ES probable que el cartero siempre llame dos veces, es probable. Pero lo que no es probable sino seguro es que este Estatut, el que se aprobó en junio pasado con el voto a favor de sólo el 37 por ciento de los catalanes, llamará muchas más veces, repicará de forma incesante en nuestras puertas y no parará de estar presente en la política catalana y española. Recuerdo que en los inicios de la reforma estatutaria, un grupo de prestigiosos empresarios catalanes dieron público soporte al proyecto catalán con el objetivo de que por fin se aprobara, acabáramos de una vez con aquella pesadilla y la política catalana se dedicara a cuestiones más importantes, por ejemplo, las infraestructuras. Ingenuos. Como ingenuo fue también el presidente del Gobierno al creer que era un texto con el que se podía jugar para hundir mejor al PP: jugar con fuego, tan propio de niños. Más cercano todavía en el tiempo, Montilla dijo en su discurso de investidura que las cuestiones identitarias quedarían postergadas para dar paso a las cuestiones sociales. Ingenuo también: por una miserable hora de castellano, la que están armando.

Efectivamente, en estos momentos, los problemas de aplicación del Estatut surgen por doquier. Además de los siete recursos planteados ante el Tribunal Constitucional, la ley de Dependencia finalmente no recurrida y varios decretos en materia de enseñanza, diversos anteproyectos de ley plantean discrepancias con el Estatut; el editorial de La Vanguardia de ayer los enumeraba: Adopciones, Libro y Bibliotecas, Defensa de la Competencia, Violencia en el Deporte. Además, también tienen problemas los proyectos de reforma de las leyes orgánicas del Poder Judicial y del Tribunal Constitucional, ya en trámite en el Congreso. No está mal para añadir conflictos innecesarios y seguir sin centrarnos en las infraestructuras, para seguir con el mismo ejemplo. ¿Creen ustedes realmente que todas estas desavenencias en la aplicación del Estatut están causadas por la tradicional manía que Madrid tiene a los catalanes, como se sostiene en medios oficiales? Seamos serios, dejemos de hacer victimismo barato y pensemos que quizás la culpa se debe a quienes, de forma insensata, pretendían cambiar el modelo de organización territorial del Estado y blindar las competencias catalanas para impedir que las laminaran (¿recuerdan estos términos?) a partir de una reforma del Estatut. Ahí está el resultado de la chapuza: la confusión y el conflicto.

"¿Nos han engañado?", me preguntaba hace un par de días un amigo cuando le explicaba estas cosas. "Pues sí - le respondía-, exactamente eso: nos han engañado". Y nos engañaron porque los políticos catalanes se pusieron a cabalgar a lomos de un caballo desbocado llamado Estatut,del que no se podían apear sin hacer el más espantoso de los ridículos. Primero fue la fase preparatoria en el Parlament de Catalunya, después la fase del Congreso en Madrid, ahora estamos en la tercera fase, la de aplicación y, dentro de unos meses, la temida sentencia del Tribunal Constitucional. Hasta ahora, nuestros políticos - los de Madrid y los de aquí- han ido, mal que bien, entre abstención y abstención, salvando la cara como podían. En algún momento les llegará la hora de la verdad y los ciudadanos les recriminarán su impostura. El Estatut seguirá siempre llamando a su puerta.

Por si era poco, mañana se vota el Estatuto de Andalucía, esa otra gran realidad nacional.