Me ha llamado la atención la apertura del Financial Times de ayer con un gran titular que dice que España es el destino preferente de los europeos que deciden trabajar en el exterior. Resume una encuesta hecha a 6.561 adultos británicos, franceses, alemanes, italianos, norteamericanos y españoles.

Los europeos prefieren España por varias razones. Porque es el país europeo que se encuentra mejor consigo mismo, porque los españoles son los más optimistas de Europa, porque vivimos sin dramas respecto a la inmigración y porque la mayoría tenemos la percepción de que nuestras vidas progresan y mejoran.

Si no se tratara de un diario de calidad y referencia, habría pensado que era una broma o que Europa debe de andar muy mal si a los españoles se nos considera los más satisfechos con nosotros mismos.

La encuesta coincide con las manifestaciones del comisario Joaquín Almunia, que el viernes revisó al alza las previsiones de crecimiento económico de España del 3,4 por ciento al 3,7 en el 2007.

Un total del 42 por ciento de los españoles cree que la inmigración es buena para la economía, comparado con el 19 por ciento en Gran Bretaña y Francia. Más de un 70 por ciento de los españoles, sin embargo, pide un control más estricto de las fronteras para frenar la inmigración ilegal.

La encuesta tiene muchas interpretaciones y lecturas. Pero el hecho es que España ha pasado de ser un país de segunda, despreciado por las democracias europeas durante la dictadura, de una inestabilidad política crónica en los doscientos últimos años, a ser una potencia media en alza con un atractivo creciente para los más de cincuenta millones de turistas, que, en general, se llevan una buena impresión del país.

La edición europea de The Wall Street Journal, el diario más identificado sin matices con el liberalismo económico, también ayer titulaba en primera página que la penetración de la banca española en Estados Unidos muestra la nueva estatura global de España. Dice la crónica, fechada en Madrid, que los dos bancos comerciales principales españoles, el Santander y el BBVA, han dejado la segunda división y han subido a la primera situándose entre los más importantes, los más eficientes y los más rentables del mundo.

Más de sesenta mil congresistas se dieron cita en Barcelona la semana pasada para intercambiar impresiones y conocimientos sobre las más avanzadas tecnologías. El evento fue un éxito y los organizadores han reservado para los próximos tres años.

Esta visión tan optimista que nos viene de fuera no coincide con el pesimismo latente que nos embarga con sólo observar a la clase política, a sectores relevantes de la judicatura, a las alarmas que suenan cada mañana en emisoras irresponsables y en periódicos que optan por la catástrofe previa y la conspiración.

Es paradójico que la prensa y la cultura anglosajonas, históricamente tan hostiles y desconfiadas ante todo lo español, se atrevan a romper una tradición que viene de siglos. Hay muchas cosas que van mal o muy mal en España. Como en todos los países.

Pero no hay razones que expliquen la tensión desproporcionada entre políticos, medios y jueces para imponer criterios siempre discutibles en el fondo y en las formas. No es el sentimiento del amplísimo colchón de las clases medias, ilustradas, que observan con estupor lo que está pasando y aprovechan para alejarse de las urnas.