«De aquellos años aún no he podido regresar». Así respondía Luis Rosales al ser preguntado por la guerra civil de 1936, y hablaba de un «dolor nunca terminado, que reverdece, como la tierra todas las primaveras». En su propia casa, en Granada, dio cobijo a un amigo y maestro perseguido, Federico García Lorca, y de su propia casa fueron a sacarle, para darle muerte. Años después, Rosales escribiría: «Así he vivido yo, sabiendo que jamás me he equivocado en nada, sino en las cosas que yo más quería». Y uno no puede evitar ver en esos versos al poeta asustado, sacado a empujones de aquella casa, y al niño falangista, anudados ambos a un tiempo que ya nunca se marchará del todo. ¿Cómo no hacer nuestras las palabras de Rosales? Los que pasamos los días entre los anaqueles de las hemerotecas, leyendo sobre estos y otros episodios, hemos quedado también apresados en aquel verano, en la violencia innecesaria, en las muertes injustas, en el terror y hablamos quizá más con los muertos de entonces que con los vivos de hoy, pues quizá aquellos, silenciados tanto tiempo, tengan todavía algo que decir, y nosotros tengamos la obligación de escuchar.
Muy de cuando en cuando, alguien tiene la delicadeza de sacarle a uno de aquellos días siniestros. Hace unas semanas fue una llamada de Cristina Alas. Cristina es hija de mi maestro, Leopoldo Alas Argüelles, rector de la Universidad de Oviedo, fusilado el 20 de febrero de 1937. Grande es la deuda que tenemos con personas como Cristina, y no es difícil entrever el sufrimiento, el dolor -'perpetuo', explicará ella misma- prolongado durante años de omisiones, falsedades y silencios vergonzantes. ¿Cómo hacerse una idea cuando la desposesión va mucho más allá de la muerte? Después de muerto, Alas Argüelles fue sometido a un segundo juicio (responsabilidades políticas) y obligado, como tantos otros, a pagar una indemnización; después de muerto vio como su casa, su biblioteca, eran saqueadas; como su excelente manual de Derecho Civil era literalmente secuestrado y puesto a la venta por otro autor; como sus conferencias eran eliminadas a posteriori de las publicaciones. Para volar la estatua de su padre, Clarín, y ponerle una infamante careta, no esperaron a matarle; tampoco para arrancar la placa que la Universidad dedicara al padre en 1902, ni para quitar su nombre del callejero. Viendo todo ello, puede uno imaginar la tragedia de las víctimas anónimas, y no puede evitar preguntarse por qué tanta tacañería para devolver, ya que no la vida ni la hacienda, al menos un ápice de reconocimiento a estos muertos y a sus deudos.
Lamentablemente hay personas dedicadas a desacreditar estas demandas. 'Resentidos', 'niñatos', braman contra los nietos que escarban huesos y recuerdos en las cunetas, y hablan de «falsificación de la historia». Como si no hubiéramos aprendido quién ganó aquella guerra, como si ellos no supieran que también la perdieron. Ahí va una falsificación: la Universidad de Oviedo fue totalmente destruida durante la revolución de octubre de 1934; edificio, bibliotecas, laboratorios, todo desapareció. No había pasado año y medio cuando ya estaba casi reconstruida (fotografías en Región, 1 de enero de 1936). Se compraron bibliotecas (ahí está el extraordinario Baladro del sabio Merlín, objeto del deseo de la Biblioteca Nacional), se hicieron llamamientos, se constituyeron comités de antiguos alumnos, desde Buenos Aires a Barcelona, y miles de libros fueron donados por Universidades (Cambridge, Friburgo, París...), legaciones diplomáticas, centros culturales, incluso por simples maestros de escuela, decididos a no permitir que el recuerdo de la Extensión Universitaria y del grupo de Oviedo desapareciera. Al frente de aquella empresa estuvo Leopoldo Alas, rector. Pues no: el rectorado franquista silenciará estos trabajos, negará el más mínimo reconocimiento a sus protagonistas, y afirmará sin rebozo que durante la guerra, claustros, techumbres, torre, etcétera, seguían arruinados, que la biblioteca sólo fue rehabilitada «en plena guerra civil»; se publicarán fotografías de la destrucción de 1934 fechándolas en 1936... Tan burdo será el embuste que no sorprende su esperpéntico colofón. En abril de 1938 la autoridad rebelde dicta un decreto de reconstrucción de la ciudad señalando que «en el solar de la Universidad se construirá un edificio para fines docentes»; y ya que está derruida, el gobierno rebelde considera seriamente la posibilidad de suprimir una Universidad dudosa. Y es entonces cuando el nuevo rector, Álvarez-Gendín, alarmado, tendrá que explicar al propio Generalísimo que la Universidad existe, que está en pie, o mejor dicho a sus pies. Y superado el traspié, y a base de repetirla, los sucesivos equipos de gobierno harán suya -y lo que es peor, nuestra- la mentira.
Escribió Luis Cernuda: «Pensar tu nombre ahora/ envenena mis sueños». Algo parecido deben sentir los que descalifican cualquier intento de rehabilitación, los que planean una nueva muerte para los que ya perdieron la vida hace setenta años: el silencio. Demasiado tiempo el nombre de Alas debió ser pronunciado de forma clandestina en la que él estimaba su casa, la Universidad de Oviedo; demasiado tiempo las muertes envenenaron la convivencia. Preguntémonos, por ello, con Cernuda: «¿Qué ha de decir un muerto?». Quizá, que le nacieron en Oviedo, en 1883; que se sintió orgulloso de sus maestros: su padre, Posada, Buylla, Giner de los Ríos; que realizó una producción jurídica estimable (su trabajo 'La publicidad y los bienes muebles', de 1920, abrió nuevas vías de interpretación del Código Civil); o quizá que «era un joven muy representativo de aquel grupo, de aquellos grupos que tanto se afanaban por la reforma de su país; y por las vías más honestas», y esto no lo digo yo, sino el poeta Jorge Guillén, amigo de Alas, de quien refiere su «agudeza intelectual y su integridad moral». No hay proyecto cultural relevante en el que no participe Alas durante sus años madrileños: desde la Junta de Ampliación de Estudios, en la que ingresa como auxiliar en 1907, pasando por el Centro de Estudios Históricos (a las órdenes de Ramón Menéndez Pidal y Felipe Clemente de Diego), el Ateneo de Madrid, la Joven España o la Escuela Nueva, junto a Manuel Núñez de Arenas, con quien se aproximará al partido socialista en el trienio bolchevique, 1919-1921. Será también colaborador asiduo de Heraldo de Madrid, El País o El Socialista, y sobre todo, de las dos grandes empresas periodísticas de José Ortega y Gasset: la revista España y el diario El Sol. Tras varios intentos gana la cátedra de Derecho civil en Oviedo («¿Qué podré hacer en beneficio de mis alumnos? ¿Acertaré a cumplir con mi deber?», se pregunta, y responde: «Debemos trabajar los jóvenes con toda nuestra cultura y toda nuestra inteligencia. Y debemos poner en esta obra lo que es indispensable para cualquier triunfo humano, todo nuestro corazón»). En la capital asturiana participa en la creación de Centro de Estudios Asturianos, del Ateneo Popular de Oviedo, de una hoy desaparecida Revista Jurídica, se pone al frente del Centro Republicano de Oviedo... y hacen la República: en mayo de 1931, Alas será elegido rector de la Universidad; poco después, diputado en las Cortes Constituyentes, integrará la Comisión de Constitución encargada de elaborar la carta magna de diciembre de 1931. Es nombrado consejero de Instrucción Pública, subsecretario del Ministerio de Justicia (desde donde impulsará leyes como la del divorcio, matrimonio civil, Congregaciones religiosas, etcétera)...
Ahora bien, si de todo ello hubiera que destacar algo, sería su afán por divulgar la cultura entre los excluidos. Desde uno de sus primeros trabajos periodísticos, dedicado en 1908 a la Universidad Popular de Mieres, a su último acto público en las escuelas Pepín Rodríguez de Colloto, apenas dos días antes de la sublevación, Alas fue uno de los más activos animadores del fenómeno cultural más notable del primer tercio del siglo XX asturiano: los ateneos obreros. Sólo en prensa, hay consignadas más de cien conferencias y lecciones de Alas, repartidas por toda la geografía asturiana: desde pequeñas salas de lectura con apenas unas decenas de libros al potente Ateneo Obrero de Gijón, que inaugurara su padre en 1881. Promoverá con especial ahínco los Ateneos de Mieres, Turón o Sama de Langreo (en todos ellos dará la conferencia inaugural) y será presidente del Ateneo de Oviedo. Tras la sublevación todas estas diminutas universidades serán clausuradas, sus libros quemados o robados, y muchos de sus directivos pasados por las armas, pero el maestro, como tan elocuentemente ilustrara Castelao, todavía tendrá oportunidad de ofrecer una última lección: la de su muerte. Y sería injusto si uno no dejara constancia de que, en ese trance, aquel día de aquel mes sin nombre de 1937, el maestro no subió solo a la tarima, sino que lo hizo junto a Manuel Martínez, jornalero, Alfredo Villeta, marmolista, Francisco Vázquez, peón, y Braulio Álvarez, barrendero.
Quiere uno pensar que nada de esto fue en vano y, creedme, si aplicáis el oído a la labor terca de esos jóvenes en las fosas, os parecerá como a mí, que entre los despojos silenciosos y entre los huesos regresados, se advierte, a lo lejos, «el clamor, entre indignado y suplicante, de la conciencia universal», que así definió Antonio Machado la respuesta del mundo entero al crimen del 20 de febrero. Y quiere uno creer que Asturias, tan orgullosa, no ha olvidado a sus deudos; que es sólo pasajero el desconocimiento, y que en empresas como esas, es donde aquellas personas permanecen, y donde su sacrificio adquiere el noble significado de un magisterio. Y le parece a uno maravilloso -e inquietante- que todos nosotros, hasta los mezquinos que niegan el valor de esa causa, estemos en deuda con un puñado de desconocidos. Para Inés
FRANCISCO GALERA CARRILLO. INVESTIGADOR EN HISTORIA CONTEMPORÁNEA.

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