LA TERRAZA

El último número de Le Nouvel Observateur -me lo encuentro en el buzón cada viernes- se pregunta sobre la posición de los intelectuales con respecto a las próximas elecciones presidenciales en Francia. El titular de la portada reza así: "Les intellos virent-ils à droite?". Y encima del mismo aparecen las cabezas de Alain Finkielkraut, André Glucksmann, Bernard Henri-Levy (la más gorda, que por algo es el más mediático), Max Gallo y Michel Onfray. Es una portada digna del Elle (las top models y la anorexia). El grado de banalidad, por no decir una palabra más fuerte, a que ha llegado el semanario de Jean Daniel (premio Príncipe de Asturias, el amigo de Camus) es algo que me repugna. Después de la muerte de su cronista Bernard Frank (y ahora de Michel Cournot, que fue mi colega cuando él cubría el festival de teatro de Nancy para Le Monde y yo para La Vanguardia), me he planteado seriamente darme de baja. Pero no lo haré; soy un podrido sentimental y no recibir cada semana el Nouvel Obs me resultaría tan penoso como no encontrar mi ración semanal de Pont l´Évêque en el Murria.

"Rien ne va plus à Saint-Germaindes-Prés", dice el Nouvel Obs. Algunos viejos gauchistas se entusiasman con el señor Sarkozy y otros se muestran dubitativos ante el "fenómeno Royal" (Ségolène Royal, la candidata del PS francés a la presidencia). Los intelectuales disputan entre ellos, como han hecho toda la vida, y se disponen a venderse al mejor postor, como han hecho toda la vida, salvo honrosas excepciones. Quieren una canonjía (los que todavía no la tienen), quieren mesa y cubierto en el Elíseo, quieren salir (todavía más) en la tele, en definitiva, quieren poder. Su apetito es insaciable. Fíjense que el Nouvel Obs dice "rien ne va plus" (como dice el croupier) "à Saint-Germain-des-Près", es decir en París, en el barrio que fue el más intelectual de París, y que hoy se ha convertido en un barrio de tiendas de lujo y alguna que otra terraza llena de turistas. Parece como si todos los intelectuales de Francia viviesen en Saint-Germain-des-Près (en cuyo bulevar, en un piso "de ensueño", vive efectivamente Bernard Henri-Levy, hijo de una rica familia judía), como si sólo hubiesen intelectuales en París, como si Francia fuese París. Vamos, que el planteamiento es de una banalidad, de una tontería impresionantes.

Veamos ahora qué dicen esos intelectuales, concretamente el número uno, el más mediático. "¿Todavía es usted de izquierdas?", le preguntan a Bernard Henri-Levy (admitirán que la pregunta es de una inocencia y de una contundencia periodística sorprendentes). Y Bernard Henri-Levy responde que sí, naturalmente. La izquierda es su "universo fundacional". Dice que su padre era un joven comunista, que luchó a favor de la España republicana. "Uno no reniega tan fácilmente de esas cosas, así como así", dice el hijo del señor Levy, el comunista. Vamos, como si no hubiésemos visto nosotros cantidad de hijos de falangistas convertidos en comunistas y viceversa. Vamos, que no hay nada como haber tenido un buen padre y ser un buen hijo. Entonces, el periodista le pregunta a Bernard Henri-Levy, a ese intelectual que se ha pasado la vida "luchando por una izquierda liberal, antiautoritaria", si comprende el sarkozysmo de André Glucksmann, otro viejo "nuevo filósofo", menos mediático que Levy. El número uno dice que Glucksmann es un amigo (faltaría más), pero que no comprende su devoción por el líder de la derecha francesa. Y se explica. Levy dice que la participación de los intelectuales en una campaña electoral se basa en tres principios. En primer lugar, los intelectuales no somos, dice, unos simples seguidores, "des godillots" (borceguí, zapatón). En segundo lugar, nos implicamos por defecto, por carencia de algo mejor y sin fiarnos del todo de la bondad del candidato y de su programa. Levy dice que no se imagina a un intelectual como Sartre entregándose a un candidato con el fervor con que algunos hoy se entregan a Sarkozy. Y luego está el tercer principio, el del timing. Según Levy, los intelectuales son unos piratas que ponen condiciones, que ejercen una presión máxima y que deben pronunciarse lo más tarde posible (al contrario de lo que ha hecho su amigo Glucksmann), "después de haber obtenido el máximo de botín", dice. Evidentemente, no se refiere a un botín personal; serefiere a un botín de reformas, de cambios, de aspiraciones en lo referente a la vida de la comunidad, pero no me negarán ustedes que más de un lector del Nouvel Obs le dará al término botín un significado mucho menos altruista del que le atribuye Levy, del mismo modo que asociará esa necesidad de pronunciarse lo más tarde posible con el resultado de los últimos sondeos, no sea que tomes el tren equivocado. El lector podrá pensar que exagero, que la intelectualidad no es tan poco seria, tan corrupta, y yo le aseguro que no exagero, que, como decimos aquí, no n´hi ha un pam de net. Políticos e intelectuales, en la Francia desprestigiada de este principio de siglo, sólo buscan una cosa: el poder. Dicho esto, se me ocurre pensar qué tal resultaría una encuesta, de las proporciones de la realizada por el Nouvel Obs, pero sin tanta frivolidad, sin tanta estupidez, con los intelectuales barceloneses en vista de las próximas elecciones municipales. Qué piensa el intelectual fulanito de Tal de la señora antisistema Mallol, o el intelectual fulanito de Cual sobre la BTV, la televisión institucional de Barcelona, o sobre las divertidas y sorprendentes dudas del señor Portabella sobre el trazado del AVE por la capital catalana. O, si ustedes lo prefieren, sobre cuestiones mucho más trascendentales, como la posible creación del día del Barceloní Cabrejat.

Me encantaría poder realizar esa encuesta, pero el problema sería encontrar a los intelectuales. Mediáticos, sólo conozco a Xavier Rubert de Ventós, mi querido compañero del colegio, al que de vez en cuando veo asomar por el televisor, y al señor Panikkar, al que escucho en el programa de Antoni Bassas en Catalunya Ràdio. Probablemente haya más, y hasta es posible que algún lector me apunte el nombre del doctor Corbella o de Josep Maria Espinàs, pero, francamente, no creo que el doctor Corbella sea ningún intelectual, ni creo que le hiciese ningún favor a mi amigo Espinàs calificándolo como tal. Conozco, claro está, a unos cuantos que no son mediáticos, gente de mucho prestigio, como el filósofo Eugenio Trías, pero la mayoría de ellos, como Josep Ramoneda, que tiene una cabeza muy bien ordenada, ocurre que ya están colocados. En este bendito país, como en otros no tan benditos, se da el caso de que la mayoría de intelectuales, y muchos otros que sin serlo son considerados o se creen como tales, son intelectuales-funcionarios, los cuales en demasiadas ocasiones se olvidan de estrujarse el cerebro para limitarse a ser la voz de sus respectivos amos.

Por si esto fuera poco, este es un país en el que los intelectuales están muy poco considerados. Un intelectual aquí es poco menos que un desgraciado, salvo que se forre haciendo informes, del todo innecesarios, para tal o cual consejería de la Generalitat, o que dirija un museo, o se pase la vida viajando a todo tren dando conferencias sobre la interpretación psicoanalítica de la barretina catalana o la incuestionable catalanidad del pa amb tomàquet.

Aquí, la máxima aspiración de ciertos intelectuales es subirse al carro, que les den una canonjía. Lo cual es perfectamente comprensible teniendo en cuenta que un concejal de la ciudad de Barcelona gana más, bastante más, de lo que gana un catedrático o un rector de universidad.

Insisto en que me divertiría poder hacer esa encuesta sobre las elecciones municipales con nuestros intelectuales, pero no creo que después de cerca de 30 años de gobierno socialista en esta ciudad encontrase a ninguno de la izquierda que aguardase al último instante para posicionarse y asegurar su botín, como decía Levy. Aquí, después de tantos años, quien más quien menos tiene su botín, grande o chico. En cuanto a los de la derecha, mucho me sorprendería que a última hora alguno de ellos se pasara al enemigo. Los piratas de la derecha son molt patidors. O ahora o nunca.

P. S. En Casa Leopoldo están de luto. Se ha muerto, de repente, Miguel Soler, el bueno y socarrón de Miguel, que llevaba cuarenta años de camarero, de maître y últimamente en la caja. Miguel era como un miembro más de la familia de los Leopoldos, como la llamaba Pieyre de Mandiargues. Era turolense, de Los Molinos, como su hermano Joaquín, que sigue en la cocina. Cuando Miguel te traía el plato con el rabo de toro, te miraba a los ojos, con la misma mirada que Alec Guinness en El quinteto de la muerte, y te susurraba al oído: "Yo de usted no me lo tomaría, parece ser que al bicho se lo comieron las ratas". Todo un tipo, Miguel. El pasado miércoles brindamos por él. Con whisky.