DECADENCIAS
Confesaré que me gusta Cristina Peri Rossi. Su estilo -queridamente desgalichado a rachas- consiste en hacer de la naturalidad aire, como aseveraban los clásicos con aquello de la difícil facilidad. Me gusta su saber tirar para delante, tragando vida y horizontes, cuerpos y materia, porque al fin la vida parece consistir exactamente en eso. A veces -viéndola, oyendo lo que amigas comunes cuentan de ella, los amores femeninos de que escribe y en los que se apasiona como flor roja- me digo que tiene exactamente diez años más que yo. Me lo digo por envidia y para intentar darme coraje, porque soy mucho más caído y falluto, como decían en Argentina.
Cristina Peri Rossi (desde que vino exiliada en 1972, ya con 31 años y una carrera allá prometedora) se ha hecho europea sin dejar un minuto de ser latinoamericana -de ahí su no renuncia al voseo- y ha hecho la literatura que ha querido hacer, sin quedarse atrás pero pensando poco en las modas, en el éxito y en las capillitas literarias, tan potentes ahora. Cierto es que tiene mujeres que la quieren y miman, porque ninguno podemos ni merecemos pasar sin un mínimo de protección y cariño, pero está claro que a ella la vida le importa tanto como la literatura y así parece haber tenido momentos de alza y de baja sin que esas diferencias de altitud le hayan dado otro problema que el de seguir jubilosamente navegando en materias inseparables.
Es un natural icono de las feministas más libres y de las lesbianas más a su modo. Pero lo ha hecho a su manera, sin tapar nada y sin exhibir más que lo natural, esto es su vida naturalmemente vivida. Hace años ya, Terenci Moix y yo nos dijimos que nunca habíamos salido del armario. A lo que Terenci replicó con gracia: «¡cómo íbamos a salir si nunca entramos!». A Cristina le pasa otro tanto. No va de intelectual, pero lo es. Muy rica de lecturas y de pensamiento, sobrina amante mental de Cortázar. El escritor no intelectual es hoy día una patraña televisiva para sandios. Pero ella galopa entre mujeres, viajes, aviones, soledades, como en el cuadro de Hopper, tan terriblemente contemporáneo.
Peri Rossi acaba de reunir sus cuentos breves (Mondadori) y ha publicado su último poemario con premio, Habitación de hotel (Plaza&Janés). Un símbolo. El libro es un canto sencillo y lleno de fuerza al no parar vital, al siempre más vida, pero también a la melancolía, pues ya aseveró Gide que ésta es el fervor caído. Un libro (como Cristina) políticamente incorrecto, por vitalismo. Pues contra casi toda política el artista -con mejores antenas- se va percatando, lleno de horror, que los ciudadanos somos cada día menos libres, aunque se hable tanto de libertad que casi se desnaturaliza. Detrás de los versos fáciles y ricos y hondos de Cristina («¡qué civilización estamos construyendo!») subyace un apotegma del severo Hobbes, que tanta razón tuvo para el pesimismo, y que descumplen hoy unos y otros: «El territorio de la libertad es el silencio de la ley». Quizá, querida, seamos la última hornada que va a saber de veras qué fue (como individuo) ser libre. Salud, morocha.
© Mundinteractivos, S.A.

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