DESDE que la dirección del PSOE dio a conocer la lista autonómica, Ovidio Sánchez ha abierto una nueva línea de crítica al cuestionar la solidez de Álvarez Areces ante el protagonismo de Javier Fernández. Para el líder del PP, los socialistas aprobaron una lista en clave de sucesión (Fernández por Areces). La insistencia de Sánchez permite pensar que todo lo que diga y haga el actual presidente será juzgado por el síndrome del político acabado. Hasta los acuerdos de la cumbre astur-gallega son analizados bajo esa perspectiva por Ovidio Sánchez.
Dar preponderancia a las circunstancias concretas del político sobre el mensaje que emite es algo habitual en política. Rubalcaba desoye las críticas de Rajoy para decir que al líder del PP le queda una «bala en la recámara». Según el ministro del Interior, no tiene margen para la derrota. Puesto por el cuaderno azul de Aznar, Rajoy quedaría fuera de la política al primer fracaso electoral. El propio Ovidio Sánchez fue ninguneado por los socialistas, en el año 1999, cuando decían que todos sus méritos consistían en ser el único dirigente del PP que se había apuntado a soportar el descalabro electoral tras la crisis con Marqués. No me extrañaría que ahora se reactualizara esa crítica y le fuera colgada la etiqueta de político en busca de destino, si se consumase la tercera derrota.
Todas estas críticas son legítimas y efectistas, pero no van al fondo del problema que existe en Asturias con la clase política. Socialistas y populares están obligados a reforzar sus candidaturas, porque la escasa capacidad del Gobierno para hacerse oír en el debate nacional y la liviandad de la oposición han sido patentes a lo largo del mandato. Cualquier refuerzo real pasa por incorporar a políticos de peso, pese que sus actuaciones puedan poner en duda la jerarquía del los principales líderes. Es preferible correr ese riesgo a rodearse de inútiles. Vamos a unos años de fuerte debate, en el que la crisis latente del sistema autonómico se va a explicitar con toda su crudeza. Lo que sucedió con el referéndum andaluz es sólo un síntoma, en la línea ya abierta por el Estatuto de Autonomía de Cataluña. No consiste en poner caras nuevas, sino en buscar cabezas bien amuebladas.

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