Vivir en Berlín tiene algunos lujos, como poder escuchar en un intervalo de tres días a dos gigantes intelectuales como el historiador Heinrich August Winkler –extrañamente poco conocido en el mundo hispánico– y el crítico literario Marcel Reich-Ranicki. El viernes 16 de febrero, dos días después de que catedrático Winkler dictase su última lección en la Universidad Humboldt, el Aula Magna de la misma universidad acogió la ceremonia de entrega del doctorado honoris causa a Reich-Ranicki.
"Lo disfruta", oí decir a mi vecino cuando Reich Ranicki, de 86 años, entró en el aula y recibió el primer aplauso de la velada. Elegante, visiblemente satisfecho, el crítico literario más temido y respetado de Alemania, el más mediático, capaz de destrozar sin que nadie le chiste a tótems como Günter Grass y de ensalzar a novatos como Judith Hermann o Daniel Kehlmann, dos de los escritores más valiosos de la última generación, recibió su noveno doctorado honoris causa. Éste tenía un significado especial.
En la primavera de 1938, Marcel Reich-Ranicki tenía 17 años y estaba a punto de terminar la edudación secundaria. Era un alumno modélico, probablemente un superdotado. A instancias de su madre, pidió el ingreso en la Universidad Federico Guillermo de Berlín, conocida como al Universidad Guillermina, uno de los templos del saber alemán, situado en la céntrica avenida Unter den Linden.
La solicitud fue rechazada. El joven Marcel era judío. Unos meses después sería deportado. Nunca llegó a pisar el aula de una universidad como estudiante. Superviviente del gueto de Varsovia, aquel adolescente apasionado por la literatura se convertiría, décadas después, en el crítico más influyente de las letras alemanas.
A veces se la ha llamado el pope o el sumo pontífice de la crítica alemana, y es verdad que cuando el otro día saludaba sonriente a las personalidades, amigos, estudiantes y curiosos que llenaban el aula magna de la Universidad Humboldt tenía un cierto aire papal.
Sesenta y nueve años después de que la educación superior alemana le cerrara las puertas, Reich-Ranicki fue investido doctor honoris causa por la universidad que le rechazó, universidad que, desde el final de la guerra, recibe el nombre de Humboldt.
En la entrada frontal de esta casa hay una estatua del científico y viajero Alexander von Humboldt con la incripción en castellano: "Al segundo descubridor de Cuba. La Universidad de La Habana, 1939" .
En las escalinatas del hall de entrada, otra inscripción recibe al visitante: "Die Philosophen haben die Welt nur verschieden interpretiert; es kömmt drauf an, sie zu verändern": "Los filósofos han interpretado el mundo de distintas maneras; de lo que se trata es de cambiarlo" (undécima tesis sobre Feuerbach, de Karl Marx).
En la Mensa –la cantina universitaria– de la Humboldt vimos votar el 18 de septiembre de 2005 a Angela Merkel y a su marido, el químico Sauer. Ambos viven a una distancia de dos minutos a pie, justo delante de la entrada del museo Pergamon. La Mensa se había recovertido por un día en colegio electoral. Aquellas elecciones, aunque acabaron en un casi empate, convirtieron a Merkel en la primera canciller de Alemania.
Pero volvamos al Aula Magna, al día del doctorado honoris causa para Marcel Reich-Ranicki. Entre el público, se encontraban figuras notables de la sociedad berlinesa. Desde el ex presidente Richard von Weizsäcker hasta el Nobel húngaro y superviviente de Auschwitz Imre Kertész, acompañado de su inseperable Magda. También estaba el historiador Winkler.
"Es un pedagogo de la literatura", le describió el profesor Michael Kämper-van den Boogaart, decano de la facultad de filosofía, en el primer discurso laudatorio.
"Hoy es un gran día para la gran nación cultural alemana y para todos los países germanófonos", añadió después el secretario de Estado de Cultura y Medios de Comunicación, Bernd Neumann.
El rector de la Humboldt, Christoph Markschies, recordó que su universidad, "el lugar de la verdad y de la libertad", se entregó primero al nacionalsocialismo y después de la guerra al totalitarismo comunista.
"La deuda histórica no es como la deuda con un banco", reflexionó. En alemán la palabra Schuld significa deuda y culpa. "Lo que esta universidad hizo entonces es irreparable".
El filólogo Peter Wapnewski empezó su laudatio pidiendo un esfuerzo mental al respetable para que la esposa de Marcel Reich-Ranicki, Teofila, ausente en el acto, se hiciese presente. Se notaba que Wapnewski y Reich-Ranicki son amigos íntimos y que comparten un sentido del humor peculiar.
"Es un mago, un maestro de la subjetividad", dijo. "Nos ha enseñado que la pasión por la subjetividad no es una dignidad de la que disfruta el crítico, sino que es su privilegio".
Aunque nació en Polonia y todavía habla el alemán con extraño acento, ceceante y estridente, Reich-Ranicki decidió pronto que su patria eran la lengua y la literatura alemanas. En España muchos le conocen por sus memorias, tituladas Mi vida. En Alemania presentó durante años un programa de libros en televisión que lanzó al éxito en este país a Javier Marías. También es autor de un canon de la literatura alemana: cinco maletas –de venta en las librerías– que reúnen las mejores novelas, cuentos, dramas, poemas y ensayos de la literatura alemana.
Reich-Ranicki ejerce una profesión que a primera vista está reñida con el estrellato, pero con frecuencia se ha visto envuelto en polémicas sonadas. Por ejemplo, cuando en los años noventa apareció en la portada del semanario Der Spiegel rompiendo el último libro de Günter Grass. O cuando el escritor Martin Walser lo utilizó como personaje en su novela Muerte de un crítico, hecho que desencadenó un debate sobre el antisemitismo.
Satisfecho, exhibiendo su habitual socarronería, Reich-Ranicki empezó la réplica a los discursos laudatorios que abrieron la ceremonia afirmando: "Era normal que esta universidad me rechazase. Cualquier universidad alemana me habría rechazado".
El criticó explicó que no había tenido tiempo de preparar ningún discurso y que, en consecuencia, comentaría –en realidad, criticaría– los discursos de los oradores anteriores. Entre comentario y comentario, rememoró su regreso a Berlín después de la Segunda Guerra Mundial. "Me pareció una ciudad medio destruida. Venía de Varsovia", dijo. "Berlín era para mí la ciudad de la cultura y de la literatura".
En respuesta a la afirmación de Wapnewski, según la cual "la subjetividad no es una dignidad de la que disfruta en el crítico, sino que es su privilegio", matizó: "Si es un privilegio, también es una obligación".
"Me han reprochado que soy un enemigo de la teoría –prosiguió–. Esto no lo inventé yo. Lo aprendí de grandes críticos como Alfred Kerr, Kurt Tucholsky y Alfred Polgar. A ellos también se les puede reprochar que son enemigos de la teoría".
Uno de los últimos libros del superproductivo Marcel Reich-Ranicki se titula Marcel Reich-Ranicki responde a 99 preguntas. Es una antología de la columna que cada domingo publica en el Frankfurter Allgemeine Sonntagszeitung. Los lectores formulan cualquier pregunta sobre literatura. Él responde.
Puede discreparse de su estética, encontrar arbitrarios algunos de sus elogios y sus insultos, pero Reich Ranicki posee una cualidad común en los mejores críticos: tiene autoridad. Diga lo que diga, se le escucha. Sus palabras pesan. Quizá una pequeña selección de sus opiniones, entrescadas del libro mencionado, sirva para entender mejor quién es y qué piensa este simpático cascarrabias, riguroso divulgador de la literatura alemana.
¿Qué libro se llevaría a una isla desierta?
"Si sólo me deja llevarme un libro, no participo en el juego. Por lo menos deben ser tres, y de cada género: lírica, drama y épica. En la lírica me decido por tres voluminosas antologías con poemas de líricos alemanes de los últimos tres siglos: Goethe, Heine y Brecht. Tres dramas: Hamlet, Fausto y Wallenstein o El Príncipe de Homburgo. Novelas: Stechlin, La montaña mágica y Los hermanos Karamazov de Dostoievski."
Wagner
"Un periodista televisivo me preguntó una vez en una velada en un hotel qué me parecía un rabioso antisemita como Richard Wagner. Espontáneamente le respondí: "En la tierra hay muchos seres humanos, pero no han escrito ni el Tristán ni los Los maestros cantores".
Sobre el genial escritor vienés de principios de siglo Karl Kraus (en realidad, también vale para tantos predicadores de hoy y de siempre).
"Sus admiradores le celebran como un escritor genial y como un solitario misionario y juez universal, un visionario y un profeta. Kraus era un autócrata que no toleraba a nadie a su lado si no era su seguidor fiel y devoto. Por supuesto no quería renunciar a sus seguidores a ningún precio. Porque así como no podía vivir sin odiar, tampoco podía odiar sin sentirse siempre admirado.
(...) La vanidad y la adicción a la notoriedad de este escritor eran ilimitadas, su ambición sólo era superada por su egolatría. Nunca fue capaz ni siquiera se esforzó por ver con ojos críticos su obra y la función que él desempeñaba. Nunca quiso aceptar un error ni corregir sus opiniones, con frecuencia tomadas por los pelos. Era agudo, pero pocas veces era inteligente y razonable. Tenía mucho ingenio pero poco humor.
(...) Lo que se encuentra en los satíricos de la literatura universal, en él uno lo busca en vano: la autoironía".
Los textos incomprensibles
"Primera cita: "Su ambición es que parezca que han pensado más y con mayor profundidad de lo que, de hecho, han pensado. Lo que tienen que decir lo dicen con expresiones forzadas y difíciles, con palabras recién creadas y con frases alargadas, que dan rodeos en torno a las ideas y las ocultan". Segunda cita: "Nada es más fácil que escribir de manera que nadie lo entienda; en cambio nada es más difícil que expresar grandes ideas de manera que cualquiera las entienda". Tercera: "Hay que usar palabras corrientes y decir cosas extraordinarias, pero hacen lo contrario". Todo esto es válido para las páginas culturales de nuestros grandes diarios y semanarios. Quien lo escribió murió hace 143 años. Su nombre: Arthur Schopenhauer".
La obligación del crítico
"La inteligibilidad es la cortesía del crítico, la claridad su deber y obligación".

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