Marisa Mayer, primera ingeniera que entró a trabajar en Google y actual vicepresidenta de la compañía, declaraba hace algunas semanas a la prensa que cuando en 1999 le ofrecieron unirse al proyecto pensó que "había un 95% de posibilidades de que la compañía fracasara, pero que iba a aprender muchísimo más fracasando en Google que teniendo un trabajo seguro en cualquier otro sitio". Fue por ello que, entre las catorce ofertas de trabajo que tenía, eligió unirse al equipo de seis aventureros que constituyó el núcleo originario del buscador. El caso es representativo de una cultura como la americana, donde se valora al que asume el riesgo. Obviamente, se le valora si triunfa y se le encumbra entonces hasta convertirlo en icono y modelo social. Pero, lo que es más importante, se respeta e incluso se valora también al que arriesga y fracasa. Quien lo ha intentado una vez y vuelve a intentarlo puede ser que sea un estúpido, pero si no es así, y eso es relativamente fácil de comprobar, es muy probable que capitalice su experiencia para aprender de sus errores y redireccionar el tiro correctamente en el segundo intento.

Desgraciadamente, vivimos en España y particularmente en la Catalunya actual una cultura adversa al riesgo. Nuestros jóvenes prefieren hallar un trabajo seguro antes que emprender un proyecto empresarial novedoso. Posiblemente porque se educan en un entorno poco motivador para las nuevas iniciativas y, en eso, nuestro sistema universitario tiene gran parte de la responsabilidad. Pero, además, porque hemos creado una cultura conservadora y timorata donde el horror vacui es mucho más poderoso que el deseo de aventura. Como jurista me veo obligado a señalar que hay algunas lamentables piezas normativas que contribuyen a alimentar dicha cultura, como las contenidas en la ley Concursal y en la ley de Sociedades Anónimas, que, en un auténtico ejercicio de lapidación del empresario fallido, le hacen responder personalmente de las deudas sociales. Pero esas piezas normativas no son más que dos engranajes de un mecanismo que observa con cierto escepticismo al emprendedor y lo envía al ostracismo y a la marginación social cuando fracasa.

Hay que proclamar con voz alta y clara que hacemos muy mal. Iniciar un proyecto empresarial y fracasar es normal. Es más, es lo normal. La mayor parte de las empresas que se inician, al cabo de cinco años, han dejado de existir. Pero es esencial que el entramado social respete y valore a los que lo han intentado. Se trata de profesionales que cuentan con una experiencia valiosísima que puede ser capitalizada en otros proyectos empresariales incipientes o en organizaciones ya consolidadas. Es más, igual que pensaba nuestra amiga de Google, yo también pienso que la de tomar la iniciativa y enfrentarse al mercado con valentía es la mejor experiencia que puede tener un joven profesional. Y no es que nos falte tradición en la materia. Nuestros abuelos no dudaron en irse a hacer la carrera de indias para hacer fortuna. Eso era todavía más arriesgado, pues en ocasiones era la propia vida lo que iba en jaque. Pero los aires pesados de la vieja Europa nos han imbuido de una errónea concepción del Estado de bienestar, en la que es más valorado instalarse y acomodarse en una estructura ya creada que intentar explorar nuevas vías de creación de bienestar.

MIGUEL TRIAS SAGNIER, catedrático de Derecho Mercantil (Esade) y socio de Cuatrecasas.