De los rascacielos solitarios, de Manuel de Solá Morales en La Vanguardia
La soledad de las arquitecturas es enfermedadendémica de la ciudad contemporánea. El sentimiento de que la arquitectura no sirve para aglutinar los espacios es una dislexia de la urbanidad, de la urbanidad material. Se siente, por ejemplo, en la disolución de los espacios públicos, o también en el concepto de edificio vertical, tan importante desde el Movimiento Moderno. Muchos de los rascacielos que hoy se proponen como nuevos signos de referencia espacial para nuestro intensivo consumo de imágenes, son patéticas muestras de la dificultad de ofrecer experiencias de ciudad compartidas, y de la impotencia de cierta arquitectura actual en atender su función de servicio público.
Recientes concursos y proyectos internacionales para rascacielos corporativos (en San Petersburgo o en Sevilla, en Basilea o en Dublín) ponen sobre la mesa de los proyectistas la opción de la pura altura –más y más altura– como estrategia de forma. A veces sobre tejidos históricos, a veces sobre periferias distinguidas, la producción de rascacielos es cada día más frecuente. En parte, es natural, porque como tipo arquitectónico es cada vez más común, habitual, producto del avance tecnológico y de la racionalidad proyectual. Ya en su origen, Sullivan y la Escuela de Chicago los propusieron como invención proto- racionalista. Resulta contradictorio ahora que edificios ya habituales confíen casi la singularidad de su imagen a lo excepcional de sus medidas.
¿Un rasca en un centro histórico? Sí, ¿por qué no? Pero en compañía, sin olvidar dónde está. ¿Qué alternativa mejor que un edificio alto para enriquecer la experiencia visual y funcional de una trama urbana venerable pero caduca? La altura y la visión de conjunto, la síntesis y el contraste respetuoso, el fuste que apoya en la amplia basa... Lo grave es si en vez de surgir como extrapolación, la altura resulta aislamiento, ignorancia o abuso, con la soledad del arrogante y la miseria del fatuo.
La experiencia de las ciudades y el urbanismo está hecha de ideas y sentimientos. Hay que sentir la actual soledad de ciertos objetos arquitectónicoscomo miseria de la experiencia urbana. Porque la deseada iconicidad no depende necesariamente del tamaño ni tampoco del aislamiento, sino de la riqueza comunicativa...
Demasiado a menudo aparecen hoy proyectos de rascacielos como gestos solitarios en busca de notoriedad, que acaban como fantasmas de la soledad que ellos mismos crean. Pero hay también espléndidos rascacielos solidarios, rascacielos ambiguos, impuros, complejos. Frente a los que componen la clase de los autoreferentes, la mejor arquitectura está creando todo un repertorio de rascacielos mestizos. Los primeros buscan aislar una geometría pura o simplificar una forma mimética (recordando una llama de gas, una falda sevillana, ¡una roca de Montserrat...!).
Por otros caminos, en cambio, nuevos rascacielos más sofisticados reconocen el enorme potencial de la construcción en altura, y su fantástico interés para el usuario y para la ciudad, su fascinante oportunidadcomocampo de experimentación arquitectónica precisamente por la multiplicidad de sus contenidos y de su interacción con el contexto. Y son rascacielos amorfos, mixtos, interdependientes. La Torre Velasca en pleno centro histórico de Milan, Foster en Hong Kong, el Red Apple de Kees Christiansen en Rótterdam, Xavier de Geyter en Moscú, Miralles- Tagliabue en la Barceloneta, el Museum Plaza deOMAen Kentucky, etc. Impresionantes edificios que se mezclan a la condición urbana por continuidad o contraste, pero nunca distraídos, displicentes. Las grandes corporaciones, no por nada, buscan rascacielos claramente déspotas. Los buenos arquitectos tienden a hacerlos corruptos, deformes, ambiguos.
Entre los rascacielos simples, de maqueta, y los rascacielos complejos, hay una generación intelectual de por medio. La pretensión de las definiciones absolutas pertenece a un totalitarismo trasnochado. Es la fase colonial del rascacielos como forma de un capitalismo primitivo, cuando cree implantarse en territorio baldío o ignorado, sin valor ni identidad, pura ocasión de privilegio. Tan esterilizante para el suelo urbano como escaso en el estímulo de otras actividades.
El buen rascacielos contemporáneo es el que no aparece solo. Complejo en su idea, y colectivo en su emplazamiento. Éste es el tema verdaderamente intrigante del rascacielos hoy: su agrupación. El edificio muy alto no es ya ninguna excepción; es un tipo frecuente a proyectar en su abundancia y repetición, como forma común de la ciudad actual y de la actual arquitectura. Ante ello, hay ciudades que hanconfiado en la regulación uniforme estableciendo secuencias según ejes, ritmos, techos de altura constante uotros mecanismos de composición. Otras, se han preocupado de sus mutuas interferencias y de la sombra visual y solar sobre las calles: la ordenanza de los set backs de Manhattan es el ejemplo clásico.
Pero quizá los que hoy proporcionan espacios urbanos y vida cotidiana más interesantes son los grupos de rascacielos, la mezcla de torres: cómo se relacionan, cuál sea el orden de sus distancias, qué interacciones formales se potencian. El mutuo reflejo de la luz, los posibles modos de contacto con el suelo y la integración de los vestíbulos como sistema de espacio público, abren ámbitos de modernidad al urbanismo contemporáneo. También las ventajas de la densificación posible, la visión siempre diversa de los perfiles del cielo pueden conseguir una riqueza de uso y de significados que el rasca solitario ignora. Pensar jardines de rascacielos permitiría ocasiones óptimas para la creatividad de la arquitectura. En altura. Y en compañía.
