Sr. Presidente:

Le pido disculpas, de antemano, si lo que dice el titular de esta columna y lo que le voy a decir a lo largo de estas líneas le parece a usted demasiado crítico e, incluso, injusto, pero lo cierto es que si yo nunca he creído en su tan cacareado talante, ahora más que nunca estoy convencido de que todo en usted transpira una absoluta ausencia de espíritu democrático y respeto a las normas esenciales de la democracia y el Estado de Derecho, como son la división de poderes, la tolerancia hacia la oposición, el ejercicio transparente del poder, el sometimiento al control parlamentario... Todo eso parece que a usted le suena a algún idioma incomprensible, en la medida en que su labor de gobierno se dirige precisamente en un sentido radicalmente contrario a lo que debería ser el ejercicio democrático del poder. Usted gobierna, permítame que se lo diga, desde la prepotencia de quien cree que por tener la mayoría de los votos tiene la razón y no acepta las razones de los demás. Es cierto que en esa vileza han caído otros antes que usted, empujados por ese llamado síndrome de La Moncloa, pero sus predecesores en el cargo sufrieron ese mal pasado un tiempo considerable. Usted no, usted lo llevaba puesto el mismo día en que subió por primera vez las escalinatas del Palacio de La Moncloa como presidente del Gobierno. Y, lo que es peor, y le diferencia de otros presidentes, es que además era consciente de ello porque ese es el espíritu con el que usted asumió el poder: el de un líder cuando menos de tendencia autoritaria.

Lo ha comprobado en carne –política- propia la ministra de Sanidad, Elena Salgado, a la que usted ha obligado a, como se dice vulgarmente, bajarse los pantalones de la manera más vergonzante posible. No recuerdo que ninguno de los presidentes anteriores tratara así a sus ministros, pero esto pone de manifiesto su verdadero talante autoritario. Lo que no me explico es cómo la señora Salgado, cuya ley es verdad que había generado más rechazo que otra cosa, no ha presentado inmediatamente su dimisión irrevocable. Si ése es el comportamiento que usted, señor Presidente, manifiesta con quienes forman parte de su entorno y, supuestamente, le son fieles, ¿cómo no será su comportamiento con quienes discrepan de usted? La pregunta, obviamente, tiene respuesta en el modo en el que viene usted tratando al principal partido de la oposición desde que accediera al poder, buscando en todo momento su marginación del sistema, intentando expulsarle del mismo. El último ejemplo del desprecio que usted y su Gobierno muestran hacia nada menos que diez millones de electores lo ofreció esta semana su recién nombrado ministro de Justicia, el ínclito Bermejo, cuando amenazó a la oposición con ofrecerle pronto una muestra del radicalismo del que el PP acusa al hasta ahora fiscal. ¿Así es como se ejerce el poder en democracia, con amenazas? De usted, sin embargo, me espero cualquier cosa, y es evidente que Bermejo responde perfectamente a la visión que tiene usted de la política: puro ejercicio autoritario del poder.

Porque, sin duda, al margen de los rifirrafes políticos, hay algo que transmite una enorme inquietud a quienes creemos en la democracia liberal y en la división de poderes como única forma de supervivencia de la misma, y es el hecho de que Bermejo haya llegado al Ministerio con el objetivo de meter en cintura a los jueces que, por lo que yo se, es la orden que usted le ha dado a la vista de cómo algunos estamentos de la magistratura, actuando con una envidiable independencia, han hecho caso omiso de sus insinuaciones respecto a lo que debería ser la actuación de la Justicia en un proceso de paz como el que usted había puesto en marcha encomendado sólo a los propios terroristas, no se si porque se cree usted capaz de cualquier cosa, si porque coincide con ellos en muchos de sus planteamientos o si porque nos sigue ocultando la trágica razón que vincula esa negociación con los trenes de la muerte. O por las tres razones a la vez, que todo puede ser. ¿Cuál es la amenaza, señor Presidente? ¿Qué recoveco de la Ley y de la Constitución va a retorcer para conseguir un CGPJ a la medida de sus ambiciones? ¿Hasta dónde va a llegar la vulneración de las Leyes Fundamentales que hacen posible la Democracia? Usted no cree en la división de poderes. Es obvio que el Gobierno anterior cometió un error abismal pactando con su partido el reparto de cargos en el poder judicial en lugar de avanzar en una Justicia independiente, pero el camino que usted ha emprendido es distinto, porque el suyo es el camino del sometimiento, y ése es el camino, también, del totalitarismo.

Si se fija, señor Presidente, le pasa a usted como a todos los líderes populistas de los que es amigo o algo más: en el resto del mundo, en los países que importan y en los que no, se les desprecia. Ustedes creen que la deplorable imagen de nuestros agentes durmiendo sobre cartones y alimentándose con bocadillos deshechos en orina –estremecedor relato el que obtuvo nuestra compañera Julia Pérez de uno de esos funcionarios maltratados por las autoridades de Mauritania- se arregla con una “recompensa”, en palabras dichas por su ministro del Interior, pero lo cierto es que lo ocurrido transmite una desasosegante sensación de ninguneo de nuestra política exterior en cualquier parte del mundo. Y, para añadir más leña al fuego de la ignominia a que se nos tiene sometidos fuera de nuestra fronteras, usted se toma las relaciones internacionales como si se tratara de una partida de mus, ese juego de cartas al que usted era tan habitual en sus tiempos de diputado de a pie, con la diferencia de que ahora pierde siempre. Lo peor, con todo, es que además practica usted el engaño a los ciudadanos. Nos dijo que la misión en Afganistán era una misión de paz, y esta semana hemos tenido una nueva baja en atentado terrorista. Yo creo que no es la única, porque para mí que ustedes ocultaron la verdad de lo que pasó con aquel helicóptero supuestamente accidentado en Herat, pero, en cualquier caso, el deber de todo gobernante es ser sincero con su país, y usted tenía la obligación de haber sido transparente en cuanto a los riesgos de esa misión. Pero no lo hizo porque, entre otras cosas, la transparencia no es ni una palabra que forme parte de su vocabulario ni una característica de su manera de gobernar.

Mire, señor Presidente, siento tener que decírselo así, pero le hablo desde una profunda convicción democrática, esa profunda convicción democrática de la que creo que usted carece. Porque, si la tuviera, usted no habría hecho ese colosal ejercicio de cinismo de decir en Vitoria que respeta la Ley de Partidos y, dos días después, rechazar en el Parlamento una iniciativa a favor de la ilegalización del Partido Comunista de las Tierras Vascas. ¿Por qué no nos dice de una vez cuáles son los compromisos a los que llegó con ETA? ¿Por qué no dice a los ciudadanos que nunca más habrá negociaciones ni conversaciones con esa banda de malnacidos? Le recuerdo que ustedes le reprocharon a Aznar que siguiera adelante con su apoyo a la estrategia de Bush en Iraq en contra de la mayoría de los españoles, y de no escuchar la voz de la calle. ¿Por qué no la escucha usted? La mayoría de los españoles, la inmensa mayoría, no quiere que se negocie con ETA y, mucho menos, que se le hagan concesiones políticas a cambio de una paz que se ha demostrado falsa. Pero usted sigue, erre que erre, empeñado en su proceso, quizás porque no tiene otra salida, quizás porque está atado de pies y manos a su propio destino, y éste está en manos de la pandilla de canallas... Eso sólo lo sabe usted, pero dese cuenta de que la sola sospecha de que en la trastienda de sus negociaciones haya podido haber enjuagues que trasciendan los límites del Estado de Derecho, es suficiente para que cada vez haya más gente que le pida que se vaya. La confirmación de esas sospechas tendría unas consecuencias que, hoy por hoy, no quiero ni imaginar.