Los políticos tienen explicación para todo, y relacionar abstención y madurez democrática es una de las más habituales. Igual que en el referéndum del Estatut catalán, ésta ha sido la percha de la abstención del referéndum del Estatuto andaluz. Y, sí, seguramente es fácil encontrar ejemplos de baja participación de los ciudadanos en las elecciones de las democracias maduras. Participaciones tan bajas, sin embargo, como la que se ha producido en Andalucía dudo que haya muchas, ni siquiera unas pocas. Por muy voluntaristas que queramos ponernos, la abstención andaluza ha sido, en mi opinión, de Guinness.

La distancia entre lo que interesa a los políticos y los intereses de los ciudadanos empieza a ser tan honda que parece que gobernantes y gobernados viven en mundos distintos, cada uno en una burbuja entre la que cada vez hay menos vasos comunicantes. En vez de a menos, el desinterés de los ciudadanos por los artificios de la política va a más, y la decepción de éstos con aquéllos por el escasísimo tiempo que dedican a solucionar los problemas reales resulta abrumadora. Además de insólita, la abstención del referéndum andaluz es especialmente significativa, para variar, esta vez el PSOE y el PP iban juntos. Y negar la realidad es, yo creo, que la peor de las pedagogías, lo último que necesitamos, porque cuanto mayor sea la brecha, menos calidad tendrá nuestra democracia y mayor será también el peligro de que se convierta en un envoltorio de la nada, tan inútil y vacía como una cáscara de nuez sin fruto.

Escudarse, como han hecho, en la famosa madurez democrática, en que la gente se ha ido a la playa a disfrutar del cambio climático (que algo bueno tenía que tener: el buen tiempo a destiempo, por ejemplo), o en que estamos en carnaval no creo que ayude a recuperar la sintonía perdida entre representantes y representados, eso son ganas de engañarse. Cuando dos de cada tres electores no van a votar es porque no creen que eso que se vota tenga algo que ver con ellos. La cuestión no es de legalidad, que no está en duda, es de legitimidad. Si los políticos quieren seguir jugando a las casitas entre ellos, adelante; pero corren el riesgo de acabar representándose a sí mismos. ¿Para qué nos servirían entonces?