La primera encuesta del año del CIS es como para que alguien se preocupe, especialmente eso que los latinoamericanos llaman “dirigencia”. El grado de desmovilización social y de desafecto de la ciudadanía es creciente y evidente. Algunos pretenderán que es la actitud típica de las sociedades confiadas, las que no imaginan desastres en el horizonte, lo cual no es óbice para que en los extremos se noten los profetas de inminentes desgracias.
La encuesta revela pesimismo económico: son más los que ven la situación económica (y su futuro) peor que mejor, rompiendo la tendencia contraria de encuestas previas. Y otro tanto, pero mucho más acentuado, para la situación política.
Ese pesimismo se acentúa en preguntas tan nítidas como ¿se puede confiar en la gente? Que obtiene una respuesta desfavorable (cualquier precaución es poca) del 57% de los encuestados. Un pesimismo que contrasta mal con el ambiente de los fines de semanas y fiestas de guardar, lo cual puede querer decir que entre lo que se piensa y lo que se hace hay trecho.
En esta encuesta el CIS investiga la intención de voto y encuentra, como dato de partida, que el 40% no precisa a quién votaría hoy, y se mueve entre el voto blanco (4%), la abstención decidida (13%) o la indecisión (23%). El voto decidido y confesado otorga casi el 30% al PSOE y el 20% al PP, aunque la cocina del CIS, las estimaciones de los expertos, apuntan un voto válido a los socialistas del 38,8% y del 37,6%. Una diferencia de menor cuantía desde el punto de vista cuantitativo que acerca al poder más a los de Zapatero que a los de Rajoy, pero que no es significativa un año antes de las elecciones.
El dato más preocupante para los populares es que su líder no despega en el aprecio de los electores y que con una calificación de 3,7 (frente al 4,9 de Zapatero) no consigue tirar de su partido, las encuestas recalifican de lastre, más que de motor de arranque de su partido. Aznar siempre tuvo problemas de valoración personal, pero Rajoy anda aún más bajo que su predecesor. Más aún, la nota de Zapatero la obtiene entre sus votantes naturales y potenciales, y la pierde, especialmente, entre quienes nunca le votarán. En resumen, una situación política cristalizada, decadente, con ciudadanos que van del desencanto al desafecto.
FGUrbaneja@wanadoo.es

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