El Instituto de la Mujer ha pedido -y obtenido- esta semana la retirada del anuncio de una firma de moda milanesa en el que se exhibe algo similar a una violación en grupo. Concretamente, se ve en el anuncio a un mozo de torso desnudo, musculoso, aceitado (y pringoso) que sujeta por las muñecas a una chica tumbada en el suelo, mientras otros gañanes, de impasible ademán, contemplan la escena.
El citado organismo, dependiente del Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales, argumenta que del anuncio se deduce que es admisible el uso de la fuerza para imponerse a las mujeres, y recuerda que la ley de la Publicidad prohíbe mensajes que atenten contra la dignidad de la persona o que resulten vejatorios para la mujer.
La solicitud de retirada ha generado cierto debate en la red. Algunos, tras reconocer que el anuncio les excita, afirman que el Instituto de la Mujer está gobernado por marujas histéricas y mojigatas, incapaces de apreciar la variedad de opciones que ofrece la sexualidad. Según otros, el instituto hace santamente al reclamar la prohibición del anuncio, en especial en un país como el nuestro, donde el maltrato es una lacra diaria y donde abundan las violadas. No faltan, por último, quienes describen el caso como un nuevo ejemplo de la astucia propagandística de la firma milanesa, que opera sobre el inconsciente de los potenciales clientes, relacionando sus trapitos con el deseo y el ligue, y a tal fin selecciona modelos en celo como percha para sus ropas. Tales modistos, añaden, logran inducirnos al consumo vinculando su marca con la vida alegre o petarda; en particular, con la petardo/ glamurosa, que es la que les permite vender luego calzoncillos (con relleno) a precios de abrigo.
En busca de nuevos datos sobre esta cuestión he navegado por la web de la casa de modas. Y he dado allí con una perla de su corpus ideológico: una serie fotográfica titulada Dolce vita y protagonizada por los dos propietarios de la empresa, in person. En ella, y mediante diez imágenes, vemos a dichos sujetos acompañados por cuatro modelos -dos chicos y dos chicas-, en sugerentes escenas de alcoba, desnudos, vistiendo sólo tanga y pulseras, o en compañía de lo que parece un arzobispo mitrado. Precede a este despliegue fotográfico una introducción teórica que reza así: "La decadencia divina, al estilo italiano, es algo que X & Y -aquí me permito enmascarar los nombres de los modistos- han predicado a lo largo de toda su carrera. ¿Y qué mejor manera de celebrar la tierra de Fellini y Visconti que con una serie de tableaux sexy protagonizados por los chicos salvajes de la moda milanesa -X & Y- en su casa de Portofino?".
En respuesta a la pregunta que cierra el párrafo anterior, diré que no sé si hay mejor manera de celebrar la Italia de Fellini y Visconti (aunque sospecho que sí). Tampoco alcanzo a saber si esa celebración es urgente o necesaria. Pero sí me queda claro que X & Y se tienen por predicadores; que pertenecen a esa subespecie que cobra por sus homilías; que a tal objeto son capaces de mezclar sexo con violencia, esperando a cambio, junto a nuestros dineros, nuestro aplauso por su osadía, su arte y su modernidad... Por todo ello, tiendo a considerar su estilo publicitario una ofensa, muy probablemente contra la dignidad de la mujer, y sin duda contra la inteligencia del público en general.

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