El mundo mira a España estos días por el inicio del juicio del 11-M. Y lo que ven es un país sumido en una división que a los sesudos editorialistas les recuerda el tópico de la guerra civil y las dos Españas. Si The Washington Post asegura que en el país se ha roto "la tradicional solidaridad contra el terrorismo", The New York Times pide que el juicio sirva, al menos, como catarsis para el país. Francamente, parece difícil que el juicio pueda superar la brecha abierta entre los dos grandes partidos y lo que parece más evidente es que va a ensancharla todavía más. Las cartas ya están marcadas y la sentencia no va a cambiar el guión que han escrito los responsables de los dos partidos. Sólo hace falta escuchar estos días los primeros comentarios que hacen unos y otros y la correa de transmisión en sus respectivos medios afines. (Un día habría que explicar cómo algunos partidos elaboran una especie de argumentario de los temas esenciales que comunican a sus periodistas amigos, para que sepan cuál es el mensaje conveniente que luego deben comentar en una tertulia o escribir en una columna).

El PP y sus adláteres pondrán en duda la sentencia judicial, no tan sólo por la teoría de la conexión abertzale, sino directamente por la investigación policial. Para los populares, el Gobierno quiere dar carpetazo al caso de cualquier manera y, por ello, su objetivo prioritario en los próximos meses será demostrar que el juicio es una farsa que no desvelará la verdad. Por su parte, el Gobierno tratará de demostrar todo lo contrario y minimizar las lagunas que existen y existirán en un atentado de estas características.

Así que de catarsis, nada de nada. La proximidad de las elecciones autonómicas y municipales en mayo, que Rajoy equipara a unas generales, pondrá más gasolina al fuego y la crispación se hará aún más persistente. El nombramiento y las primeras declaraciones del nuevo ministro de Justicia, Mariano Fernández Bermejo, van en esta línea.

La excarcelación del etarra De Juana Chaos, cuya decisión acabará adoptando el Gobierno en los próximos días, no hará sino disparar todavía más este clima. El PP ya tiene toda la munición preparada, lo que hace dudar al Gobierno sobre el momento más idóneo. Ayer superó el trámite del referéndum del Estatuto de Andalucía y ahora Zapatero debe interrogarse mirando al calendario cuál será el momento más oportuno. De momento, ya no está sentado en el Consejo de Ministros Juan Fernando López Aguilar, quien dijo aquella famosa frase de que el Gobierno construiría las pruebas para mantener más tiempo encerrado a De Juana Chaos.

Y según como vayan las elecciones de mayo, Zapatero se planteará entonces un adelanto de las generales para el último trimestre, con la sentencia del 11-M sobre la mesa. Quizás será la única salida que le queda a esta tensionada legislatura que empezó mal por el atentado, y que entre el proceso vasco y el Estatut catalán, ha llegado a unos niveles de crispación que parecían impensables después de revivir la época de los GAL y los casos de corrupción del PSOE. Al PP le fue bien en aquella ocasión y por eso van tan lanzados. Pero quizás esta vez se pueden pasar de frenada.

Carod y los 80 cónsules

De forma discreta y sin que constase en la agenda oficial, Carod-Rovira se reunió el lunes por la noche en el Palau de Pedralbes con la representación consular en Barcelona. Unos ochenta cónsules a los que Carod dejó claro que Catalunya tendrá política internacional, respetuosa y leal con España, pero que no descarta mantener relaciones bilaterales con todos los países que lo deseen. Ahí queda eso.

Pujol no para

Jordi Pujol está teniendo estos días una gran actividad pública que contrasta con las dudas que tiene la dirección de CiU. Un 86% de los oyentes de El món a RAC 1 opinaban esta semana que añoraban a Pujol, y algunos ex colaboradores creen que si fuera candidato, "ganaría de calle". Lo que es evidente es que, a diferencia de otros ex presidentes como González o Aznar, ha sabido adaptarse a su papel, aportando ideas sin molestar al resto de partidos.

Maragall, tampoco

Aunque su presencia pública no es comparable a la de Pujol, Maragall está muy enfrascado en su libro de memorias. Ha cargado las pilas en Argentina y se quiere centrar en los próximos días únicamente en ello. Ha congelado propuestas y ofrecimientos que se le han hecho para que ello no "contaminase" ni le influyese en su libro. A punto de instalarse en su oficina junto al Palau Robert, Maragall quiere explicar clar i català sus últimas experiencias.