DEBATE: África, la gran olvidada
Senegal, país cuya población es musulmana en un 90%, es uno de los países más pacíficos y democráticos del mundo islámico. Esta tranquilidad se debe en parte a los elaborados rituales de respeto que se han desarrollado entre el Estado secular y las órdenes sufíes y a las excelentes relaciones entre la mayoría musulmana y la minoría católica en todos los niveles de la sociedad.
El Estado secular, con el apoyo de grupos feministas y algunas organizaciones no gubernamentales transnacionales, prohibió la mutilación de los órganos genitales femeninos en 1999 sin desencadenar protestas masivas de los musulmanes.
Considerado equivocadamente por algunos como un ejemplo de laicité francesa, que podría definirse como la separación entre la religión y el Estado, Senegal, si bien alguna vez fue colonia francesa, ha diseñado un modelo muy diferente de respeto igual y apoyo igual a todas las religiones. De hecho, el Estado secular en Senegal se parece más al de India que al de cualquier otro lugar.
En Senegal, las escuelas fundamentalistas, así como la ayuda iraní y saudí en el sector educativo, tienen poco espacio o demanda. El Gobierno senegalés gasta aproximadamente un 40% del presupuesto estatal en educación y ofrece educación pública gratuita a casi el 85% de los niños en edad de cursar la escuela primaria. Los padres de familia envían cada vez más a sus hijos, y ahora a sus hijas, a estas escuelas tolerantes, acreditadas y compatibles con la democracia.
Sin embargo, a pesar de todo este progreso positivo, la democracia poco común de Senegal está en peligro. Las razones no tienen nada que ver con el surgimiento del islam político, sino con las pobres prácticas electorales de los funcionarios electos y la indiferencia internacional.
El presidente actual, Abdoulaye Wade, que tiene más de 80 años, buscará su reelección mañana, 25 de febrero. Wade tiene un gran prestigio internacional porque encabezó la primera fase de la larga transición democrática del país en el 2000. Pero Wade aplazó las elecciones legislativas, previstas en un principio para junio del 2006, primero hasta febrero del 2007 y más tarde, por decreto presidencial, a junio del 2007. Hace unas pocas semanas hubo discusiones casi diarias sobre la posibilidad de posponer indefinidamente las elecciones presidenciales.
Ahora sí va a haber elecciones, pero ¿serán justas? Un mes antes de las elecciones, apenas un 64% de los ciudadanos empadronados había recibido sus tarjetas de elector. El 28 de enero, una manifestación pacífica pero no autorizada de los partidos de la oposición fue salvajemente reprimida por la policía y tres candidatos presidenciales fueron arrestados. Nada de esto se vio en la televisión. En un país con poca tradición de violencia política, demasiadas cosas misteriosas están sucediendo. Uno de los primeros críticos acérrimos de Wade, Talla Sylla, recibió golpes de martillo en el rostro. Abdou Latif Coulibaly, autor de dos libros que censuran a Wade, recibió amenazas de muerte, al igual que Alioune Tine, el líder de la principal organización de derechos humanos, Raddho.
La Administración Bush, que tiene una gran necesidad de contar con un aliado musulmán democrático, quiere que Wade cumpla ese papel, y ha decidido aparentemente, en palabras de un decepcionado alto funcionario estadounidense, mantenerse al margen. Mientras EE. UU. está dispuesto a gastarse 147 mil millones de dólares el próximo año en aras de una improbable democracia en Iraq, se niega a dedicar imaginación o recursos para apuntalar uno de los modelos más creativos de paz y democracia del mundo islámico. Eso es terrible para Senegal y África y para la credibilidad estadounidense. Por otra parte, la UE afirma que la situación la tomó por sorpresa y no ha presupuestado fondos para enviar observadores electorales a Senegal.
Pero la democracia de Senegal está en juego. Y estos días, la atención de la prensa internacional, de los observadores electorales internacionales y de quienes apoyan la tolerancia en todo el mundo podría ejercer una presión crítica.
A. STEPAN, director del Centro para la Democracia, la Tolerancia y la Religión de la Universidad de Columbia.

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