores, consumidores y descomponedores, herbívoros y carnívoros, depredadores y presas, que el lector recordará al menos por los miles de documentales televisivos que hablan de ello-, se admite que el número de individuos de las especies que ocupan los niveles superiores de las cadenas tróficas es necesariamente muy bajo, con respecto al del de aquellas que les sirven de alimento.
Sin entrar en grandes disquisiciones y admitiendo que lo anterior y lo que sigue es una simplificación de la realidad para que se entienda lo que quiero plantear, podríamos decir de los consumidores, por ejemplo, de un carnívoro como la nutria, que nunca podría ser infinitamente más numeroso que las truchas de que se alimenta -como se oye tantas veces- porque si no aquellas desaparecerían simplemente por inanición.
Además, en el seno de estas especies más renombradas y escasas, los grandes depredadores, sobre todo en los más sociables, suele haber una jerarquización de los individuos, de forma que los territorios vitales se reparten y configuran de manera que los mejor dotados para la máxima idoneidad evolutiva de la especie, es decir, para producir más y mejor descendencia, o sea, reproducirse más eficazmente, dominan los escenarios.
Hace algunos años, con motivo del infanticidio de tres esbardos que se produjo en Degaña, el biólogo Javier Naves explicaba en las páginas de LA NUEVA ESPAÑA que ese hecho, muy frecuente entre los osos, podría tener su desencadenante en la muerte accidental de un gran macho reproductor que había sido comprobada unas fechas antes, lo que permitió la irrupción en la zona de un nuevo macho para ocupar el lugar de aquél.
Por otra parte, y acercándonos ya a cuestiones de las sociedades humanas, se puede afirmar que estas especies (las «fieras») gozan generalmente de más simpatía colectiva. Como ejemplo -y volviendo a la televisión de sestear- podemos recordar el número de documentales de guepardos capturando gacelas y de leones tras cebras y ñus, frente a los que se emiten sobre estos numerosos herbívoros africanos y su «depredación» sobre los vegetales de la sabana. Además, dentro de la misma especie, parecen tener un mayor atractivo para los humanos los líderes de los grupos o los territorios frente al resto de los individuos.
Pues bien, valga esta algo larga introducción -repito muy simplificada y algo acientífica-, para referirme a ciertas cuestiones de ecología política regional o, lo que es lo mismo, a comentar algunas cuestiones que se han suscitado ante los próximos comicios del 27 de mayo.
En primer lugar, en una primera reflexión he de referirme al reciente referéndum sobre el Estatuto andaluz, en el que la abstención no ha sido ninguna anécdota, sino que debería ser tomada como una llamada de atención para los partidos y los políticos que se refugian en la autocomplacencia. Cierto que no son comparables el tipo de consultas, pero cierto también que muchos ciudadanos pasan de participar en procesos en los que se perciben los resultados sin necesidad de intervenir en ellos.
En segundo lugar, aunque no seré yo quien cuestione el que todos los seres humanos somos iguales, ni tampoco ese axioma de los partidos políticos que dice que todos los militantes son válidos para ocupar cargos orgánicos o institucionales, a la hora de elegir a los que han de representar los intereses de una formación y los de la sociedad a la que se deben, hay que obrar con exquisita prudencia, pues hay que poner en la balanza no sólo los nombres que pueden aportar una gran consideración social (las escasas «grandes fieras»), sino también el de la valía personal (los «miembros esenciales»).
En Asturias la cuerda electoral comienza a tensarse. El Partido Popular no ha presentado aún sus listas, aunque ha avanzado una gran continuidad, ni tampoco su oferta electoral. Izquierda Unida tampoco, aunque su alianza con Los Verdes parece dejar en mal lugar a los responsables de la consabida negociación por parte de la FSA, ya que dicha formación está coaligada con el PSOE en el Congreso de los Diputados. URAS y PAS avanzan en su acercamiento a muchos asturianos orgullosos de lo nuestro sin ambages.
La FSA-PSOE ha hecho los deberes de representatividad -aprobación de listas- y está a escasas fechas de presentar el ideario de gobierno, aunque en algunos temas, filtraciones más o menos intencionadas, ya parecen apuntar ofertas en contra de las de sus actuales socios de gobierno y de una parte de la sociedad asturiana que a priori podría apoyarles. Por otro lado, el ecosistema interior se verá alterado y tardará en recomponerse tras la anulación imprevista de la presencia de algunas personas de gran prestigio social y profunda consideración interna. No sería raro que así los candidatos a representantes públicos cosechen parte de la abstención y del voto en blanco que, con seguridad, va a incrementarse en Asturias.
No voy a caer en el tópico manido de la canción de Silvio Rodríguez sobre personas imprescindibles, pero sí voy a recordar que, como si fuera una premonición, el libro de Paul Colinvaux que conservo en mi biblioteca, en el que explica científicamente el porqué de la rareza de los grandes líderes sociales, está ilustrado con un hermoso tigre en la cubierta. ¡Ay! ¡Si Manuel Llaneza levantara la cabeza!
Víctor M. Vázquez es académico numerario permanente del Real Instituto de Estudios Asturianos.

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