Voy por la Rambla, salgo del Liceu, uno de esos días húmedos y grises que sumen Barcelona en una sucia atmósfera. Me demoro en los puestos de animales y flores, su vivaz elementalidad reconforta. Hasta que me hallo ante la iglesia de Betlem... Y sí, todo es mustio, su fachada, mi ánimo.
Cuando cruza mi imaginación, abatido y salmodiante, muy siluetado, el espectro de Mossèn Cinto que un día de llovizna caminaba también por aquí, la sotana calada, acompañando el cadáver de un pobre de solemnidad, con lo que se ganaba unos céntimos.
Así lo encontró otro escritor, Pin i Soler, véase mi libro El drama i la mar (Proa). Verdaguer, que de la gloria literaria y social, poeta laureado y capellán de los marqueses de Comillas, aquí enfrente en el Palau Moja, se hundió en la derrota moral y física, en una trágica fuga mental: "Lo único que he logrado en mi vida ha sido atravesar la Rambla, del altanero palacio a la parroquia de los pobres...", decía vencido.
Pero consciente de la negra miseria que sufría tanta gente. Como de los rebosantes pechos de la marquesa atisbada en la madrugada cuando regresaba de un sarao. Y transido de la odiosa creencia de que el Maligno nos asedia, la que había imbuido el Papa León XIII... Ni una ilusión persistió en el poeta.
Él, que había cantado en Canigó al enamorado Gentil embelesándose en Griselda: "Més si jo et tinc, per què m´enyoro? / Si em somrius, doncs, de què ploro? / El cor de l´home és una mar, / tot l´univers no l´ompliria". ¿Y no respondían esos melancólicos versos a un amor de juventud frustrado por el seminario?
Si la lectura de los clásicos nos acerca a la textura de la existencia, sondeemos con la vida y obra de Verdaguer la nada y los desvíos que se disimulan tras esa hedonista fachada de la excelencia que nuestra civilización dice ofrecernos, cuando en verdad nos exige obediencia.
Entro en la penumbra de Betlem, unas ancianas rezan arrodilladas, me siento herido por ellas, por angustiados presentimientos... Pero pienso en algo cuyos poderes sobrepasan la tragedia de Verdaguer y el hálito que flota en la iglesia: la segunda mitad del siglo XX ha volcado sobre Occidente o acentuado varios de los mayores milagros de su historia: la Seguridad Social, mucha libertad y ciencia, la emancipación femenina... Porque nuestro destino está en el mar del corazón humano, aunque los excesos idiotas nos extraen de él y nos dejan vulnerables a merced de las borrascas del mundo. En fin, que entre la magnífica o ansiosa movida de la Rambla y el Liceu, se desliza también el espectro de un desolado clérigo. Que puede ser también el tuyo, el mío, errantes criaturas... Amémonos.

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