El azar ha querido que hayan coincidido el mismo día en las páginas de los periódicos dos noticias de ayuntamientos vascos relacionadas con el terrorismo, pero de muy distinto significado. La primera de ellas representa lo peor del pasado de las corporaciones vascas en las que tantas veces se ha dado respaldo a los terroristas; la segunda noticia representa todo lo contrario: el homenaje a las víctimas.

La Audiencia Nacional ha absuelto esta semana a los miembros del Ayuntamiento de la localidad guipuzcoana de Zaldibia que en el año 2002 declararon hijo predilecto al miembro de ETA Hodei Galarraga después de fallecer éste al hacer explosión la bomba que transportaba. Lo polémico de esa sentencia no es que se considere que no hubo delito y se absuelva a los acusados, sino que el tribunal haya aceptado la explicación de que los ediles desconocían la condición de miembro de la banda terrorista de su convecino cuando decidieron distinguirlo, como si en Euskadi hubiese alguien, al margen de ETA, transportando bombas de un lado a otro.

La decisión del Ayuntamiento de Zaldibia, convertido a efectos judiciales en la corporación más desinformada de Euskal Herria y sus alrededores, representa esa política de comprensión y arropamiento de los terroristas en la que ha incurrido tantas veces el nacionalismo institucional y que ha ayudado a que la violencia haya encontrado cobertura social durante mucho tiempo. Este mismo mes, otro ayuntamiento, el de Aretxabaleta, gobernado por PNV y EA, adoptaba un acuerdo que suponía un respaldo a los reclusos etarras, calificados de "presos políticos" en la moción municipal, al tiempo que se denunciaba la "política de castigo" del Gobierno.

Frente a esas actitudes empieza a abrirse paso en las corporaciones vascas una nueva política de reconocimiento de las víctimas causadas por el terrorismo de ETA. Algunas corporaciones, como la de Portugalete, con alcalde del PSE, llevan tiempo celebrando actos de homenaje, pero ahora se están sumando otros municipios con gobierno nacionalista. Son varios los que ya han hecho su propio acto de recuerdo a las personas asesinadas en sus calles y otros más tienen programadas este tipo de ceremonias que hasta hace bien poco resultaban inéditas.

El homenaje celebrado esta misma semana en Arrigorriaga (Vizcaya) a las dos personas asesinadas por ETA en esta localidad es un ejemplo de ese cambio de actitudes que se está empezando a registrar, aunque al mismo tiempo es una muestra de la forma contradictoria en que se produce ese cambio, ya que se ha organizado una polémica con las familias al intentar extender el mismo homenaje a un dirigente de la organización terrorista que también fue asesinado. Probablemente, el reconocimiento de las víctimas ayude a muchos a descubrir a esas miles de personas que durante años han tenido que sufrir la indiferencia social, cuando no el estigma, por haber sido, ellos o sus familiares, objetivo del terrorismo de ETA.

De momento, son sólo unos pocos pasos para desandar un camino que ha sido demasiado largo, pero son unos pasos que en el futuro harán más difícil la equidistancia colectiva entre los asesinos y sus víctimas. En realidad, el objetivo lejano de la reconciliación en la sociedad vasca no se podrá conseguir si no se produce un reencuentro de la mayoría de los ciudadanos con los grandes olvidados, con las víctimas, y si los primeros, como ha hecho el alcalde nacionalista de Arrigorriaga, no se identifican con la elocuente frase del pacifista Martin Luther King: "Nuestra generación tendrá que arrepentirse, no tanto de la maldad de la gente perversa como del pasmoso silencio de la gente buena".