El primer viaje oficial al extranjero (en realidad el segundo porque hubo uno anterior a Andorra) de Josep Lluís Carod-Rovira ha despertado morbosidad no sólo en determinada prensa madrileña, sino también en los medios catalanes, como si el conseller de Vicepresidència de la Generalitat fuera el escorpión de la fábula que pide a la rana cruzar la charca y, a pesar de que sabe que un picotazo mortal al batracio acabará con él en el fondo de la poza, su instinto le lleva a punzarle, más allá de su afán de supervivencia. Pero Carod se ha subido al coche oficial en India con banderín rojigualdo puesto a su disposición por el Ministerio de Exteriores, se ha dejado acompañar por el embajador de España y ha prometido lealtad a la política exterior del Gobierno.
A los francotiradores de las trincheras más rancias les ha causado cierto desaliento oír por boca del político republicano que desea un estilo propio de relaciones exteriores, que consiste en "explicar menos lo que somos y participar más en los grandes debates internacionales". Y añadió sin ambages: "En nuestra actividad internacional debemos comportarnos con absoluta normalidad". En esta línea, Maria Aurèlia Capmany contaba a menudo el chiste sobre el estudio propuesto por una multinacional a diferentes países europeos sobre el elefante, que llevaba a los franceses empujados por su hedonismo a redactar sobre El elefante y el amor; a los ingleses, mucho más prácticos, a escribir sobre La caza del elefante y la rentabilidad económica; al alemán, siempre con tanto rigor científico, a plantear Una introducción al estudio de la condición esencial de la elefantabilidad y a los catalanes, a vueltas con su identidad, a abrir un debate sobre El elefante y el problema catalán.
Seguramente resulta una estrategia inteligente que el mundo no vea a los catalanes como a Linus, aquel neurótico personaje de la tira de Schultz que iba permanentemente abrazado a una manta. Nuestra condición de catalanes no es una frazada que nos da seguridad, sino una manera de ser e incluso de entender la vida. Así que está bien que no nos pasemos el día hablando de lo esencialista a cambio de centrarnos en lo esencial, siempre y cuando el Govern sepa visualizar la diferencia. Sin embargo, para ello es imprescindible que no se deje avasallar por el afán homogeneizador de un Gobierno al que le ha durado poco su espíritu reformador en materia autonómica y que el president incremente sustancialmente su liderazgo con hechos y palabras. Comportarse con absoluta normalidad es no salir a la calle envuelto en la bandera, pero tampoco lo es esconderla en el trastero.

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