La Coctelera

Reggio

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21 Febrero 2007

El teatro que deseábamos, de Ferran Mascarell en El Periódico

CONMEMORACIÓN DEL 30° ANIVERSARIO DE UNA INSTITUCIÓN CULTURAL EMBLEMÁTICA

Como yo, mucha gente de aquella generación que se hizo adulta al mismo tiempo que moría Franco descubrió el teatro con el Lliure. Muchos habíamos visto -y admirábamos- los espectáculos de Els Joglars y de Comediants. Con suerte recordábamos algún espectáculo del Capsa, y unos pocos habíamos disfrutado del privilegio de ver el Marat Sade dirigido por Adolfo Marsillach en el año 1969 en el Poliorama. En general, identificábamos la teatralidad dominante con banalidad ética y estética; un teatro que no formaba parte de nuestros itinerarios culturales.

No puedo recordar quién me condujo por primera vez al Teatre Lliure. Sí recuerdo la sensación de descubrir que aquel era el teatro que deseaba ver. Un teatro que me cautivó aquella noche y muchas más que vinieron, y que ha hecho de mí un espectador fiel a sus propuestas.

EN AQUELLA sala de la calle de Montseny, sede de la antigua Cooperativa de la Llibertat, mucha gente inquieta aprendió a querer el teatro. El Lliure aportó a la escena catalana oficio y calidad; mostró a la cultura catalana que era posible plasmar la ruptura radical con las viejas estéticas escénicas y culturales del franquismo. El Lliure eclosionó como una factoría diferente, nueva y moderna. Irrumpió como un manifiesto renovador con una fuerza conceptual insólita. Rompió con la tradicional sala a la italiana, se configuró en torno de una compañía estable de gran calidad, demostró que se podía hacer teatro "como hecho normal", puso en escena sin complejo el mejor repertorio internacional, clásico y contemporáneo. Nos conectó con Brecht, Shnitzler, Buchnner, Shakespeare, Ibsen, Enquist, Offenbach, Chéjov, Molière, Genet, Boadella, Espriu, Williams, Goldoni, Scola, Strindberg, Mishima, Oliver, Musset, Schiller, Koltés... El estilo Lliure pronto traspasó fronteras y se convirtió en un referente de calidad y criterio, lo que contribuyendo a generar una imagen muy positiva del conjunto del teatro catalán.

El líder de todo ello fue Fabià Puigserver, que desde el principio contó con la fuerza del colectivo cooperativo que le apoyaba. Eran años de proyectos colectivos. Destacaban Carlota Soldevila, Lluís Pasqual, Pere Planella, Anna Lizaran, Jordi Bosch, Emma Vilarasau e Imma Colomer, en una lista interminable de buenos profesionales. El Lliure hacía teatro normal, pero el país no lo era. Una década después de haber nacido, era el embrión natural del teatro nacional de Catalunya. Pero 10 años después también la sala había quedado pequeña. Cabían poco más de 200 personas y las limitaciones de la tecnología escénica eran extremas. Asimismo, la originaria organización cooperativa había quedado desfasada. Las administraciones habían empezado a subvencionarlo y se necesitaban nuevas herramientas de funcionamiento y organización.

A principios de los años 80, Fabià Puigserver intentó llevar el Lliure al viejo Romea y convertirlo, así, en Centre Dramàtic Nacional de Catalunya. Pero las negociaciones no llegaron a buen puerto. El Govern de CiU no quiso jugar esta carta. Prefirió un modelo más tradicional de teatro -decimonónico, decían algunos- y fueron a París a buscar a Josep Maria Flotats, un gran profesional, pero desligado del denso panorama de aspiraciones que se habían ido forjando en torno del Lliure.

Siempre he creído que el Lliure refleja una de las paradojas culturales más estremecedoras de nuestro país: ser referente indiscutible del teatro nacional popular catalán del último cuarto del siglo XX y quedar al margen cuando se constituyó un teatro nacional en Catalunya. Sin embargo, la ausencia de apoyo del Govern no frenó a Puigserver ni a su gente. A finales de los 80, el Lliure dio un nuevo paso adelante. Propuso un nuevo Manifest Artístic, incorporó la música y la danza, cerró convenios estables con todas las administraciones, impulsó una fundación en sustitución de la fórmula cooperativa, integró un nuevo grupo de patrones (Josep Montanyès, Manuel Núñez, Guillem Jordi Graells, Josep Maria Socias Humbert y Antoni Dalmau) y puso sobre la mesa del Ayuntamiento de Barcelona un ambicioso plan de traslado del Lliure a la plaza de toros de las Arenas.

Viví profesionalmente, desde ese ayuntamiento, la convicción de Puigserver sobre el proyecto de las Arenas, y también su alegría cuando el consistorio le ofreció el Palau de l'Agricultura. Desgraciadamente, su salud ya había empezado un inexorable camino sin retorno. El 24 de octubre de 1990, pocos meses antes de morir, recibió de manos de Pasqual Maragall las llaves del Palau de l'Agricultura. Tuvo tiempo de imaginarlo y de dibujar muchos de los detalles teatrales que han dado forma y personalidad al Teatre Lliure de Montjuïc.

SU MUERTE dejó al Lliure sin su ingeniero estratégico más válido. Cogieron sucesivamente las riendas Lluís Pasqual, Lluís Homar, Guillem Jordi Graells, otra vez Pasqual (que impulsó el proyecto de la Ciutat del Teatre) y al fin Josep Montanyès, que, como si de un mal presagio se tratase, también murió, súbitamente, poco después de haber logrado abrir el teatro de Montjuïc y poner en marcha la primera temporada. Poco después, el Patronato del Lliure eligió al actual director, Àlex Rigola, un hombre que representa una nueva generación y que era un niño cuando se fundó el primer Lliure.

El Lliure ha seguido manteniendo un sello propio en un renovado ecosistema teatral catalán. Es, hoy, un teatro público, gestionado por un consorcio formado por las administraciones y la vieja fundación privada. Algunos pensamos que el Lliure representa la otra cara del Teatre Nacional de Catalunya. Y por ello muchas veces he defendido que la mejor manera de asegurar su futuro, de homenajear a los profesionales que lo han creado y a los ciudadanos que le han sido fieles es ponerlo en igualdad de condiciones respecto de este. En términos prácticos, quiere decir constituir un único -y plural- Teatre Nacional i Lliure de Catalunya.

Ferran Mascarell. Exconseller de Cultura.

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