El proceso kafkiano contra Morala y Cándido ha consumado uno de sus esperados pasos: condena de tres años de cárcel y multa de más de cinco mil euros. Todo el mundo abrigaba el deseo de que este desagradable episodio, teñido de oscuros intereses político-empresariales-urbanísticos, terminara, a lo sumo, en una simple multa, pero un oportuno vídeo (que ni siquiera la defensa pudo visionar, a pesar de su solicitud) y unas declaraciones policiales testificales han bastado para que el juez estimara su culpabilidad en la destrucción del cajetín de tráfico de marras. Se acabó lo que se daba, y ahora sólo queda recurrir dicha sentencia.

Pero como lo kafkiano tiene siempre e inexorablemente múltiples aspectos siniestros y absurdos, rápidamente los máximos dirigentes del equipo plural de gobierno municipal del Ayuntamiento de Gijón, Mapi Felgueroso y Jesús Montes “Churruca”, salen a la palestra para recordarnos a todos que no tienen ni un ápice de responsabilidad en el proceso en el que se han visto inmersos Morala y Cándido, al tiempo que manifiestan su desolación, disgusto y su cabreo, por el resultado de la sentencia, la cual es fruto, a su juicio –a su juicio tendencioso- de la reforma del código penal elaborada en su día por el PP. Naturalmente y como mandan los cánones, a ellos se le han sumado otros dirigentes sindicales y políticos de izquierda para manifestar, sin ningún rubor, su solidaridad y sus mejores propósitos e iniciativas para que no terminen en la cárcel.

Es decir, la llamada izquierda plural y el sindicalismo cómplice y complaciente con ella suelta descaradamente balones fuera, ninguna responsabilidad asume, y como siempre, y como no puede ser de otro modo, concluye el hecho de que si dos tribunos sindicales están en ciernes de ir a la cárcel es por culpa del PP, aunque esta culpa venga referida de modo indirecto. La historia de los procedimientos exculpatorios de la izquierda, sea ésta plural o singular, en aquellos episodios en los que tienen mucho de lo que dar cuenta, son siempre los mismos: en primer lugar nos recuerdan siempre que están uncidos por no se sabe qué sagrados óleos de “ética y moral socialistas” que impiden que cualquier circunstancia negativa, del orden que sea y en el terreno que sea, les afecte directamente al exigírseles responsabilidades; y en segundo lugar, por supuesto, si hay algo que reclamar, si hay algo que censurar, ya se sabe donde hay que buscar de continuo al culpable, que no es otro lugar mas que en la derecha, sea ésta el PP, los USA, la CIA, los judíos o el lucero del alba, que seguramente también es de derechas, si es necesario.

Lo curioso es que esta fenomenología exculpatoria y acusatoria, mal que bien, o al menos hasta ahora, les ha funcionado. Son muy pocas las personas y organizaciones que se predican de izquierda, con suficiente sentido crítico, que demuestren no estar dispuestas a comulgar con ruedas de molino y bajo esos óleos exculpatorios propios de inocentes. Por eso se ha dicho siempre que determinados procesos onerosos y/o determinadas políticas espureas sólo pueden hacerse bajo los efectos de perlesía que proporciona el manto ideológico (y embrutecedor) que enarbola la izquierda dirigente en general. Si todo el cañamazo de oscuros intereses que encierra el urbanismo de Poniente, en colisión con la actividad industrial astillera, junto con el proceso de lucha sindical que le va anejo desde años, más el desagradable proceso judicial de Morala y Cándido, fuera achacado como responsabilidad directa de la derecha política aquí estaría ardiendo Troya.

Ya pueden verse los casos más tenebrosos, las actuaciones más irregulares en las actividades de la izquierda dirigente, en el país y en el contexto que sea, que nadie que les sea afín (más cerca o más lejos) asumirá ni estará dispuesto a ver apenas nada censurable en sus actuaciones. Tal es el poder y la función de la ideología, como ya demostró, por otro lado, el propio Carlos Marx.

Da igual que sea notorio para todos que el proceso kafkiano contra Morala y Cándido nazca y se desarrolle en toda su extensión bajo la égida de unos gobiernos plurales de izquierda municipal y autonómico, cuya responsabilidad en todo el contencioso histórico que afecta a los astilleros gijoneses, con sus implicaciones negativas urbanísticas especulativas, es fehaciente a todas luces. El personal genérico de izquierdas o bien mirará para otro lado, o bien acudirá socorridamente a exculpar a sus afines dirigiendo su dedo acusador hacia el contrario político, que no es otro que el PP. El caso es negar la evidencia a toda cosa, porque de aceptarse la misma pondría patas arriba toda la sarta de milongas ideológicas que se han tragado a lo largo de una vida. Y encima, para muchos o la inmensa mayoría no hay fácil repuesto.

Todo el que tenga una mínima experiencia política en los ámbitos de izquierda sabrá bien lo que digo. No hay más que recordar, por ejemplo, toda la historia crítica que supuso el desarrollo del socialismo real (no digamos ya nada del “socialismo en un solo país” que preconizaba Stalin en los comienzos de la revolución soviética en contra de Tostky y su “revolución permanente”) y su difícil, por no decir casi imposible, puesta en cuestión de sus más deleznables vicisitudes con simpatizantes o militantes de izquierda. Toda crítica al sistema del socialismo real se consideraba automáticamente facciosa, facha por definición. Lo mismo daba que se hubiera viajado a los países de origen y se comprobara “in situ” hasta qué punto había razones suficientes para poner en tela de juicio muchas de las “verdades” comunistas o socialistas que se vendían. Simplemente el que criticaba (incluso con la mejor intención) el sistema del socialismo real era un facha , o un traidor, o, ¿por qué no?, un agente del imperialismo. De modo automático se convertía en sospechoso. Tuvo que caer el muro de Berlín para que se les abrieran las entendederas a mucho zoquete político, y aún así sigue costando lo suyo.

Aquí y ahora, el muro de Berlín que se cae de nuevo es el caso de Morala y Cándido.

Muchos tendrán que reflexionar sobre los cheques en blanco ideológicos que se dan con excesiva comodidad y alegría. La condena penal de Morala y Cándido no es un episodio baladí que se solventará con un poco de voluntarismo solidario y un poco de sabe Dios qué. El caso de Morala y Cándido marca un hito, y por mucho que se quiera distraer la atención señalando con el dedo hacia arriba (como hacen los tontos cuando señalan al cielo sin que haya nada) o hacia la derecha, indica muy a las claras en qué contexto se mueve determinada izquierda plural y con qué parámetros construye sus interesados proyectos políticos partitocráticos. Decir que todo el problema se reduce a una poco atinada reforma penal que llevó a cabo el PP, o que todo es una desgraciado cúmulo de circunstancias desafortunadas que nunca deberían haberse producido, y que hay que esperar a segundas instancias judiciales lo remedien, es tanto como decirnos que, efectivamente, estamos ante un claro ejemplo de proceso kafkiano, como ya más de una vez se ha puesto de relieve.
Y por último: no se dude que, en el límite, para la izquierda plural, Cándido y Morala serán vistos como unos mártires necesarios, unos epígonos luchadores de las causas sindicales que, aunque pudieran aparecer como justas, se hallan desbordadas por la retahíla de los nuevos, insolayables y poderosos, intereses que afectan directamente a la recurrencia política y material de la izquierda denominada, para mayor sarcasmo, plural.