LA TERRAZA

Boire un petit coup c´est agreable, boire un petit coup c´est doux, mais il ne faut pas couler dessous la table, boire un petit coup c´est agreeable...", me cantaba mi madre cuando era pequeño. A mí me educaron con vino. Me educaron de muchas maneras, pero también con vino. En casa, desde que tuve edad para sentarme en la mesa a compartir el almuerzo con mis padres, me servían una copa de vino. De pequeño aprendí a amar y a conocer el vino. Sabía qué vino hay que tomar con una lubina al horno, qué vino hay que tomar con un buen estofado y qué otro con tal o cual queso. Del mismo modo que hay niños que coleccionan sellos o cromos de futbolistas, yo entonces coleccionaba etiquetas de botellas de vino. Y en cierta medida aún sigo haciéndolo: cuando en casa descorchamos una botella un tanto especial -cosa que ocurre bastante a menudo-, le quito la etiqueta y la guardo en un libro. Mi Enciclopédia Británica está llena de chateaux de Burdeos.

"Boire un petit coup c´est agreable", me cantaba mi madre, pero como dice la canción, no hay que acabar debajo de la mesa. Yo me he emborrachado de muchas maneras, pero jamás con vino, fruto sin duda de la educación que recibí de pequeño. Recuerdo que mis primeras borracheras fueron con ron, tan pronto como me di cuenta de que lo mejor del cubalibre era el ron y no la Coca-Cola; el ron cubano, Bacardí. Luego descubrí el de Jamaica y al final me quedé con el de la Martinica, el Saint James, mi favorito. Jamás me emborraché con vino, pero he conocido muchos borrachos que sólo bebían vino. Empezando por algunos clochards, cuando en París todavía los había. Se emborrachaban con un tinto peleón. Ahora, los borrachos que encuentro por Barcelona, los borrachos de la calle, que viven en la calle, se emborrachan con todo tipo de bebidas: vodka, coñac, ron, whisky...

Parece ser que en este país los chavales menores de edad se emborrachan con vino. De otro modo no se entendería que el Gobierno del señor Zapatero pretendiese incluir el vino en la llamada ley del Alcohol, para proteger a los menores del alcoholismo. Eso me parece un tremendo fallo educacional, tanto por parte de los padres como de las escuelas. Hay que enseñarles a los chavales que para entromparse existen un montón de bebidas que pueden causarles serios problemas si la borrachera se convierte en costumbre, pero al mismo tiempo hay que decirles que el vino es para disfrutarlo, para beberlo con moderación, a ser posible acompañado de un buen plato, de unas buenas tapitas, de un buen jamoncito o de un buen queso extremeño.

Me sorprende que la ministra de Sanidad, la señora Elena Salgado, haya retirado el proyecto de ley del Alcohol. Dicen que ha topado con el sector de vino. Si ha topado con él es que la señora ministra no había hecho bien sus labores. Debía haberse puesto antes de acuerdo con el sector del vino y una vez conseguido, seguir con la ley. Y de no haber acuerdo, olvidarse de la ley, o no incluir en ella el vino. Dicen que la señora ministra ha retirado la ley porque "la salud de los menores debe quedar fuera de la confrontación electoral". O sea, que la retira por miedo a perder votos. Si así fuera, y así parece ser, la señora ministra debería dimitir. Porque antepone la confrontación electoral a la salud de los menores, porque debilita al Gobierno del señor Zapatero y da alas a los señores del PP.

La fracasada ley de la señora Salgado me ha recordado lo que le ocurrió al señor Antoine Pinay, jefe del gobierno francés, en el lejano mes de enero de 1953. Al señor Pinay, economista de formación, no se le ocurrió otra cosa que aumentar el impuesto sobre el alcohol para financiar los gastos de la reconstrucción de su país. Resultado: cayó el gobierno. François Mauriac publicó un divertido artículo en Le Figaro en el que refiriéndose al señor Pinay decía: "Les pieds lui ont glissé dans un flaque de Pernod, de Ricard et de Byrrh". Y es que, como decía Mauriac, con el apéro, con el aperitivo, no se juega. Del mismo modo que aquí con el vino. Y eso es lo que ha hecho la señora ministra: jugar con él. Porque no otra cosa es mezclar "la salud de los menores con la confrontación electoral".

Dicho esto y teniendo en cuenta que son las siete de la mañana y aún no me he desayunado, voy a darme un respiro. Voy a abrir una botella de Marsala y zamparme una docena de bunyols que me quedaron de ayer, viernes, los que no se zampó mi gato Maurizio. Luego encenderé mi primer habano del día. Por cierto, me ha dicho la señora Crivillé, mi estanquera, que el uno de marzo vuelven a subir los puros. Y la ministra no dimite, ni cae el Gobierno.

Desde hace unas pocas semanas ya no hay jazz en el Jazzman. El Jazzman es un bar, un local chiquitín, situado detrás de mi casa, en la calle Roger de Flor, entre Rosselló y Provença, donde los lunes, en el altillo del local, ofrecían de las once de la noche a las dos de la madrugada jazz en vivo. El local se inauguró en 1979 y pronto se convirtió en un punto de encuentro para muchos músicos y aficionados al jazz en Barcelona. Tete Montoliu solía ir allí a tomarse una copa y charlar con los amigos. Desde hace ocho años, además de los discos, que son muy buenos, había los lunes jazz en vivo. Yo iba prontito, una hora antes, y me subía al altillo para hacerme con una de las pocas mesas que allí hay. Cuando llegaba me encontraba ya con un señor, sentado en su mesa con un botellín de agua. Un buen día ese señor me dijo: "Tu ets en Sagarra. Et recordo del Jubilee Jazz Club". Vamos, que estábamos como quien dice en familia.

En el Jazzman las sesiones de jazz en vivo se han suspendido porque una vecina se ha quejado de que no la dejaban dormir. David, el chico del local, me ha dicho que la vecina, una chica, lleva razón. "Lo he insonorizado -dice David-, pero no lo suficiente". Lo que a mí me extraña es que la supresión del jazz de los lunes haya llegado tan tarde. Quisiera creer que la chica no se ha dado cuenta hasta hoy de que no podía dormir, ahora que el Ayuntamiento parece preocuparse por el ruido ciudadano. Lo cierto es que con una batería y un contrabajo detrás de la almohada, la chica no puede dormir. Y todas las chicas deben dormir. David va a completar la insonorización del local y confiemos en que pronto volvamos a escuchar a Ramon Farré tocar el piano en el altillo del Jazzman. Mientras tanto se puede ir allí a tomar una copa en la barra, frente a Lady Day, y escuchar a Erroll Garner desgranar su Misty. Y más después de haberse llenado el buche en el republicano Can Josep, dos cuadras más arriba, con su filete de buey y su flan casero, una delicia.

Sí, señor, hay que cuidar el barrio, la vida de barrio, y más cuando en tu barrio -el mío- puedes disfrutar del Jazzman y del Embruix. El Embruix está en la calle Rosselló, al lado del Morrysson, esquina con Girona. A eso de las nueve de la noche, te vas al Morrysson, te tomas un aperitivo en la terraza -el tiempo afortunadamente lo permite-, te zampas una fideuà o unos macarrones a la española (con salsa española), y luego te vas al Embruix a escuchar a Ramoncito Riera recitar La casada infiel, de Federico García Lorca.

El Embruix, un bar todavía más chiquitín que el Jazzman, es lo que antes se llamaba un local "de arte". Lo regenta un chico, Jaume, que pese a ser la viva imagen del gigante de Twin Peaks es una dulce criatura, la mar de simpática, y además toca muy bien la guitarra. En Embruix hacen música, teatro, recitan poemas, pasan películas en una pantalla. Allí, hace un par de semanas, Ramoncito Riera tenía que ser Quasimodo, un Quasimodo con joroba de los Hermanos Peris y el ojo infantil y lúbrico de Charles Laughton. Pero le falló la Esmeralda, y Ramoncito nos deleitó con una Casada infiel que resultó ser un híbrido impresionante de Berta Singermann y Alejandro Ulloa. Algo increíble. Luego Ramoncito pidió su cerveza y con la elegancia y el señorío de un viejo Carablanca napolitano nos contó la historia de aquel amigo suyo que se había pasado la vida arreglando relojes de cuco y que cuando se encontraban por la calle le saludaba así: "Ho/ la/ qué/ tal/ Ra/ món/ có/ mo/ te/ va...". Tic, tac, tic, tac... Por suerte todavía no ha aparecido una chica que se queje de que Ramón Riera, Ramoncito para los amigos, no le deja dormir. Ramoncito, uno de los tipos más originales, más divertidos y más queridos de mi barrio. Crucemos los dedos.

P. S. No se pierdan el número de enero de La Nouvelle Revue Française, donde mi primo Enrique Vila-Matas se encuentra con una japonesa, guapa, y nerviosa, "que dice llamarse Kumiko Duvidu". No tiene desperdicio.