Este Gobierno tiene la cintura de hormigón", señalaba estos días mi colega Ignacio Rodríguez Burgos. Qué expresión tan certera: cintura de hormigón, o incapacidad estructural para reaccionar, encajar y dar respuesta a los vaivenes de la vida pública, ahora que las aguas bajan revueltas y no sólo por sus cauces habituales: al Estatuto de Andalucía de Manuel Chaves le ponen recurso en el Constitucional no el PP, sino los demás barones socialistas, por culpa del Guadalquivir.
El agua es una batalla que se prevé larga y difícil, pero de momento es el vino el que ha logrado una derrota sin paliativos para el Gobierno, por mucho que se intente contener los daños en torno a la figura de la Ministra de Sanidad, Elena Salgado. La retirada de la ley del Alcohol es el ejemplo de cómo se pueden gestionar las propuestas legislativas bien, mal o pésimamente. Y poner al sector del vino de uñas, cuando ya estaba escocido por la imparable reducción del consumo de caldos en restaurantes y bares -gracias al carnet por puntos-, no ha sido la mejor muestra de cintura política. El proyecto de ley Antialcohol tiene un objetivo fundamental del que es imposible discrepar: prevenir el preocupante consumo entre los jóvenes. El vino peleón con coca-cola, el popular calimocho,es una de las bebidas favoritas de los botellones, por mucho que algunos sostengan que los jóvenes no beben vino: jo que no, y en qué cantidades.
Por eso el Gobierno tiene otro problema: aunque trate de echarle la culpa al PP de haber utilizado torticeramente el debate en su favor. Ahora tiene que arramblar con la imagen de haber frenado una ley necesaria y de interés público para doblegarse a los intereses del sector vitivinícola, especialmente afectado por las restricciones publicitarias que imponía el texto. Hasta ahora, las marcas de cerveza y otros alcoholes de graduación superior han conseguido sortear las prohibiciones de publicidad directa convirtiéndose en grandes patrocinadores de conciertos, acontecimientos deportivos y hasta programas de televisión.
El mismo caso de "cintura de hormigón" se está dando con la ministra de Cultura, Carmen Calvo, y la inminente ley del Cine, que prevé un aumento considerable del porcentaje de los ingresos -y no beneficios- que las televisiones deberán invertir en la industria del celuloide. Braman desde Uteca, la asociación que integra a todos los operadores privados -Antena 3, Telecinco, Cuatro, La Sexta, NetTV y Veo- contra una norma que impone condiciones no consensuadas. Es cierto que las televisiones privadas no amenazan con tractoradas, como los viticultores de Castilla-La Mancha, pero al igual que ellos se han levantado de la mesa de negociación airados por la falta de flexibilidad del ministerio, al que acusan de estar en manos de los productores "independientes", los más beneficiados con la futura ley.
Tienen a su favor que la ley de Carmen Calvo, al igual que la ley de Elena Salgado, también levanta muchas reticencias dentro de Ejecutivo: cuentan que ni al Ministerio de Industria ni al Ministerio de Economía les gusta la propuesta. El gran problema es que el vino podía restar muchos votos, y la ley del Cine no; pero en ambos casos, manca finezza a la hora de convencer en vez de imponer.
El poder de la televisión
Ségolène Royal arrasó en la televisión francesa el lunes tras dos horas de programa en las que contestó cien preguntas de ciudadanos, y logró recortar distancias con Sarkozy. Diez millones de espectadores, vamos, como un partido de Champions. Qué envidia dan los franceses: les chifla la política, incluso en televisión, donde los programas de actualidad, reportajes y debates merecen los honores del prime time.
¿Habrá debate?
En España, sólo los debates cara a cara de 1993 entre González y Aznar cosecharon resultados de audiencia parecidos. Desde entonces, no hemos visto a presidente y aspirante. ¿Y ahora, con las generales? Rajoy no pondrá excusas, y menos con encuestas del CIS que estrechan al mínimo la ventaja socialista. Y Zapatero siempre defendió las bondades del debate… cuando estaba en la oposición, como todos.
Supergarcía
Mi admirado Quintero se quedó el miércoles sin su joya: la dirección de TVE decidió no emitir la entrevista a José María García, y el veterano periodista radiofónico está que trina. ¿Qué diría para ser censurada? No hace falta mucha imaginación: con Buenafuente, García se explayó contra Prisa, contra Losantos, contra Aznar, contra las teles, sus programas y sus directivos. Sin pelos en la lengua: su sola presencia dispara los índices de audiencia y los índices de mosqueo.

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