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18 Febrero 2007

La captura y el secuestro del CO2, de Mariano Marzo en La Vanguardia

ENERGIA

La UE y EE. UU. contemplan una estrategia para disminuir la contaminación atmosférica

Existen diversas estrategias para disminuir las emisiones de dióxido de carbono (CO2) y mitigar el cambio climático: 1) reducir la cantidad de energía que el mundo utiliza, sea mediante la puesta a punto de tecnologías mas eficientes o por un cambio en el estilo de vida y comportamientos, 2) expandir el uso de fuentes energéticas que no emiten (o emiten poco) CO2 a la atmósfera, como las renovables y la nuclear, 3) perfeccionar los sumideros biológicos mediante, por ejemplo, la reforestación o la fertilización del fitoplancton marino, y 4) captar el CO2 generado por el uso de combustibles fósiles para después inyectarlo y almacenarlo, con el propósito de aislarlo de la atmósfera, en formaciones geológicas del subsuelo, en el océano o en carbonatos minerales. Esta última estrategia de captura y secuestro recibe el nombre oficial de captación y almacenamiento del dióxido de carbono (CAC).

Sistema energético

Ninguna de las cuatro líneas comentadas puede, por si sola, sacarnos del atolladero. El planeta ha desarrollado un inmenso y complejo sistema energético, la sed global de energía parece insaciable y nuestra dependencia de los combustibles fósiles es aguda: carbón, petróleo y gas constituyen algo más del 80% del total de la energía primaria que el mundo consume. Las cuatro estrategias son necesarias y complementarias, pero la CAC, una de las menos conocidas, puede resultar vital. Básicamente porque la sustitución a gran escala de los hidrocarburos por otras fuentes no parece tecnológicamente posible ni económicamente viable hasta bien entrada la segunda mitad de este siglo y a medida que en un plazo mucho más corto, quizás a partir de la próxima década, vaya menguando o se estanque la extracción de petróleo, anticipándose en una o dos décadas a la del gas natural, no nos quedará más remedio que volver nuestras miradas hacia un viejo y denostado conocido: el carbón. No en vano las reservas mundiales de este hidrocarburo sólido -el 75% de las cuales se concentran en cinco países (Estados Unidos, Rusia, China, India y Australia, por este orden)-podrían durar, al ritmo de consumo actual, algo más de dos siglos, lo que le convierte en la fuente de energía fósil más barata y abundante.

El problema es que la combustión del carbón produce la mayor cantidad de CO2 por unidad de energía de todos los combustibles fósiles: casi dos veces más que el gas natural. En la actualidad, el petróleo y el carbón contribuyen, cada uno, con cerca del 40% de las emisiones globales de CO2, pero algunas previsiones señalan que hacia finales de siglo, incluso con un fenomenal desarrollo de las tecnologías que mejoran la eficiencia y un espectacular crecimiento de las energías renovables y la nuclear, el carbón podría ser el responsable del 80% de las citadas emisiones. Si no queremos llegar a esa situación, la puesta a punto y el despliegue de la CAC resulta urgente, particularmente en países como Estados Unidos, China e India, con grandes reservas de carbón y que libres, por el momento, de las ataduras de Kioto han apostado por un ambicioso programa de construcción de centrales eléctricas alimentadas por carbón. Sin embargo, Rusia, China e India no quieren sacrificar su crecimiento económico a corto plazo (se estima que la captación de CO2 de una planta térmica de carbón podría incrementar los costes de generación de electricidad en un 50%), la UE contempla la estrategia de CAC pero prioriza las de la eficiencia y uso de energías renovables (en parte porque sus recursos de carbón son limitados) y Estados Unidos, aunque también se muestran bien dispuestos, se debaten en un mar de dudas sobre diversos aspectos científicos y económicos.

Sobre las incógnitas científicas, aparte del impacto ecológico de la inyección de CO en el océano, quizás 2 la pregunta más candente es si el CO2 secuestrado puede escaparse de nuevo a la atmósfera y, si así fuera, en cuanto tiempo.

Proyectos experimentales

Respecto a esta cuestión conviene aclarar que el CAC no pretende almacenar para siempre el CO2 inyectado. Tan sólo el tiempo necesario para que la maquinaria del ciclo natural del carbono permita reducir las concentraciones de CO2 en la atmósfera hasta niveles preindustriales, lo que podría llevar entre mil o dos mil años. Si el secuestro geológico del CO2 es lo suficientemente eficiente para evitar el escape del gas durante milenios, se supone que la citada maquinaria puede apañárselas para limpiar la atmósfera. Sin embargo, ni los proyectos experimentales actualmente en marcha, como el desarrollado por la compañía Statoil en el campo de petróleo de Sleipner bajo las aguas del Mar del Norte en Noruega (donde desde 1998 se viene inyectado un millón de toneladas métricas de CO2 por año), ni la experiencia de las petroleras en todo el mundo, aportan datos concretos sobre la existencia de posibles escapes y las tasas implicadas en este fenómeno.

La industria del petróleo hace tiempo que está familiarizada con las técnicas de inyección de CO2 en rocas sedimentarias del subsuelo para, por aquello de que "un clavo saca otro clavo", mejorar los porcentajes de recuperación del petróleo de los yacimientos. Dichos porcentajes oscilan entre el 30-50% y una simple mejora global del 5% en la recuperación, utilizando, por ejemplo, la inyección de CO2 , podría suponer aumentar las reservas recuperables de petróleo en 300.000 millones de barriles (más que las reservas probadas de Arabia Saudí). Por esta razón, los anuncios de nuevos proyectos por parte de las grandes petroleras se suceden sin interrupción.

Por ejemplo, el pasado noviembre, ExxonMobil anunciaba su participación en un programa de investigación de la UE (CO2 ReMoVe) que también cuenta con la financiación y experiencia técnica de BP, ConocoPhillips, Schlumberger, Statoil, Total, Vattenfalll y Wintershall, y que pretende inyectar CO2 y monitorizar su comportamiento en los campos de Sleipner y Snohvit en el Mar del Norte (Noruega), In Salah en pleno desierto del Sahara (Argelia) y Ketzin (Alemania). Y este mismo mes, Total comunicaba el inicio de un proyecto semejante en el campo de Rousse, al otro lado de los Pirineos, en la cuenca de Aquitania.

La captura y secuestro del CO2 no es la panacea, pero, como sucede con otras estrategias de mitigación del cambio climático supone una nueva oportunidad de negocios para la industria del petróleo y el gas.

Mariano Marzo Catedrático de Recursos Energéticos de la UB.

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