EL RUNRÚN
La primera vez que recibí el encargo de seleccionar personal para un puesto de trabajo me hallé frente a un dilema. Uno de los mejores currículos venía de la mano de una mujer con sobrepeso. Me contó que su obesidad no hallaba una silla en ningún despacho del sector. Andaba torpemente, como si perdiera los zapatos, y me estrechó la mano blanda y sudada al despedirse. Su voz, no obstante, tenía un timbre afinado que modulaba con elegancia. La otra candidata era alta y delgada, y lucía una brillante melena cobriza, de anuncio de champú. Me miró a los ojos y a los pies, mostrándose como una profesional con esdrújulas: carismática y empática, mientras arrastraba las erres con motor. Elegí a la primera, causando un gran disgusto a una parte del equipo que anteponía el atractivo a la preparación.
No siempre he sido capaz de medir en qué grado influye la apariencia física en mi inconsciente, pero admito que la imagen suscita un amplio surtido de prejuicios. Desde la forma de los dientes hasta el tamaño de la frente o la altura, los impactos visuales que nos causa el otro intervienen en la configuración de un primer criterio, una idea que también viene condicionada por la química que produce nuestro cerebro. La belleza tiene un papel importante en la vida de los individuos. Dice el médico alemán Ulrich Renz en su libro recién publicado La ciencia de la belleza que los bellos ejercen una influencia a su favor en las aulas, en los sueldos y en los juicios. No es ninguna novedad; en la edad media, cuando había dudas entre los condenados a un mismo delito, el juez se regía por la norma de condenar al más feo. Renz sostiene que no tenemos demasiado poder para modificar el estereotipo de la belleza que se forma en nuestra mente, a pesar de que nos rebelemos contra él.
La belleza oscila en nuestro repertorio de ideas, de norte a sur, aferrada a libres asociaciones que van de su sospechosa superficialidad a un magnetismo capaz de hacer perder la cabeza. Como la alegría, que no se puede representar sin el eco del dolor pegado a su sombra, la belleza no se puede entender sin olvidar que forma parte de los deseos agonizantes que, al igual que el dinero o el poder, tanta infelicidad producen. Nuestra sociedad de riesgo bebe de su narcisismo inyectándose botox y aumentándose el pecho. España es el tercer país de la UE donde se producen más infiltraciones de la toxina botulínica y el líder en visitas al cirujano plástico, que, por cierto, también acostumbra a ser apuesto. No se trata de una intuición, sino de un curioso estudio que se realizó en el hospital Clínic de Barcelona -y que se publicó en el British Medical Journal- según el cual los cirujanos son más altos y más atractivos que el resto de los médicos de otras especialidades. No se sabe si se trata de cuestiones genéticas o ambientales.
El caso es que mientras asistimos a la próspera glorificación del negocio de la belleza y los guapos operan a futuros guapos, escondemos el ala bajo ese invento políticamente correcto llamado belleza interior. La exterior sigue suspirando entre la realidad y el ideal, buscando su lugar en la compleja trama de la vida donde tenemos asignado un nombre y un sueño. El de Ángela Bustillo, charcutera de profesión, era ser miss España. Un certamen que representa una de las expresiones más obsoletas y discriminatorias de la belleza, como si una mujer no pudiera ser madre y bella al mismo tiempo.

Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados