CUADERNO DE MADRID

El taxi sube por una de esas empinadas calles de Lisboa que luego cuestan de bajar porque hay que ir con la espalda bien estirada. Y, de pronto, el fogonazo fetichista. Cada uno tiene sus manías. Hay a quien le da por los ligueros negros y quien se pierde por los cuadernos. Allí está, en el angosto escaparate de una vieja papelería, la libreta desconocida. Azul, menuda y sin tirantes.

Así como los ríos mediterráneos han sido invadidos por el cangrejo americano, el mundo de las libretas está siendo colonizado por los famosos cuadernos Moleskine y sus imitadores, cada vez más numerosos. Cuesta encontrar algo realmente distinto. De manera que el taxi pega un frenazo ante el número 17 del Largo do Calhariz.

- Por favor, quisiera ver uno de aquellos cuadernos azules que tienen en el escaparate.

- Es una libreta portuguesa, responde el señor de la papelería con un aire dulzón y perspicaz, como si estuviese avisado de algo.

La libreta resulta encantadora. Tersa, manejable y con una bonita etiqueta sobre la tapa de tela. Una etiqueta de libro de contabilidad. Las tapas huelen a la oficina de la calle de los Doradores donde trabajaba Bernardo Soares, el heterónimo menos escindido de Fernando Pessoa; el del Libro del desasosiego.Y tiene un toque golfo. Un detalle que le va a impedir la entrada en el futuro museo barcelonés del diseño: lleva impreso un código de barras que pisa la orla de la etiqueta. ¡Adiós, Pessoa!

- Me gusta el cuaderno, pero, si me permite, quisiera preguntarle algo un poco raro. Hay una novela reciente de un americano que se llama Paul Auster que habla mucho de unos cuadernos portugueses. Unos cuadernos azules y con tapas de tela. El protagonista los busca como un loco por todo Nueva York...

- ¡Son estos! He oído hablar de esa novela...

- Si no recuerdo mal, se titula La noche del oráculo. Y el protagonista los compra en una papelería china...

- Y luego la papelería cierra. ¡Son estos! ¡Los auténticos cuadernos portugueses! Es usted la segunda persona que me habla de esa historia.

- Póngame dos.

Saciado el deseo fetichista, la bajada se hace liviana. Y Lisboa resulta más bella que nunca. Ya lo sabes, Paul Auster: si el Palacio de Papel ha cerrado, la próxima vez envía al desesperado Sidney Orr al Largo do Calhariz.

Lisboa está espléndida; lenta, como siempre; blanca, desvaída y ligeramente neurótica, con su metafísica oceánica, pero el periodista Ramon Font, que de Portugal lo sabe todo, advierte: "Después del empujón de la Expo, esta ciudad vuelve a estar en puertas de una crisis".

Es todo Portugal el que está inmerso en una atmósfera crítica. Leyendo los diarios se percibe una angustia nacional:¿quiénes somos y adónde vamos? Una angustia que a un catalán le resulta necesariamente familiar. Lisboa huele a simposio existencial.

Portugal se busca y no acaba de encontrarse. En las librerías triunfan las biografías de Antonio de Oliveira Salazar, el dictador contable y abstemio. Cuatro de los diez libros más vendidos hablan del fundador del Estado Novo, del maquiavélico que siempre desconfió de Franco. Treinta años después de la revolución de Abril, el tirano se perfila como posible ganador del concurso Os grandes portugueses, organizado por la televisión pública. Sólo otro político figura entre los diez más votados: Álvaro Cunhal, el comunista de hierro... "¡Assim se vê a força do Pê Cê...!".

¿Qué le pasa a Portugal? Que está siendo invadida por los españoles, sin que se divise un solo soldado del conde-duque de Olivares. España está comprando Portugal. Mejor dicho, los grandes boyardos de la economía española están comprando Portugal. "¡Hay que proteger los centros de decisión nacional!", clama el doctor Aníbal Cavaco Silva, presidente de la República.

Y el primer ministro Sócrates ha tomado una decisión: iniciar la construcción de un nuevo aeropuerto internacional de Lisboa que evite la pérdida de vuelos transoceánicos en el momento en que la ciudad quede unida a Madrid por el tren de alta velocidad. Desde Lisboa, paraíso claro y triste, dice el cuaderno portugués: "La península Ibérica es hoy un conjunto de sistemas metropolitanos en tensión. El sistema central, el Gran Madrid, ha reemergido con una fuerza irreversible. Es el más potente. Pero tiene mal carácter. En el fondo, aún no ha digerido el desastre de 1898. Es agresivo y faltón. No sabe persuadir. Los dos subsistemas periféricos, Lisboa y Barcelona, van a sudar tinta para mantener un razonable equilibrio. Se aman mucho a sí mismos, pero viven sin vivir en sí".