Dos comunistas que no quieren dejar de serlo acaban de llevarse por delante al Gobierno que debía reponer a Italia en el camino de la civilidad republicana; en la senda de la seriedad después de la aventura populista de Silvio Berlusconi.

Dos maximalistas de izquierda, el trotskista Franco Turigliatto y el titista Fernando Rossi -encadenado a un puente de Belgrado durante los bombardeos de la OTAN sobre Belgrado en 1997- han enviado a Romano Prodi a casa cuando el hombre volvía feliz de Eivissa, contento de haber sellado la entente cordiale con los españoles. En Eivissa nació el martes la liga del queso de Parma llamada a proteger la industria agroalimentaria italo-española de las inclemencias de la globalización: de los asiáticos que todo lo copian, de los viñedos de California, Australia y Nueva Zelanda, y de los tomates del Magreb a diez reales. En Eivissa, el señor José Luis Rodríguez Zapatero, avisado de que el barómetro del CIS sigue augurando bajas presiones, decidió tumbar la ley del vino de la ministra Salgado Rottenmeier. En Eivissa el martes todo olía a primavera. Y en el Senado romano se urdía un pequeño complot de provincias, un enredo de tribunos de la plebe. Otra jugada más temible, la de los Giulios, quedaba oculta por los cortinajes.

El trotskista Turigliatto y el titista Rossi, senadores de tercera fila excitados por el férreo pragmatismo del ministro de Exteriores Massimo D´Alema (un comunista que dejó de serlo) y por la ampliación de la base militar norteamericana de Vicenza, ni siquiera se dieron cuenta de que habían elegido una fecha señalada para poner en aprietos a la mayoría gubernamental, a su teórica mayoría: el miércoles 21 de febrero del 2007 se cumplían 159 años de la publicación en Londres del Manifiesto Comunista de Carlos Marx y Federico Engels. Salvando todas las distancias, que existen y son apreciables entre las dos orillas del mar Tirreno, podríamos establecer un cierto parangón entre Turigliatto y Rossi y los diputados Tardà y Puig de la Esquerra Republicana de Catalunya. Gente oportuna en el momento adecuado. Pepe Gotera y Otilio, chapuzas a domicilio.

Prodi estaba avisado desde hacía nueve meses. El pastel estaba servido desde las tres de la madrugada del día 11 de abril del 2006, apenas concluida una noche electoral alucinante, que este periodista, aquellos días instalado en un hotel lampedusiano de Palermo, no olvidará mientras viva.

Con una exigua mayoría en el Senado, estaba cantado que el centroizquierda, un tutti frutti con demasiados ingredientes, las iba a pasar canutas. De haber contado con el apoyo de los senadores vitalicios, el informe D´Alema habría superado la votación del miércoles, pese a la deserción del titista Rossi y del trotskista Turigliatto. Los senadores vitalicios -nombrados por el presidente de la República- suelen adoptar una línea institucional en los grandes asuntos.

Pero Giulio Andreotti, 88 años, el más fiel servidor del Vaticano en las cocinas de la República, se abstuvo. Y el católico Francesco Cossiga, 78 años, chamán de todas las conspiraciones, votó en contra. Y Sergio Pininfarina, 81 años, legendario diseñador de coches, también se abstuvo. Andreotti habló bajando las escaleras del Senado: "No sabía que con mi voto podía hundir la nave". Hace quince días, el Gobierno Prodi había aprobado, pese a la dura oposición de la Santa Sede, una ley de Parejas de Hecho, moderada, pero de lejanos ecos zapateristas.

"Nos hemos metido en un bel pasticcio.El lío pueda que sea mayor de lo que hoy parece. No será nada fácil conseguir nuevos apoyos entre los centristas, y si la mayoría no se tiene en pie, creo que vamos a parar a un gobierno técnico o a elecciones", confesaba anoche, vía telefónica, un diputado muy bregado en los pliegues romanos. Decía el Divino Giulio (Andreotti) de Zapatero este verano: "No le conozco, pero me parece un socialista bastante peculiar, ya que su prioridad es cambiar el concepto de familia".