La cumbre hispano italiana de Ibiza ha resultado abundante y prolija en retórica europeísta pero de dudosa eficacia en el plano de los asuntos concretos. Es, de alguna forma, un resumen de lo que sucede a escala continental: los líderes europeos no saben qué hacer a estas alturas de la construcción europea mientras esgrimen prometedoras ideas, con envoltorios más o menos atractivos, pero cada vez menos creíbles, con un calendario dominado en todo caso por premuras electorales domésticas.

La Constitución Europea sigue atascada, tras el veto francés y el holandés, los dos países que rechazaron el texto propuesto en su día para consolidar la Unión Europea. Y, con la paralización institucional, la del libre mercado, ya que a estas alturas siguen existiendo tantas o más dificultades que hace unos años para facilitar (no ya para estimular) la creación de empresas transnacionales, verdaderamente europeas. Cada Gobierno defiende su terruño con un afán localista impropio de quienes dicen defender una Europa sin fronteras y con ambiciones de buscar un puesto de protagonismo en el mundo.

Si hay dos países europeos entre los cuales la retórica y la práctica resulten tan abiertamente discrepantes en sus relaciones bilaterales son España e Italia. Las relaciones reales entre los dos países, particularmente en el plano económico, no pasan por sus mejores momentos. Los altercados han sido frecuentes en los últimos meses, con la penúltima incidencia en torno a la fusión de las concesionarias de autopistas Abertis, de España, y Autostrade, de Italia, fusión en la que la empresa española tenía la primogenitura pero que el ministro de Infraestructuras italiano, Di Pietro, se ha encargado de sabotear haciendo mangas y capirotes de las reconvenciones de la Comisión Europea. Ayer, el profesor Prodi ha reverdecido el asunto afirmando, para asombro de los afectados, que la fusión entre las dos empresas tiene vía libre y que nada la impide, afirmación que resuena con cierta carga de cinismo cuando las dos empresas saben perfectamente el empeño que ha puesto el Gobierno italiano en desmontar la operación.

La última está todavía en pleno desarrollo. Se trata de la entrada de Telefónica en la sociedad de cartera (Olimpia, controlada por Pirelli) que tiene el control de la compañía italiana de telecomunicaciones, empresa venida a menos y que se ha quedado bastante descolgada respecto de su colega española en el plano nacional y, por supuesto, en el internacional. Telefónica es ya la cuarta empresa mundial por valor bursátil y en breve presentará su balance del año 2006, en el que podría quedar situada como la empresa europea de telecomunicaciones más rentable, además de saltar a la segunda posición en ingresos. Unas cifras impensables hace sólo unos pocos años y que en la práctica doblan los de Telecom Italia.

Pues bien, a pesar de las limitaciones que a la compañía española le han impuesto los analistas y los bancos de inversión así como las agencias de calificación de riesgos, condicionando en la práctica sus movimientos empresariales, ya que miran con lupa cada una de sus compras, Telefónica ha visto la oportunidad de tomar posiciones en Italia. En este país, las oportunidades que han tenido últimamente las empresas españolas, que han sido muchas, se han mostrado siempre —o casi siempre, ya que hay alguna excepción— esquivas.

Las pegas que han puesto los italianos para que Telefónica aterrice en Telecom Italia han sido cambiantes en los últimos días. Primero se dijo que Italia no podía renunciar a la propiedad de sus redes de comunicación. Ahora el argumento ha adquirido forma más sofisticada y de nuevo de la mano del inefable Di Pietro, quien ha exigido a la operadora española que presente un plan industrial, sin concretar bien en qué puede consistir. Son dos exigencias planteadas por ministerios diferentes, ya que el Gobierno del profesor Prodi, en otros tiempos abanderado de las causas europeístas, parece un ejemplo de discrepancias internas en el que cada grupo impone sus particulares ideas. Todo parece encaminado a impedir el desembarco español en una empresa que en otros tiempos fue ejemplar en Italia y que ahora se ha quedado atascada en una cierta mediocridad. Una vez más, España tropieza en Italia.