DEBATE
Hoy se cumplen diez años de la muerte de Deng Xiaoping, uno de los gigantes del siglo XX. Nacido en 1904, Deng tenía ya 45 años al triunfar la revolución comunista, en 1949. Es decir, conocía bien el sistema económico y político anterior.
A diferencia de Mao, que llegó al poder sin haber salido de China, había vivido en Francia y en la URSS en su primera juventud. Con estos puntos de referencia, pronto comprendió que la economía planificada de corte soviético no funcionaba. En 1961, tras el infausto Gran Salto Adelante,que en realidad fue un gran salto hacia atrás, en la conferencia organizada por el partido en Cantón para reordenar la política agrícola, propuso la distribución de la tierra a las familias, desmantelando las comunas.
Defendió su propuesta con la frase que se convertiría en su divisa: "Da igual que el gato sea blanco o sea negro, lo que importa es que cace ratones". Este viejo refrán de su Sichuan natal, sintetiza toda la filosofía de Deng: pragmatismo en lugar de utopía revolucionaria, nacionalismo más que ideología. El chino es un pueblo de enorme pragmatismo.
Mao, un hombre habitado por una idea, es la excepción que confirma la regla.
Mao utilizó la frase del gato para reprochar a Deng su falta de espíritu revolucionario. Purgado durante la revolución cultural, el propio Deng recuerda: "Se me llamó seguidor del camino capitalista número dos, tras Liu Shaoqi. Liu fue llamado comandante en jefe del cuartel general burgués, y yo segundo jefe". Rehabilitado al fin de la revolución cultural, sufrió una segunda purga en 1976, acusado de organizar los disturbios que tuvieron lugar en la plaza de Tiananmen a la muerte de Zhou Enlai, para desbaratar la sucesión de Mao a favor de la Banda de los Cuatro.Tras la muerte de Mao, el mismo 1976, fue rehabilitado de nuevo y en pocos meses desplazó a Hua Guofeng. El pequeño gran hombre, de poco más de metro y medio de estatura, se convirtió en el número uno a los 73 años. En 1978 proclamó la "política de reforma económica y apertura al exterior". Cuando murió, dos décadas después, la China de Mao había sido borrada del mapa. Deng se convenció de que el viejo sistema económico se había agotado y había que desmontarlo, aunque conservando el partido-Estado como único agente posible de esta operación. Fue capaz de convencer a sus pares de que no había más remedio que proceder al cambio.
La represión que puso fin a los sucesos de Tiananmen, en la primavera de 1989, es considerada por Occidente la gran mancha en su expediente. Ante todo se le reprochó no haber mandado policías con porras, en vez de soldados con armas de fuego y tanques. Deng y la vieja guardia que le rodeaba entendieron que las demandas de los estudiantes e intelectuales (libertad de manifestación, de prensa, sindical; democracia liberal) constituían una contrarrevolución que, si triunfaba, debilitaría fatalmente el partido-Estado, impidiendo un proceso de desarrollo económico exitoso y ordenado. Deng no defendía posiciones de poder o intereses personales, sino su obra, la modernización de China, de la que dependía la seguridad nacional. Una democracia liberal en 1989 habría resultado con toda probabilidad, como Deng creía, inviable.
Tras la crisis de Tiananmen, resultado de las contradicciones acumuladas en los primeros diez años de reforma económica, los elementos más conservadores de la dirección colectiva querían la congelación de la reforma económica, incluso su involución, en vista de las consecuencias políticas que había ocasionado. Temían que si continuaba el cambio económico conduciría a un nuevo Tiananmen, de mucho mayores proporciones y no limitado a la ciudad de Pekín, que acabaría barriendo al partido. El hundimiento de la URSS y el desmantelamiento del comunismo en los países resultantes asustó a los viejos dirigentes aún más que Tiananmen. Sin embargo, Deng hizo la lectura contraria: para evitar lo ocurrido en la URSS había que intensificar la reforma económica. Éste es el mensaje que lanzó en los primeros meses de 1992, tras los dos años y medio de campaña contra el liberalismo burgués que siguieron a los sucesos de Tiananmen, en un viaje a las zonas económicas especiales del centro y el sur de China. Ésta fue la última gran batalla política librada por Deng Xiaoping. A sus 87 años tuvo todavía la energía suficiente para imponerse, pisando a fondo el acelerador de la reforma económica.
En los diez años transcurridos desde la muerte de Deng el gran acontecimiento ha sido el ingreso de China en la Organización Mundial de Comercio (OMC), en diciembre del 2001. Ha supuesto para la reforma económica un impulso de no menor importancia que su propio inicio, a finales de 1978, o su relanzamiento en 1991. El secretario general Jiang Zemin y el primer ministro Zhu Rongji, responsables del ingreso en la OMC, fueron dignos continuadores de la obra de Deng Xiaoping, decididos promotores de la reforma económica, como lo son, aunque con matices distintos, sus sucesores, Hu Jintao y Wen Jiabao. Tanto a aquellos, los líderes de la tercera generación,como a Hu Jintao, núcleo de la cuarta generación,los eligió Deng Xiaoping, de modo que su dominio de la política china en los ya casi treinta años de singladura de la reforma económica ha sido completo.
La modernización está creando bases económicas, sociales y culturales para que un día pueda haber una democracia en China, y ésta es ya, en todo caso, un país mucho más abierto y plural que en 1978, o 1989, y mucho más próximo a nuestros valores, los que defendían los estudiantes en 1989. Y ello gracias a la política puesta en práctica, por su voluntad soberana, no por presiones de dentro o de fuera, por Deng Xiaoping y el PCCh. Ésta es una de las paradojas centrales de la China actual.
Deng quería, ante todo, una China rica, fuerte, y que, en consecuencia, no pudiera volver a ser humillada como lo fue durante un siglo a partir de la guerra del Opio, en 1840. Pasará a la historia como el modernizador de China. Con Mao China se puso en pie, pero sólo con Deng echó a andar, lo que marca un punto de inflexión en la historia mundial. Deng tuvo una gran visión y consiguió hacerla realidad, los dos elementos que definen a los grandes estadistas. Su ejecutoria le convirtió en uno de los principales personajes del siglo XX y de los 4.000 de historia de China. Una década después de su muerte y tres décadas después del inicio de la reforma económica, China sigue construyendo con pulso firme lo que dentro de otros treinta años puede llegar a ser, de no torcerse el rumbo, la mayor economía del mundo.
EUGENIO BREGOLAT, embajador de España en la RP China de 1987 a 1991 y de 1999 a 2003.

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