NUEVO AJUSTE EN EL PRINCIPAL INDICADOR ECONÓMICO

Si se hicieran encuestas sobre el grado de conocimiento por parte de la población de los diversos indicadores económicos, de forma similar a las que habitualmente se realizan sobre los líderes políticos, el resultado seguramente colocaría al IPC (Índice de los Precios de Consumo) el primer puesto de ese hipotético ránking. Sería así porque pocos indicadores se sitúan de forma tan manifiesta en ese espacio de intersección entre el mundo más o menos abstracto de la economía y el concretísimo que aporta la vida cotidiana. No está de más recordar que el IPC, además de ser un indicador básico de inflación de la economía, se utiliza, entre otras muchas cosas, como referencia en la negociación salarial, en la fijación de las pensiones y en otros ámbitos como, por ejemplo, la revisión de contratos de arrendamiento de inmuebles o la actualización de primas de seguros.

Que el IPC sea un indicador conocido y próximo no conlleva, no obstante, que sea muy apreciado por la población, sino más bien al contrario. La causa principal de su escasa popularidad se debe, probablemente, a que el encarecimiento de la vida que diariamente percibe el consumidor suele diferenciarse notablemente del que marca la evolución del IPC. Ello tiene, obviamente, una parte de lógica indiscutible porque, por citar un ejemplo extremo, difícilmente podrán parecerse el tipo de gasto que puede realizar una persona jubilada en un pueblecito rural y el de un joven profesional que vive en una gran ciudad. Así, cada uno de nosotros sufre un incremento distinto del coste de la vida que raramente se parece al incremento medio del coste de la vida del país, lo que puede dar la razón a la mayoría de los que piensan que el IPC no refleja bien sus circunstancias. Menos razonable sería la percepción, igualmente extendida, de que siempre salimos perdiendo a causa de esta desviación, porque nuestro particular IPC crece por encima del general, idea que recuerda a la leyenda urbana de aquel político --imaginario, supongo- que llegó a afirmar que el éxito de la política de desarrollo regional del Gobierno había sido tan extraordinario que había logrado que todas las regiones del país crecieran por encima de la media de este.

Más allá de las percepciones subjetivas, resulta indiscutible que cualquier indicador económico, dista mucho de ser capaz de medir a la perfección aquello que se propone. Pero también es cierto que la distancia entre medida objetiva y estadística y realidad percibida por los ciudadanos es susceptible de irse reduciendo. Por esta razón, debemos recibir con satisfacción el nuevo IPC-base 2006 que el Instituto Nacional de Estadística (INE) ha empezado a aplicar en la medición de los precios de enero de este año, y cuyos resultados se harán públicos el próximo 20 de febrero.

EL OBJETIVO de convertir al IPC en un indicador más preciso y adaptado a los cambios en las pautas de consumo ya ha dado lugar en el pasado a cambios de relevancia en su diseño. Avanzando en esta misma línea, el nuevo IPC-2006 introduce nuevas mejoras: amplia la muestra de municipios (de 141 a 177); incrementa el número de precios recogidos en un 12%, hasta rozar los 220.000; y aumenta el número de artículos de los que se recogen sus precios (de 484 a 491). Con todo, la novedad que posiblemente más contribuye a modernizar el IPC es la actualización de las ponderaciones y los cambios en la composición de la cesta de la compra, que lleva a incorporar nuevos productos de creciente presencia en el consumo cotidiano en detrimento de otros que hoy son más propios de series televisivas tipo Cuéntame cómo paso, como es el caso de los tejidos para confección, la tela para tapizar o los servicios de reparación de algunos electrodomésticos.

Entre los que ganan terreno, se encuentran la ternera y el añojo (si el lector quiere ahorrarse el viaje al diccionario que yo mismo he tenido que hacer para conocer el significado exacto de la palabra, sepa que se refiere al becerro o cordero de un año cumplido, excepto si hablamos en el contexto de la tauromaquia --que cabe suponer que no es al que se refiere el INE-- en cuyo caso se trataría de la res de menos de un año), que pasan a representar a la carne de vacuno en detrimento de la carne de vaca. Otros artículos que entran en la cesta de la compra son los relacionados con los productos dietéticos e infantiles, y nuevos servicios relacionados con la salud, como homeopatía, fisioterapia, operaciones de cirugía estética y miopía. Sustituyen a otros servicios menos representativos.

ESTE CRECIENTE protagonismo de productos y servicios relacionados con la salud y la esbeltez nada tiene que ver con un hipotético adelgazamiento de la inflación, pero el hecho cierto es que muchos analistas han empezado a considerar los posibles impactos de este nuevo IPC-2006 en las perspectivas de inflación para 2007 tras el favorable dato del 2,4% de enero avanzado por el INE. A la espera de conocer su composición, existe la posibilidad de que la nueva cesta de consumo muestre un mayor peso relativo de los componentes menos inflacionistas, reflejando una evolución en el gusto de los consumidores hacia bienes y servicios que ayudaría a reducir el componente más estructural de la inflación en España.

En todo caso, para confirmar esta hipótesis será necesario esperar a conocer la nueva estructura de la cesta de consumo asociada a este nuevo IPC que estamos a punto de estrenar, y al que no podemos desear muchos años de vida, porque justamente su virtud ha de ser la misma que la del vino joven, nuevo cada año y algo diferente que el anterior.

Xavier Segura. Economista. Jefe del servicio de estudios de Caixa Catalunya.