Cada cuando se acerca un observador extranjero a preguntarle a uno sobre la situación española, en especial la política. Aunque España goza de una buena consideración europea, y es que en los últimos 40 años constituye uno de los países de los que mejor se habla y más se espera, basándose en varios factores: el excepcional papel interpretado por del Rey; unos presidentes del Gobierno que han alcanzado prestigio; una economía en la que falla la exportación, pero que es sólida en el interior, y con un razonable crecimiento; una calidad de vida en general reconfortante y hasta cordial -más que en Francia, Alemania, Inglaterra, etcétera, que hasta muchos extranjeros si pueden viven o pasan temporadas aquí-.

Pero la constante bronca política nacional desconcierta, no concuerda con la Europa de calidad, donde el sentido de patrimonialidad común es superior. Allí no comprenden el motivo de nuestro lío y aún menos su volumen e inutilidad, que incluso ha enloquecido con el 11-M, el atentado peor sufrido en Europa. Por ello, España junto a dicha buena imagen no acaba de acceder al plano de país europeo de primera línea. Sin que nadie se engañe sobre las pretendidas derecha e izquierda españolas, un simplismo parejo no existe, lo que se exige es efectividad y por ello Aznar en su primera etapa fue tan apreciado como lo es hoy Zapatero.

Y los europeos fruncen el ceño ante el tema vasco, todos rechazan el asesinato como forma de relación y pocos creen que cualquier nacionalismo justifica una amputación o un problema de auténtica magnitud para el ciudadano. Los arrasadores nacionalismos ruso y alemán han curado muchas fiebres, se está mayormente por las situaciones establecidas y de amplia influencia media. Mientras, y por lo mismo, el tema catalanista ya casi es obviado, ni se le cree grave por no dispararse ni interesa por lo que comporta de carcoma que no se cesa, ya pasó el tiempo del moderado prestigio edificado por Pujol, que era -y así fue visto- muy catalán pero sin poner en duda a España.

Lo que choca de este panorama es que aquí la ancha franja media de la sociedad opina aproximadamente lo mismo, harta la hinchazón política obsesionada en sus negocietes. Por ello, cuando en las elecciones catalanas se busca en la falta de convicciones políticas la causa para explicar la abstención, se yerra, pues era por demasiada efervescencia política sin resultados prácticos positivos por lo que muchos dejaron de votar, ¿y dejarán?

Resumiendo: la situación política es en conjunto buena, menos obviamente lo de ETA, que además no tiene remedio previsible. Por tanto, el ruido español captado en la UE no representa las nueces reales.