La Coctelera

Reggio

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18 Febrero 2007

Saber o no saber, de Llàtzer Moix en La Vanguardia

El pasado 7 de febrero el ex presidente Aznar reconoció que en Iraq no había armas de destrucción masiva, argumento que en su día le sirvió para lanzarnos a la guerra. "Yo lo sé ahora, pero antes no lo sabía. Tengo el problema de no haber sido tan listo de haberlo sabido antes", precisó Aznar durante una charla en Pozuelo.

No habían corrido siete días desde tan sentida confesión cuando se destapó, esta semana, el asunto de los interrogatorios ilegales practicados por policías españoles en la base de Guantánamo, siendo Ángel Acebes ministro del Interior. Algunos periodistas le han preguntado a Acebes por aquel episodio. Pero el secretario general del PP ha preferido mantener la boca cerrada, como si nada supiera. Su jefe Rajoy ha declarado a propósito de este feo asunto: "Lo desconozco absolutamente", pese a existir un informe oficial. Y el siempre locuaz Eduardo Zaplana, por una vez mudo, ha asegurado: "No tengo la más mínima información al respecto".

Saber o no saber, ésta es la cuestión. Así podríamos decir, parafraseando a Hamlet cuando se debatía entre ser o no ser, entre actuar o desistir, entre el rojo de la sangre ajena y el negro de la autoinmolación. Pero, a lo que se ve, en el PP las cosas no se toman tan a la tremenda. El saber no es, en la calle Génova, una materia sólida, uniforme, incontrovertible. Por el contrario, es algo blando, polimorfo y moldeable según las necesidades del momento. Algo bien diferente, pues, del saber intelectual o científico, que se apoya en bases más o menos firmes, reclamando un progreso paciente, constante, sin bandazos. Y, como prueba de esa diferencia, ahí están los casos mencionados. En el primero, Aznar admite que en su día supo, pero que supo sin saber que lo que sabía no era cierto. En el segundo, ha dicho que ahora sabe ya que lo que sabía no era cierto. A su vez, Acebes, que dado su antiguo cargo debería saberlo casi todo sobre Guantánamo, prefiere no decir lo que sabe. Y sus correligionarios Rajoy y Zaplana, que muy probablemente saben lo que dicen no saber, insisten en que nada saben.

Tras un párrafo tan mareante como el anterior, quizás apreciará el lector la fresca brisa de los diccionarios. En ellos se nos dice que saber es una voz procedente de la latina sapere,que significa tener inteligencia y ser entendido. En castellano, se dice que una persona es inteligente cuando es sabia e instruida y se desempeña con habilidad. En inglés, hay una segunda acepción: se dice que manejan intelligence quienes disponen de toda la información, y en particular de la reservada.

No parece ser este el concepto de los mandamases populares, para quienes el saber es materia que se posee o no se posee, a conveniencia. En algunas partes a eso lo llaman desfachatez. Otros dirán que el fenómeno debe achacarse a los tiempos líquidos actuales, tipificados por el pensador Zygmunt Bauman. Pero convendrán conmigo en que esta política del donde dije digo digo Diego - o me callo- tiene sus inconvenientes. Porque, vamos a ver, ¿a cuántos ciudadanos se puede convencer esgrimiendo saberes inestables, reversibles o caducables?

"No hay que decirlo siempre todo, porque sería necedad", nos aconsejó el muy sabio - éste sí que lo era- Montaigne, refiriéndose a un tipo de político todavía en activo. "Pero lo que se dice tiene que ser tal como se piensa, de otro modo es maldad. No sé qué provecho esperan de fingir y simular sin cesar, si no es el de no ser creídos aun cuando digan verdad...".

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