Algo malo, muy malo, debe estar pasando en este país cuando resulta que los periodistas nos hemos convertido –no es mi caso, modestamente- en el centro de la atención de la opinión pública; cuando, dicho de otro modo, somos noticia en lugar de ser sólo transmisores de la misma. Algo malo, muy malo, debe estar ocurriendo en nuestro país cuando las batallas políticas se trasladan a los medios de comunicación y estos se convierten en altavoces de la crispación, en vehículos para el enfrentamiento partidario, en el escenario en el que se representa la tragicomedia nacional y que convierte a los periodistas no en relatores, sino en protagonistas de la misma. Forma parte de la esencia de esta profesión la crítica al poder, la insumisión ante el que manda, la defensa a ultranza de la libertad de expresión y del sagrado derecho de informar y buscar la verdad de las cosas. Lo que no forma parte de la esencia de esta profesión es convertir los medios en un ring en el que dirimir nuestras diferencias personales. A veces parece que hemos perdido la medida justa de las cosas, y que le damos relevancia a hechos que, en sí mismos, son minucias y, sin embargo, obviamos otros que deberían tener una mayor importancia. Hemos viciado el objetivo mismo de nuestro trabajo, hasta el punto de que los medios informan, no para trasladar los hechos a sus lectores, sino para intentar desmontar las versiones del contrario sobre un mismo asunto.

Les pondré un par de ejemplos de lo que les estoy intentando transmitir, ocurridos en los últimos días, y que me parecen muy sintomáticos y evidencian hasta qué punto algunos medios, sobre todos los medios tradicionales, han olvidado que la esencia de su labor es informar, y en lugar de eso intentan confundir a la opinión pública. El pasado fin de semana, después de dos jornadas del juicio del 11-M, me propuse leer las informaciones que sobre lo ocurrido en esos dos días ofrecían los principales periódicos del país. Tomé en mis manos el ABC, La Razón, El Mundo y El País. Sólo de la comparación de los titulares tenía uno la impresión de estar asistiendo a tres juicios totalmente distintos. Por un lado, el que ofrecían el ABC y El País, por otro, la visión de El Mundo, radicalmente contraria a los primeros, y en tercer lugar, equidistante de las dos primeras, la versión de La Razón. Pero lo sorprendente no estaba en que cada periódico ofreciera una versión distinta de los hechos, porque incluso eso forma parte de la lógica pluralidad que los medios también representan, sino que daba la impresión de que cada uno de ellos informaba buscando la manera de desacreditar, al mismo tiempo, la información ofrecida por el contrario. En esos dos días habían testificado El Egipcio y Jamal Zhougam, y creo que alguno más de los acusados de formar parte de la trama islamista. Todos ellos se habían declarado inocentes, habían asegurado que no sabían nada de los atentados y, a preguntas de los letrados, también negaron tener relación alguna con la banda terrorista ETA.

Fíjense que curioso, porque para el ABC y El País, lo destacable era que estos acusados declararan que nada sabían ni tenían que ver con la banda terrorista vasca, pero no otorgaban crédito a su declaración de inocencia sobre los atentados. Es decir, que sí era creíble una afirmación que situaba a ETA fuera de los atentados, pero no la de que ellos tampoco tenían nada que ver. El caso contrario era el de El Mundo. Para el diario de la calle Pradillo, lo relevante era justo lo contrario, que los acusados se declararan inocentes e, incluso, dieran sobradas razones para pensar que se podía estar acusándoles de un delito que no cometieron y, si no fueron ellos... Sin embargo, el hecho de que quienes se sientan en el banquillo afirmaran no tener nada que ver con ETA, no parecía tener demasiada importancia. El paso siguiente ha sido, por parte de unos, situarse inquebrantablemente del lado de la fiscal Olga Sánchez –quien, por cierto, ha demostrado en varias ocasiones una pobre puesta en escena-, lo que viene a suponer la vulneración de uno de los derechos esenciales de toda persona, es decir, la presunción de inocencia. Los otros, por el contrario, parecen haberse convertido en los abogados defensores de quienes, a todas luces, al menos resultan ser personajes bastante poco recomendables, y da la sensación de que, sea cual sea la verdad de lo que ocurrió en aquellos atentados, no pasaban por allí de casualidad, y no sería nada sorprendente que dentro de unos meses, al finalizar el juicio, la sentencia tenga carácter condenatorio.

El otro ejemplo de cómo el periodismo se ha viciado, lo hemos tenido esta semana con la famosa entrevista censurada a José María García, que ha resucitado de sus cenizas y se ha convertido en el centro de la atención mediática. García ha sido noticia, triste noticia en un país que cada día que pasa rezuma modos más antidemocráticos en todas las esferas del poder. García ha cogido el micrófono y no ha dejado títere con cabeza, y su lenguaraz estilo ha tenido pronta respuesta. Jiménez Losantos replicaba desde los micrófonos de la COPE en defensa de su amigo Luis Herrero, García se hacía omnipresente en programas de radio y televisión, y mientras crecía la expectación, Del Olmo y los Seradictos disfrutaban del espectáculo que acabará esta semana en un face to face en los micrófonos de la COPE. Losantos cargaba contra el director de Protagonistas, este le respondía llamándole de todo y negándole hasta la existencia misma, los cómicos entraban en la batalla haciendo payasadas como la de no recoger premios porque están unos y no están otros -¡viva el sectarismo!-, los de El País le niegan hasta la respiración a los de El Mundo y, por supuesto, le retiran el certificado de periodico plural que solo otorgan ellos. El Imperio se hace fuerte para evitar el acoso de los pequeños y la pérdida de credibilidad que necesariamente conlleva el situarse al lado del poder.

Y los lectores, la opinión pública, asiste atónita a la colosal manera de despellejarse que tienen unos y otros en el parlamento del papel y de las ondas. Lo grave, sin embargo, es que esa tendencia al ensañamiento en la negación del derecho del contrario a expresar sus opiniones se traslada, necesariamente, a la opinión pública, hasta el punto de que los medios deberían pensar muy seriamente dónde reside la responsabilidad del elevado índice de crispación que atraviesa nuestra sociedad, porque quizá la culpa no la tengan tanto los políticos como quienes se han erigido en portavoces de posiciones inmutables e inamovibles. E, insisto, no digo con esto que no haya que criticar al poder o a la oposición. Es más, es necesario hacerlo. Pero el elevado nivel de enfretamiento mediático se personaliza en una opinión pública muy vulnerable a las tendencias de sus héroes de la palabra, y así los lectores de El Mundo odian a los de El País, y los oyentes de la SER desprecian a los de la COPE. Hasta tal punto, que el apasionamiento que ese grado tan tremendo de crispación mediática fomenta entre la opinión pública se traslada a grupos de trabajo, de amigos, e incluso familiares. Hemos superado el listón de la tradicional confrontación política PP-PSOE, izquierda-derecha, y nos hemos situado en un peligroso nivel de ensañamiento entre los partidarios de la teoría de la conspiración y los defensores de la verdad oficial, entre los talibanes de Del Olmo, Gabilondo y Carlos Llamas, y los fundamentalistas de Losantos, Vidal y Pedrojota.
Y esta no es la razón de ser del periodismo, ni nada tiene que ver la vocación de servicio público con la que nos comprometemos en el momento de licenciarnos con este mórbido espectáculo de reinonas del cabaret al que estamos asistiendo. Francamente, produce una enorme tristeza comprobar cómo una profesión tan noble como la nuestra, se vicia y se degrada en medio de un maremagnum de intereses personales, abyectas envidias y malsanas rivalidades. Es lógico que a partir de unos determinados niveles de audiencia y notoriedad, los conductores de determinados programas radiofónicos y audiovisuales formen parte de la cultura colectiva y de la necesidad que tiene la gente de encontrar referentes en los que fijarse. Pero el hecho de destacar implica, precisamente por ello, una cuota añadida de responsabilidad respecto del gran público. Cada palabra que uno u otro escupen al micrófono y vuela en las ondas es escudriñada por un ejército de infatigables seguidores que creen encontrar en ellas una indicación, una orden que cumplir al pie de la letra. Y últimamente esa orden suele tener demasiados componentes de resentimiento y confrontación. Podríamos hacer un gran bien a la salud democrática de este país, pero lo cierto es que estamos contribuyendo notáblemente a la degradación absoluta del sistema democrático, para satisfacción de los enemigos de la libertad. Y García, que se estaba quedando fuera del circo, ha venido a echar más leña al fuego. Si no fuera porque aborrezco de entrada y de salida cualquier forma de censura y creo que a nadie puede negársele su derecho a expresarse libremente, se meta con Aznar o se meta con San Pancracio –siempre que no sea delito-, hasta habría que aplaudirle a Luis Fernández. Con todo, se ha equivocado, porque un personaje como García se descubre a sí mismo y descubre a toda una tropa de presuntos comunicadores entregados a su vanidad. Una pena.